Después de 16 siglos, en el mismo lugar donde un emperador que nació en Valladolid, Teodosio, suspendió las fiestas deportivas de Olimpia, se celebraron los XVII Juegos Olímpicos. Un humano, el alemán Armin Hary, corrió por primera vez los cien metros en diez segundos; Cassius Clay, luego Mohamed Alí, inició, con su presea dorada, su prodigiosa serie de éxitos boxísticos hasta convertirse en una leyenda; se estrenaron las versiones de los Juegos Paralímpicos; las competencias fueron vistas por televisión, algo inédito, como también lo fue la primera muerte por doping, la del ciclista danés Knud Enemark, quien se desplomó a causa de las anfetaminas.
Todo eso ocurrió en Roma, en 1960, donde participaron 5 338 atletas de 83 países. Pero nada fue tan sublime como las obras de dos atletas negros, uno etíope, y la otra, de Estados Unidos.
Cual si fuera un mandato simbólico de su pueblo, el maratonista Abebe Bikila, un soldado de la guardia personal del emperador Haile Selassie, devoró los 42 kilómetros y 195 metros con sus pies descalzos, en busca de la línea de llegada en el Arco de Constantino. Desde allí partieron, 25 años antes, las tropas de Mussolini para conquistar Abisinia, antiguo nombre de Etiopía. Y él llegaría para revindicar a sus predecesores, coronando un histórico triunfo: el del primer negro africano en lo más alto del podio.
A ella, por su elegancia y la armonía de su físico, la llamaron la Gacela negra. Con justicia la proclamaron la reina de los Juegos, al vencer en los cien y 200 metros y en el relevo de 4x100. Pero ¿quién era esta mujer, toda velocidad y suavidad?
Wilma Rudoplh llegó al mundo en un gheto de Clarksville, en Tennessee. Fue el vigésimo alumbramiento de un matrimonio de 22 hijos, mas ella nació con solo dos kilogramos de peso y severas deficiencias físicas. A pesar de los pronósticos, sobrevivió, sin embargo, la poliomielitis paralizó su pierna izquierda, destinándola a una silla de ruedas. Le dijeron que no volvería a caminar. Su familia la sacó de aquel sitio racista, donde el hospital le estaba vedado. Los masajes de toda la familia y, más que eso, el amor que le profesaban obraron el milagro. A los 11 años pudo andar, jugar baloncesto, conquistar Roma y poseer, hasta 1971, el récord mundial del hectómetro. Al regresar de la ciudad eterna, dedicó su vida a luchar por la integración racial, hasta su muerte, en 1994.

En Tokio-1964, con 5 151 atletas, Bikila volvió a triunfar luego de cumplir prisión por el delito de complot militar que nunca cometió y, para colmo, 40 días antes fue al quirófano por una apendicitis. En México-1968, abandonó en el kilómetro 17 por las secuelas de una fractura en una de sus piernas, y en 1969 un accidente de tránsito lo dejó inválido. Murió en una silla de ruedas en 1973.
Fue en la capital japonesa que el deporte de la Cuba revolucionaria obtuvo su primera medalla. Con su lauro plateado, en los cien metros, Enrique Figuerola abrió la senda victoriosa del país que lidera al tercer mundo en los Juegos Olímpicos. Allí, la australiana Dawn Fraser ganó, en la natación, su tercera presea dorada, tras un accidente automovilístico en el que murió su madre y ella quedó con una minerva en el cuello. Después de la épica victoria, fue apresada por robarse la bandera olímpica que ondeaba en el Palacio Imperial. Por su hazaña, el emperador Hirohito la perdonó, pero fue suspendida por diez años por la federación de su país. En esos XVIII Juegos apareció la TV a color, la cámara lenta, las computadoras para definir los lugares; se despidió, con 18 preseas, de ellas nueve de oro, el cisne de la gimnasia, Larisa Latynina, y el último relevo de la antorcha lo hizo el joven Yoshinari Sakai, el «bebé de Hiroshima», nacido el mismo día del brutal crimen atómico, el 6 de agosto de 1945.