Bird Box, estrenada en 2018, sitúa su relato en las circunstancias caóticas suscitadas a partir del desarrollo de una ola global de suicidios, motivada por el contacto visual con una entidad extraterrestre. Si se está entre cuatro paredes, con las ventanas selladas, nadie se matará. Tal línea de mensaje del filme comulga con esa conservadora doctrina ideológica del cine de terror adolescente, que anatematiza tanto el desplazamiento a sitios lejanos del hogar como el sexo, en tanto instancias conductoras hacia la muerte.
La película protagonizada por Sandra Bullock bascula –sin demasiado criterio– entre el drama humano, tan caro a su directora, la danesa Susanne Bier, y la odisea de supervivencia en los tiempos del desastre. Aunque le chupa ideas de forma inmisericorde a El incidente (M. Night Shyamalan, 2008) y a Un lugar silencioso (John Krasinski, 2018), resiste sus sobrecargadas dos horas, debido a su dosificado suspenso, a que la historia posee un toque magnético capaz de atrapar, y a que la Bier narra con el suficiente aplomo como para perdonar los baches del guion, amén de ciertos caprichos narrativos.
De modo incomprensible para quien escribe, Bird Box constituye uno de los más grandes fenómenos de recepción en la historia de Netflix, lo cual, por supuesto, explica –en lo mercantil–, la expansión de su universo, a través de Bird Box Barcelona (David y Álex Pastor, 2023).
La recién abierta franquicia está prevista para continuar en otras ciudades del planeta, en cuanto amenaza ser un filón que intentarán exprimir hasta el delirio. Y al cual no es de augurársele un buen desenlace, porque los próximos títulos podrían atorarse en la misma flagrante falta de contenido nuevo exhibida por Bird Box Barcelona.
Los hermanos Pastor, quienes concretaron para Netflix un thriller de calibre como Hogar, son viejos amantes del género posapocalíptico desde Infectados (2009) y Los últimos días (2013), piezas de evidentes puntos de contacto argumental con Bird Box Barcelona.
Para su nuevo trabajo, David y Álex se trajeron consigo, del set de filmación de Hogar, a Mario Casas, estrella española de pegada en el público de su país e internacional. Netflix, la cual se gastó un dineral aquí, convocó para el filme a un variopinto grupo de actores de diversas naciones, en táctica evocadora de aquellos antiguos enlatados europeos multinacionales dedicados a un público global.
No obstante, Bird Box Barcelona (estrenada en La película del sábado) está por debajo de toda la filmografía previa de los hermanos Pastor, y es notablemente peor que su antecesora de hace un lustro. El problema es que resulta cine de fórmula de principio a fin, un cine fabricado por el algoritmo de la casa de la N roja, en la que casi todo opera con arreglo al laboratorio, al esquema; sin margen para el riesgo y la osadía vistos en la obra previa de estos cineastas catalanes.
Al margen del aspecto geográfico (la primera ambientada en EE. UU. y esta en España), poco hay de distinto ahora en relación con la trama de Bird Box. Excepto la diferencia de que, cuanto en aquella era un tilín más original, ya aquí huele y sabe a refrito, por más que el clonado guion introduzca, en tanto «novedad», un inédito componente místico-religioso. Este solo funciona realmente mientras atañe a su atendible subtexto sobre el poder y los perjuicios de los fanatismos.











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