
Presentada en funciones especiales durante el último Festival del Nuevo Cine, La La Land (Damien Chazelle, 2016) llenó las salas y entusiasmó y ahora está de estreno en el Yara y en otras salas del país.
La La Land fue un fenómeno de exaltación y con sus 14 nominaciones hizo pensar que ganaría el Oscar a la mejor película, lo que finalmente no ocurrió gracias a que un aire de luz (para llamarlo de alguna manera) se filtró en el juicio de los académicos, que se decidieron finalmente por Luz de Luna, de Barry Jenkins, filme de fuerte contenido social y humano.
Volver a ver La La Land no cambia en sustancia lo ya escrito hace casi un año, aunque en esta ocasión los oídos (y el estado anímico) se dejaron rendir por su pegajosa música.
Hay que reiterar entonces que el filme responde en gran medida al más puro Hollywood del ensueño que representa, suerte de baúl de los recuerdos abrillantados desde una pretendida modernidad.
Cierto que los 15 minutos de fama de La La Land ya pasaron y está por ver si queda para la posteridad, pero en su momento fueron tantas las aclamaciones de una parte de la crítica, que cabe volver a preguntarse; ¿Pero, qué vieron?
Romántico y agridulce en su pretensión de modelar una nueva fantasía, el musical le hace guiños (sin superarlos) a clásicos del género como Cantando bajo la lluvia o Un americano en París, pero lo que en verdad le aporta la sustancia estruja corazones proviene del universo melancólico del francés Jacques Demy y, en específico, Los paraguas de Cherburgo, con el amor frustrado de la pareja e igualmente de Las señoritas de Rochefort, cuya escena inicial también es un baile en medio del embotellamiento de carros y se estructura en capítulos.
Sería injusto, sin embargo, afirmar que el director copia, cuando en realidad se trata de apropiaciones en función de hacer creíble en el presente una historia que tiene sus raíces estéticas en el pasado. De ahí que si aparecen teléfonos celulares, también se recrean vestidos de los años 50, o se buscan locaciones que hicieron época, como el
Planetario de Los Ángeles, visto en Rebelde sin causa, sin olvidar el evocativo color del cinemascope.
Una operación retro ante la cual no pocos sucumben, además de las buenas interpretaciones de Emma Stone y Ryan Gosling.
A diferencia de los musicales de antaño, ninguno de los dos son grandes bailarines, al estilo de Fred Astaire, o Ginger Rogers, pero se «defienden» –ella más que él– y ello es parte de los propósitos del director para acercar su historia a una audiencia que, aunque guste ver bailar entre las estrellas, resulta menos ingenua y más terrenal.
Lo que es difícil pasar por alto en La La Land es el calificativo de «originalidad» y de «lo mejor del siglo xxi» para un guion lleno de lugares comunes y que pudiera servir para ilustrar una clase acerca de cómo se repiten los mismos esquemas románticos, construidos con un cronómetro para intercalar por minutos euforias, tristezas y, por supuesto, un final impactante y que no pocos aplaudirán en esta «película bonita», como mismo lo hicieron nuestros padres y abuelos, también seducidos por Hollywood en sus días de ensueños.











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jose dijo:
1
23 de octubre de 2017
04:24:59
Ruffini dijo:
2
23 de octubre de 2017
06:42:09
Dieudome dijo:
3
23 de octubre de 2017
11:20:11
idloyed dijo:
4
23 de octubre de 2017
16:16:19
Mia Valdes dijo:
5
24 de octubre de 2017
11:22:57
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