
Hace unos meses recibimos un libro de regalo. «Quiero que ustedes lo tengan», nos dijo esa amiga de la familia que por esos días revisaba su librero y se despedía de algunos, convencida de que no los leería más. El que nos obsequió no puede haber sido para ella un libro cualquiera. Gastado por las manos y los ojos, se le notaba un uso eficaz, para dicha de la publicación. Resulta un escenario triste contemplar en una librería ciertas torres de libros que nunca llegarán a tener salida; o guardar en casa un libro intacto que conserve, tras los años, el mismo olor de la imprenta que lo sacó a la luz, a fuerza de no haber sido jamás elegido para la lectura, y por tanto tampoco (h)ojeado, al menos una vez.
No es el caso del ejemplar que llegó a nuestras manos de Entrevista con la Historia, de Oriana Fallaci, publicado por la Editorial Pablo de la Torriente, en 1991. En varias de las páginas, abiertas al azar, la antigua dueña estampó su firma, lo que llamó nuestra atención, pues obviamente es lo que hacemos cuando sospechamos que un libro muy querido pueda sernos sustraído, y de ese modo lo podemos reconocer fácilmente. Si la huella de nuestra posesión quedara solo en una hoja, con solo arrancarla, podría borrarla aquel que quiere quedarse con el libro.
«Ese libro lo leí hace más de 20 años», me dijo cuando le comenté mi observación. «En aquel momento me lo bebí muy rápido. Rodeada de periodistas, supe de la autora, y lo pude comprar. Lo atesoré muchos años, lo presté, recomendándolo siempre, a varias amistades de diferentes generaciones, y exigiendo la devolución».
Y en efecto, es una joya. Una de esas cuyos detalles no tienen que ser precisamente los que uno elegiría para sí –entiéndase en este caso, algunos razonamientos con los que se puede o no estar de acuerdo– lo que no le opaca ni el brillo ni la valía.
Desde las primeras líneas, las que abren el prólogo a la edición, Paquita Armas Fonseca, al referirse a su autora –periodista, activista y escritora italiana, nacida en Florencia el 29 de junio de 1929 y fallecida en la propia ciudad el 15 de septiembre de 2006– lo deja claro: «Sobre Oriana Fallaci no hay opinión intermedia: la tomas o la dejas. Descubrir su manera de hacer periodismo es para cualquier profesional que se respete una fuente de inspiración, además de un reto».
Y continúa: «Se puede discrepar de sus criterios, se puede criticar su irreverencia, se puede juzgar su supuesta imparcialidad y objetivismo, pero no queda más remedio que inclinarse ante el indiscutible profesionalismo de esta mujer que siempre logra, como en el buen ping-pong, sostener la bola en el aire, a fuer de la respuesta a un remate, o al efecto de un saque inesperado hecho por ella cuando el contrario menos lo espera».
Valiosos son los apuntes que la prologuista certifica, entre ellos, el que, refiriéndose a las respectivas introducciones que acompañan a las entrevistas como tal, asegura que muestran el grado de comprenetación que existe ente ella y su entrevistado, lo que hace que el tono de la estampa que lo presenta dependa de las convicciones de la periodista.
Antes de llegar a las entrevistas mismas, unas palabras de la Fallaci orientan al lector: «Este libro no quiere ser más de lo que es: es decir, un testimonio directo sobre 18 personajes políticos de la historia contemporánea. No quiere prometer nada más que lo que promete ser: es decir, un documento a caballo entre el periodismo y la historia».
Acto seguido, la autora emprende interesantes disertaciones que ponen sobre aviso a quienes hallarán en las páginas subsiguientes unos textos memorables, sostenidos por el temblor, la conmoción y el temple de ambos interlocutores –el entrevistado de turno y la audaz reportera–, lo cual consigue, con absoluta destreza, llevar a la escritura.
La agudeza y el ingenio caracterizó a la primera mujer corresponsal de guerra de su país, quien cuenta con un historial de vida digno de conocerse, y en el que reza haber participado en la Resistencia contra la ocupación nazi en su tierra.
Con probada maestría, supo hurgar los más recónditos recovecos de las personalidades entrevistadas y leer, hasta la sublimación, modulaciones y ademanes que integró a la voz que después escribiría. Por su tajante verbo y afilada pluma fue célebre y hasta temida. Por su indiscutible profesionalismo, debe saberse de ella y recordarse.










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