Cada año en Matanzas, desde inicios del presente siglo, la Asociación Hermanos Saíz organiza el Festival Atenas Rock, un regalo para los amantes del género que reúne a bandas y público de todo el país. He participado en diez ocasiones, así que puedo dar fe de ello.
Pese a que las ediciones pasadas, las tres últimas al menos, se habían desarrollado en el centro de la ciudad, la historia de este evento comenzó en campismos y playas, con casas de campaña y escenarios montados al aire libre.
Por eso, el anuncio de que este año, dadas las circunstancias, no se repetiría el festival citadino de 2025, me generó tanto dudas como una entrañable sensación de nostalgia. El rock matancero regresaría a sus orígenes, al Campismo Río San Juan, bajo el lema «La Manigua Invencible», muy a tono con los tiempos que vivimos.
Aquello fue un acto de resistencia por parte del comité organizador, negado por completo a cancelar un evento que cumple 27 años: ya vendrán tiempos mejores, pero el Atenas de que sale, sale. Y salió.
La dirección del campismo no logró garantizar el bombeo de agua a tiempo, tuvieron que resolver con pipas, pero el público que llegaba se abasteció directamente de los ríos y hasta se bañó en ellos. Los rockeros nunca han sido demasiado exigentes, aunque, sin duda, era un retroceso si se comparaba con la excelente producción de los últimos años.
Los «contras» se diluyeron gracias a la buena música, a los artistas que lo dieron todo pese a compartir las difíciles condiciones de hospedaje y a los muchachos de la AHS que siempre dan el extra.
No me gusta hacer diferencias entre una agrupación y otra, porque los géneros son muy distintos, y cada cual llegó al festival con el tiempo de ensayo que lograron rasparle a los «alumbrones» en sus respectivas provincias, pero vale mencionar a la banda habanera Bonus, que se echó en el bolsillo al público presente desde la primera canción, y que, si por mí fuese, hubiese tocado todo el fin de semana.
Fueron tres noches de concierto, como en los viejos tiempos, con mañanas de resaca y tardes en el río. Sin cobertura telefónica, sin conexión por datos. Con gente compartiendo el último cigarro de la caja y haciendo ponina para comprar una botella de ron. Un campismo, visiblemente descomercializado, lleno como hacía años no sucedía.
También descubrí que ya me comienzan a pesar las madrugadas, que dormir en un colchón en el suelo me desbarata la espalda, y que he perdido el interés por el metal más pesado y me he vuelto exigente con el punk. Pero fui infinitamente feliz, por todos aquellos adolescentes y jóvenes que pudieron vivir su primer festival, pese a todo.
Cuando cerró la última banda y mi guagua atravesó Matanzas para partir de regreso a La Habana, logré publicar una foto del evento en mis redes sociales, y a cientos de amigos desperdigados por el mundo les invadió la misma nostalgia que a mí en un principio, y me lo hicieron saber.
El Atenas Rock se ha ganado, con la constancia de quienes lo han sacado adelante a lo largo de los años, ser ese lugar al que siempre debemos regresar los amantes del género, un evento que rescató al rock cubano de la marginalidad y la incomprensión, y le dio un escenario para legitimarse. La Manigua resultó ser Invencible, tanto como la música que defiende.













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