ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe de de La Habana-1930 marcaron el debut de las mujeres en esas lides. Foto: Captura de video

Mientras la atención deportiva mundial se enfoca en la vibrante Copa Mundial de fútbol, no son pocos los que se concentran en la cuenta regresiva hacia los Juegos de Santo Domingo-2026. No queremos llegar a la cita regional de este verano sin repasar la dos oportunidades que en la capital cubana se encendió la llama, la primera vez en 1930.

Fue ese año cuando La Habana se vistió de gala para recibir la segunda edición de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Aquella lid no solo consolidó el ambicioso proyecto nacido en México en 1926, sino que salvó a la joven competición de un destino efímero, dotándola de la mística, la organización y la competitividad que hoy la caracterizan.

Del 15 de marzo al 5 de abril de 1930, la capital se convirtió en el epicentro de un continente que aún ensayaba sus primeras alianzas deportivas, según relata el libro Los juegos regionales más antiguos, del periodista Enrique Montesinos. 

La logística de aquella época evoca una novela de aventuras. Para garantizar la presencia de las delegaciones, las autoridades cubanas dispusieron que los cruceros Cuba y Patria, pertenecientes a la Marina de Guerra, zarparan para recoger a gran parte de los competidores en diversos puertos de la región.

Por su parte, la delegación mexicana cruzó el Golfo a bordo del vapor Coahuila. La gran hazaña de transporte la protagonizó Puerto Rico: sus atletas fueron los primeros en la historia del certamen en desafiar las distancias por vía aérea, pioneros de la aviación deportiva.

Los anfitriones presentaron el contingente más numeroso con 237 atletas, escoltados por los 139 representantes de la delegación azteca.

En el plano puramente competitivo, Cuba hizo respetar su localía dominando con autoridad deportes como el atletismo, el tenis, la natación, el tiro, la esgrima y el beisbol. La justa habanera también fue testigo del debut oficial del fútbol y el voleibol.

Uno de los capítulos más dramáticos se vivió en el baloncesto. Las escuadras de México y Cuba finalizaron la ronda regular con un abrazo de cinco victorias y una sola derrota. La paridad obligó a disputar un duelo de desempate, donde los visitantes hicieron gala de su puntería para imponerse por 22-15 y llevarse la corona.

En el beisbol, el deporte nacional cubano, los de casa se ciñeron el lauro frente a otros seis rivales, pero perdieron su aureola de invictos ante el picheo del mexicano Fernando Barradas, quien maniató a la artillería criolla a solo cuatro imparables para firmar un histórico 2-1.

El atletismo consagró a un monarca extranjero. El panameño Reginald Bedford dominó las exigentes distancias de los 200 y 400 metros planos, sumando, además, valiosos bronces en el hectómetro y el relevo 4x100.

Sin embargo, el nombre que acaparó todas las miradas en los salones de combate fue el de Ramón Fonst, una vez más. Con 47 años y la gloria de sus títulos olímpicos a cuestas, el estelar espadachín ofreció una exhibición que rozó lo imposible: se coronó en florete y espada sin recibir un solo toque en 21 asaltos disputados.

El legendario esgrimista también buscó la triple corona en el sable, donde hilvanó cinco triunfos seguidos con impecables marcadores de 5-0, hasta que una inoportuna lesión de tobillo lo obligó a retirarse, dejando una de las hazañas más inverosímiles en la historia del deporte.

La Habana-1930 no solo fue una fiesta de marcas y medallas; fue el puente de madurez que los Juegos Centroamericanos necesitaban para asegurar su supervivencia en el tiempo.

Cuba demostró capacidad organizativa y pasión competitiva, sentando el precedente de una de las dos veces que la Mayor de las Antillas ha sido la anfitriona del deporte regional. Sobre la segunda, en 1982, le comentaremos próximamente en nuestro sprint centroamericano.

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