Cuba en la punta de una espada y en el Andarín

Autor: Oscar Sánchez Serra, enviado especial 30 de abril de 2021 01:04:16


Ramón Fonst es hoy el único deportista cubano con cuatro títulos bajo los cinco aros. Foto: Archivo de Granma

Tenía 17 años, pero su armadura humana, engalanada con una atlética postura y la firmeza de su mano izquierda, en la cual la espada parecía una prolongación de su cuerpo, le bastaron. Con ellas enfrentó a los avezados esgrimistas europeos, y puso a Cuba, tan temprano como en 1900, en el medallero de los Juegos Olímpicos.

Ramón Fonst Segundo fue el primer campeón de Latinoamérica y el Caribe. Un contraataque magistral frente al francés Louis Perrée lo llevó a la gloria. Disputó otro título, nada menos que en el torneo de maestros, pero su profesor, Albert Ayat, lo dejó en segundo lugar.

Practicó boxeo, ciclismo, y fue un excepcional tirador. Cuenta Irene Forbes, esgrimista y autora de As de Espadas, la biografía de tan ilustre atleta, que ganó 64 medallas, 44 de ellas en tiro. Celoso defensor de las ideas martianas y de los intereses patrios, renunció a su cargo militar de Comandante del Ejército tras el golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952. Al morir, el 10 de septiembre de 1959, era asesor del Ministerio de Educación, en su departamento de Educación Física y Deportes.

En los iii Juegos, en San Luis-1904, se alzó con otros tres premios dorados, en espada, en florete, y con el equipo de esta arma, para llegar a la suma de cuatro doradas en su palmarés olímpico, la misma cantidad a la que aspira el invencible Mijaín López.

Aunque no fue medallista, Félix de la Caridad Carvajal y Soto es todo un referente. Elio Menéndez, un apasionado de los vericuetos de la historia atlética cubana, afirmó que algunos historiadores ubican a este hombre como correo del ejército mambí a finales del siglo xix, y que corría decenas de kilómetros diariamente.

A Félix de la Caridad lo conocemos como el Andarín Carvajal, de notoria popularidad por su diario andar en las calles, bien de cartero, anunciando algún producto, o vendiendo frutos menores que cultivaba en un huerto, en su casa, bajo el puente de La Lisa. Quiso probar su resistencia en San Luis, en la carrera de la maratón, y como el Gobierno de Tomás Estrada Palma le negó la ayuda para ir a los Juegos, una colecta popular llenó su aspiración, pero con lo reunido solo llegó a New Orleans. De ahí, hasta la partida de la carrera, recorrió, caminando 1 200 kilómetros en diez días, comiendo frutas y atendido por quienes se solidarizaron con él.

Dominó la prueba en los primeros 20 kilómetros, pero el hambre acumulada lo traicionó. Vio un campo de manzanas y se detuvo a comer, sin tener en cuenta que estaban verdes, y un horrible mal de estómago hizo que llegara, sin fuerzas, en un meritorio cuarto lugar.

Los Juegos de París-1900 (997 atletas de 24 países) y de San Luis-1904 (554 de 12 naciones) poco aportaron al ideal olímpico. La justa gala se la tragó una Exposición Universal durante más de cinco meses. Lo mejor fue la llegada de las mujeres, con Charlotte Cooper, en tenis, como la primera campeona, y Alvin Kraenzelin, de Estados Unidos, con cuatro títulos en el atletismo. Fueron tan desorganizados los Juegos, que la golfista norteamericana Margaret Abbot, quien murió en 1955, jamás supo que había sido la ganadora.

Otra gran Feria y cuatro meses consumieron a los de 1904, los primeros en los que empezaron a entregarse medallas de oro, plata y bronce. El racismo hizo acto de presencia: filipinos, turcos, pigmeos, sirios y negros midieron sus fuerzas en pruebas programadas solo para ellos. Pierre de Coubertin calificó el hecho de espectáculo bochornoso. Fue el local Ray Ewry, ganador de todos los saltos: longitud, triple y altura, el más destacado.

También apareció allí la primera trampa. El estadounidense Fred Lortz, en la maratón, tras los primeros diez kilómetros, subió a un auto, y unos metros antes de la meta apareció corriendo. Entró ganador, pero, al ser descubierto, fue suspendido a perpetuidad.

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