«Y el fervor literario de la provincia prendió en Manzanillo como un foco de luz inextinguible».
Juan Francisco Sariol

Hay ciudades que se miden por su extensión o su población. Manzanillo, en cambio, podría evaluarse por la riqueza y la pujanza de su cultura. Esta porción de tierra abrazada por el Guacanayabo ha sido, desde el siglo XIX, un hervidero de creación cultural donde la palabra encontró su templo; la música, su pulso; el teatro, la pintura y la arquitectura, un espacio perenne para dialogar con la creación.
No es casualidad que esta ciudad oriental sea reconocida como uno de los bastiones literarios de Cuba. Manzanillo fue cuna del primer monumento de las letras en la Isla, Espejo de Paciencia, y escenario de importantes pasajes de nuestra gesta independentista. Aquí, patriotismo y cultura se funden desde los orígenes mismos de la villa, constituida en 1833.
Figuras como Rafael María Merchán encarnan esa fusión entre el amor a la patria y el cultivo de las letras. La identidad cubana, en esencia, se forjó también en estas tierras del Guacanayabo. Aquí se gestó una de las más importantes agrupaciones literarias de la Cuba republicana, por su larga y fructífera ejecutoria y por la calidad artística: el Grupo Literario de Manzanillo.
En esta urbe, la literatura se volvió sustancia en periódicos, revistas y libros que cruzaron océanos; aquí el son se vistió de fiesta popular y la escena teatral vibró con la majestad de los grandes coliseos del mundo. Manzanillo es, ante todo, una historia de pasión intelectual, de obstinación creativa y de amor por las artes.
UNA TERTULIA QUE HIZO HISTORIA
Era el año 1921. En las noches del Parque Céspedes, bajo la sombra protectora de la glorieta y al aire libre, un puñado de jóvenes soñadores comenzó a reunirse. Eran poetas, narradores, periodistas, intelectuales que sentían la necesidad imperiosa de compartir sus versos y sus inquietudes.
Primero fueron cuatro, luego unos 12. Vicente Seguí, uno de los fundadores, mandó a pintar dos docenas de sillas de madera con las iniciales g.l. (Grupo Literario), y así, sin más ceremonia, nació una de las instituciones culturales más significativas de la época.
No era una academia ni una logia masónica, como algunos insinuaron; era, en esencia, una tertulia abierta, una república de las letras alrededor de la cual se fueron nucleando paulatinamente todos aquellos que tenían inclinaciones por ellas.
Del impacto de este evento cultural da fe Max Henríquez Ureña, cuando expresa sintéticamente en su libro Panorámica Histórica de las Letras Cubanas:
«A partir de 1912 la ciudad de Manzanillo se convirtió en el centro más importante de la actividad literaria juvenil de la provincia de Oriente (…) Entorno a Orto, la Biblioteca Martí y la imprenta de Sariol se formó, es decir, tomó consistencia como agrupación de intelectuales, el “Grupo Literario de Manzanillo”, del cual forman parte, entre otros, Miguel Galiano Cancio; Ángel y Braulio Cañete Vivó; Julio Girona; Filiberto Agüero; Epifanio Sánchez Quesada; Nemesio Lavié, Manuel Navarro Luna; Alberto Aza Montero y Ghiraldo Jiménez».
De manera que el Grupo Literario de Manzanillo fue un espacio de libertad creadora y un laboratorio en el que se gestaron algunas de las obras más significativas de la literatura cubana del siglo XX.
Nadie mejor para hablar de ello que uno de sus fundadores, Epifanio Sánchez Quesada, quien en Memorias de un manzanillero refiere:
«Había entonces entre los coagrupados un perenne deseo de superación. Y rara era la semana en que no se publicara un libro, o se exhibían dibujos o ensayaba una nueva pieza musical. Las reuniones de los congregados eran interesantísimas y a veces constituyeron acontecimientos extraordinarios con la visita, o la presencia en la tertulia, de renombrados literatos nacionales y extranjeros.
«Como herencia de aquellos momentos de exaltación creadora quedan centenares de libros, revistas y eventos
en los que se plasmaron los anhelos de mentes preclaras».
El Grupo necesitaba un vehículo que trascendiera el instante de la tertulia. El primer esfuerzo significativo por reunir a los intelectuales de la época se materializó con la creación de la revista Alma Joven, lanzada el 5 de mayo de 1908, bajo la dirección de Pepe Soler y Ángel Cañete.
Esta publicación semanal recibió contribuciones de escritores de diversas generaciones, desde noveles hasta consagrados, y continuó su trayectoria hasta el 7 de febrero de 1909, con un total de 29 números. La revista Orto, fundada en 1912 por el incansable Juan Francisco Sariol, se convirtió en el alma mater del movimiento.
Con ella, desde su imprenta El Arte y su editorial Biblioteca Martí, Sariol no solo publicó el fruto de los tertulianos, sino que tendió puentes con la intelectualidad más avanzada de Hispanoamérica.
A través de las páginas de Orto, que publicó ininterrumpidamente hasta 1957, desfilaron colaboraciones de talla universal: Gabriela Mistral, Juan
Ramón Jiménez, Pablo Neruda; junto a los más grandes de la literatura cubana como José Lezama Lima, Dulce María Loynaz y Emilio Ballagas.
A la par, los escritores de Manzanillo como Rafael María Merchán, Manuel Navarro Luna, Juan Francisco Sariol, Rafael Marinello y Wilfredo Naranjo Gauthier, dejaron una huella imborrable en la vida cultural de la ciudad, cada uno aportando su singular voz al rico entramado literario cubano. Merchán y su erudición, Navarro Luna y su
conexión con lo popular, Sariol y su impulso cultural, Marinello con su lirismo preciso, y Naranjo Gauthier como cronista de la identidad, contribuyeron a que Manzanillo se erigiera como un faro de la literatura hispánica.
Sus obras han forjado una tradición que resuena hasta hoy, con el trabajo del sello editorial Orto, que promueve la creación literaria en la región para que las nuevas voces continúen la senda trazada por aquellos pioneros.
LA CULTURA HECHA ESPECTÁCULO
Si el Grupo Literario fue el templo del verbo escrito, el Teatro Manzanillo fue el altar del arte escénico. Fundado por iniciativa de la Sociedad Filarmónica, este coliseo de herradura, uno de los cuatro que existen en Cuba, comenzó su vida útil el 14 de septiembre de 1856, con la puesta en escena de El arte de hacer fortuna, del dramaturgo español Antonio Rodríguez Díaz y Rubí.
Sobre sus tablas, forjadas con el esfuerzo de una veintena de socios fundadores, desfilaron las más grandes figuras del arte universal: el violinista Brindis de Salas, Esperanza Iris, conocida como la Reina de la Opereta; las Compañías de Enrique Arredondo,
Espigul, Arquímedes Pous; los niños Cantores de Viena, los Cosacos del Don, el poeta Pablo Neruda, la bailarina Alicia Alonso, el pianista Ernesto Lecuona, y el inolvidable Bola de Nieve.
Este coliseo constituyó, junto a otros teatros cubanos, un importante exponente del siglo xix, como el ya desaparecido Teatro Villanueva, en La Habana (1847); el Reyna, en Santiago de Cuba (1848); y el Tomás Terry, en Cienfuegos (1860).
El Teatro Manzanillo, de estilo neoclásico, fue un crisol en el cual se fundieron las más diversas manifestaciones artísticas: zarzuelas, conciertos sinfónicos, recitales poéticos, conferencias, espectáculos circenses. Todo lo que significó buen arte encontró cabida en sus programas.
La institución cultural abrazó el entretenimiento y la historia. Allí, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, en su faceta de hombre renacentista amante de las artes, no solo colaboró en la redacción del Reglamento de la Sociedad Anónima del Teatro, sino que asumió la dirección de escena y actuó en el segundo acto de la obra inaugural.
En 2002, el teatro fue reconstruido y salvado de los embates del tiempo. En 2018 recibió otra restauración, para que continuara siendo el testimonio de la vida cultural en voces jóvenes como la compañía Ategua, la cual mantiene encendida la llama de la tradición escénica en la ciudad.
Manzanillo, la Perla del Guacanayabo, brilla con luz propia en el firmamento de la cultura cubana.










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