ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Hoy las puestas escénicas en los campos de desplazados resultan el último recodo de cualquier mínimo de libertad en el enclave levantino. Foto: Grupo de teatro en Gaza Ayyam al Masrah/ Theatre Day Productions

En un campamento de refugiados de la Franja de Gaza sesiona una obra de teatro. De pronto, cierta mujer irrumpe en el escenario y pide a todos que repitan hasta la fatiga una frase que a ella, segundos después, la derribará en lágrimas: «¡perdí a mis dos hijos!».

Hace pocos días, el diario mexicano La Jornada sacó a la luz estampas como estas al referirse a un grupo de teatro comunitario palestino que, en medio del genocidio, ha abandonado su sede habitual para moverse a ejercer el arte adonde, por fuerza, ha tenido que ejercer vida la tanta gente que lo ha perdido todo, casi todo, menos la existencia propia.

La compañía teatral, sobre las tablas desde 1995, lleva por nombre Ayyam al Masrah/ Theatre Day Productions (TDP). Su director, Mohammed al Hissi, ha dicho que hoy las puestas escénicas en los campos de desplazados resultan el último recodo de cualquier mínimo de libertad en el enclave levantino.

Y así va moviéndose la agrupación, operando hoy en unos 70 espacios distintos a lo largo de la Franja, con un centenar y medio de colaboradores. Y así será, de una forma u otra, mientras quede un palestino y una palestina vivos en Gaza, porque el teatro, el arte en general, se las arregla desde hace milenios para acompañar y ayudar a reproducir la vida de los seres humanos.

Al arte nunca se le puede pedir que espere la llegada de los buenos tiempos para ser. El arte, ese que es una semilla por germinar dentro de cada cuerpo, se desata con fuerzas y pulsiones indetenibles en medio de las escenas reales más terriblemente telúricas.

En esos instantes, la creación rebasa lo estético y se convierte en un disparo, en una fe de vida, en una fe de luz.

«Piensa que nacen entre espinas flores», verseaba José Martí desde las Canteras de San Lázaro a su madre. «Desperté de ser niño./ Nunca despiertes./ Triste llevo la boca./ Ríete siempre./ Siempre en la cuna,/ defendiendo la risa/ pluma por pluma», escribía desde la cárcel a su hijo Miguel Hernández en sus «Nanas de la cebolla».

En el Perú de los años 80, el Teatro «Yuyachkani» hacía alegorías a la violencia política que vivía el país, empleando el mundo de símbolos de la cosmovisión andina. Al mismo tiempo, en Chile, Pedro Lemebel covertía su cuerpo performado en arma comunicacional contra Pinochet. En Argentina aparecían grupos dramáticos para trabajar en la reconstrucción de la memoria después de 30 000 desaparecidos. En Cuba, Teatro Escambray sembraba una escuela y un retablo en medio de la montaña que acababa de ser escenario del proceso de Lucha contra Bandidos.

Volviendo al Levante, el grupo teatral gazatí continúa su bregar dialogando con los dolores y ensueños corrientes de los palestinos y formando actores que salen de ese mismo público, para que la larga función de la gente contándose ante los suyos no se detenga.

El teatro siempre llega… como vía de expresión de las sensaciones más sutiles y las más raigales jugando entre sí con el equilibro fino de una puesta; como condensación de experiencias personales y colectivas para reconstruir historias y fortalecer comunidad de sentido; y como método para reinterpretarse y reagruparse en tanto tejido social.

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