ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Imagen de La pequeña Amélie. Foto: filmaffinity.com

Amélie es una niña de tres años, cuya familia, de origen belga, se encuentra de forma estacionaria en el Japón de los años 60 del pasado siglo: un espacio geográfico y una era predigital convenientes para la parsimonia de un relato anclado en la inefable paz de lo espiritual y no dispuesto a que ningún personaje ocupe tiempo en móviles, tabletas u otros artilugios tecnológicos.

La pequeña Amélie (Maïlys Vallade, Liane–Cho Han Jin Kuang, 2025), largometraje animado del Festival de Cine Francés en Cuba, halla su fortuna mayor en el modo –revestido de precisión, ternura, suma observancia del detalle y vocación minimalista del trazo de la acuarela– como concibe y describe el espolear del mecanismo del asombro en esa pequeña, la hija menor de dicha familia.

Hay dos secuencias, ganadas por la delicadeza en el tacto narrativo y en la sala de dibujo, que suponen el punto máximo del referido asombro ante la maravilla de la naturaleza y del conocimiento, ambas situadas en el primer acto: cuando la niña se extasía ante la llegada de la primavera, y cuando la cuidadora nipona le muestra sobre el cristal húmedo el ideograma de su nombre en japonés.

La cinta (no creo hallen mucha complicidad entre su receptor demográfico natural ni su título en francés, Amélie y la metafísica de los tubos, según la novela de Amélie Nothomb, ni su abstracto prólogo) tiende, en cambio, a una inevitable conexión del espectador no infantil con su primera infancia, a través del personaje de esta niña curiosa, perspicaz, absorta ante lo bello, llena de preguntas.

Los realizadores, claramente inspirados en lo conceptual en la poética del maestro Hayao Miyazaki y sus personajes femeninos y grandes temas (la naturaleza, la fantasía, la muerte, la guerra, la memoria histórica), levantan una película que convoca al espectador de hoy, habitante de un mundo devorado por la rapidez y los hábitos contrarios a ello, a sentir la misma fascinación por la vida y por la majestuosidad divina del elemento natural que la de Amélie.

Si en aquella era el asombro, ahora el pilar sobre el que se sostiene Arco (Ugo Bienvenu, 2025) es la posibilidad eterna de la esperanza, incluso cuando ya no se cuenta con ella. A ambas películas las conecta su estructura formal sencilla, el hálito miyazakiano (acá también spielbergiano) y pertenecer ambas a directores debutantes.

Ojalá Arco –premiada en Annecy, el más relevante festival mundial de cine animado– constituya para muchos una invitación a descubrir o revisitar El planeta salvaje (René Laloux, 1973), clásico de la animación francesa con el cual comparte género (la ciencia–ficción), alertas e ideas.

De cómo, a pesar de la distancia geográfica, un padre y su pequeña hija pueden sostener un universo creativo conjunto, sustentado en el afecto y la comunicación, versa Maya, dame un título (Michel Gondry, 2024), otro animado del Festival que, además, clama por mantener viva la imaginación y el impulso de hacer en la era de la inteligencia artificial. Nunca había existido tanta apacibilidad en el cine arrebatado y bellaco de Gondry como en este pequeño filme de 61 minutos que va de amor, de arte y de apostar por la belleza.

El recordado díptico de Michel Ocelot, Kirikú y las brujas (1998) y Kirikú y las bestias salvajes (2005) contribuyó a sentar en el espectador de cine galo de animación el interés por los relatos ambientados en territorio africano. Coproducido entre Camerún y Francia, el largometraje La cueva sagrada (Daniel Minlo, Masso Cyrille, 2023) no atenta contra ello, más bien lo refuerza.

Lejos de la tradicional visión colonialista fílmica sobre África, en este filme –cuyo equipo de realización es básicamente camerunés– se exalta la riqueza fabular de un continente de extraordinaria incidencia en la historia mundial, pero todavía semi desconocido tanto en su esplendor mitológico como en su sabiduría ancestral.

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