El mayor valor de la serie y, además, la razón más grata para apreciar los ocho episodios de Margo tiene problemas de dinero (Apple TV +, 2026) se llama Elle Fanning.
La actriz, con rostro y voz de niña añoñada de la casa, pero dueña de un morral de recursos histriónicos que ya quisieran muchas de su generación, incorpora al personaje central de Margo, joven de 20 años, sin dinero y carente de una pareja que la apoye, la cual carga con la responsabilidad de criar en solitario a su bebé.
La hermana menor de las Fanning –cuyo talento quedó confirmado, para quienes lo dudasen, en la serie humorística La Grande y en el drama fílmico Valor sentimental– borda en esta comedia dramática una composición memorable, en la cual se ha expuesto, física y espiritualmente, como nunca antes lo había hecho en su carrera.
Lo de menos son sus gráficos desnudos (precisados de su cuota de valor para una estrella de Hollywood no caracterizada por explorar esa cuerda, sino todo lo contrario); lo que queda es su asunción íntima, tierna, humana, cómplice, siempre simpática y entregada de esta Margo, en quien se reconocen a tantas jóvenes madres independientes en busca de conseguir sus objetivos, al margen de la idoneidad de los métodos escogidos por cada una en esa lucha.
Y el escogido por Margo para sobrevivir y darle alimento a su pequeño, en medio de un capitalismo que no tiene mucho espacio para apoyar al prójimo cuando está desvalido, es el de OnlyFans.
Margo intenta describir dicho trabajo –a los demás y a sí misma– como un emprendimiento, una empresa en la cual puede mostrar, empoderada, su talento de escritora y sus habilidades artísticas, aunque en la práctica tanto el padre como la madre lo nombrarán de otra forma, quizá algo más ajustada a lo que es: pornografía.
Y, si bien los motivos económicos del personaje central son razonablemente expuestos al espectador en el sentido de que comprenda las razones de la joven al abocarse a esa labor sexual, la serie creada por David E. Kelley, a partir de la novela homónima de Rufi Thorpe, se resiente debido a su visión sospechosamente ingenua, rosa y romántica de OnlyFans, tanto o más que Euphoria.
De seguro, la mejor expresión de esa tonta candidez es el marciano episodio seis, cuando Margo y sus dos colegas de la página azul parecen estar montando un show escolar dirigido a niños de primaria encandilados con Flash Gordon, en vez de un espectáculo de sexo tarifado de una multimillonaria plataforma para adultos. Una con mucho dinero para pagar, en pos de su blanqueamiento moral.
En Yo siempre a veces (Movistar Plus+, 2026), comedia dramática española de las creadoras Marta Bassols y Marta Loza, el personaje central de Laura –interpretado, con frescura, por la debutante Ana Boga– afronta vicisitudes más o menos similares a las de Margo, aunque sus mecanismos de solución de crisis sean otros y aquí haya mucho menos de sosería naif en sus seis episodios (salvo el tercero, La casa de las amigas, además bien indigesto).
Nueva muestra de un grupo de notables series españolas recientes (Pubertad, Yakarta, Se tiene que morir mucha gente, Ravalear), la obra llama, sacude, moviliza sentidos, por su sinceridad y cercanía al exponer los percances de la treintañera Laura en la crianza de su niño, el acceso al trabajo y la disponibilidad de hogar.
También llama la atención de esta miniserie (de igual modo a como lo hace Ravalear) las cinematográficas formas de su puesta en escena, bien lejanas de los convencionales planteos televisivos de materiales análogos. Destaca, en tal sentido, por ejemplo, la iluminación realista de una Barcelona que, diurna o nocturnamente, la captan en su luz natural, sus bullicios, silencios.
Es en los aprovechados espacios de dicha ciudad –sus exteriores e interiores– en los que interactúa el muy completo personaje de Laura, seguido (muchas veces cámara en mano y de modo recurrente a través de precisos primeros planos), con un grado de atención tal que pareciéramos estar al lado suyo, palpando su presión, angustia, cansancio, estrés y sobresalto ante la falta de salidas.
Pareciéramos sentir la humedad de sus lágrimas, provocadas por la incertidumbre de esa dura realidad española actual que deben enfrentar las (y los) de su generación, todo lo cual censura Yo siempre a veces.











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