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En el Molino Rojo (1892), de Toulouse-Lautrec. El artista reflejó en esta obra el ambiente decadente y las luces artificiales del cabaré que lo hizo famoso. Foto: Getty Images

«Pensar que nunca habría pintado si mis piernas hubiesen sido un poco más largas», dijo en cierta ocasión Henri de Toulouse-Lautrec. Y con ello demostró, como ha sucedido tantas veces en la historia –ahí están Borges, que tras quedar ciego siguió escribiendo como iluminado, y Beethoven, que compuso sus mejores obras en absoluta sordera– que las limitaciones físicas no constituyen impedimento para desarrollar el talento.

Su caminar pausado con la ayuda de un bastón, su escasa estatura –no superó el metro y medio– y la espesa barba que cubría su rostro anunciaban su llegada a los cabarets y salones que frecuentaba. Allí, entre el bullicio y la luz artificial, se movía uno de los pintores postimpresionistas más famosos de su época.

Lautrec (1864-1901), de cuyo fallecimiento se cumplió el 9 de septiembre el 125 aniversario, nació en el seno de una familia acomodada, descendiente de los condes de Toulouse. Era costumbre en la aristocracia practicar la endogamia para preservar el patrimonio, y así sucedió en la unión de sus padres, primos en primer grado. Esto condicionó la salud del artista, que sufrió un desarrollo óseo deficiente y no alcanzó una altura superior a 1,42 metros.

Incontables médicos y tratamientos no lograron diagnosticar su enfermedad. No fue hasta 1962 cuando se acuñó el término picnodisostosis, luego conocido como síndrome de Toulouse-Lautrec: una afección que provoca baja estatura, densidad ósea anormal y fracturas frecuentes.

Pero más allá de su condición, lo trascendente es su genio artístico, influenciado por Vincent van Gogh y Edgar Degas. De Degas admiró su obsesión por las formas femeninas; de Van Gogh aprendió el uso de colores brillantes y la influencia de las estampas japonesas.

En 1884 se instaló en Montmartre, el barrio bohemio de París, y dos años después abrió su propio estudio. En esta zona cohexistieron dos distritos, en los que habitaron artistas y aristócratas, mientras que el segundo lo ocupó la clase obrera de París. Y en la intersección de ambas zonas se erigió, desde 1889, el salón de baile Moulin Rouge (El molino rojo), frecuentado por Toulouse y donde realizó gran parte de su obra.

Inaugurado en 1889, el Moulin Rouge se convirtió en el templo del ocio parisino y en el escenario predilecto de Toulouse-Lautrec. Foto: Getty Images

Bien pudo haber permanecido en la penumbra como un mero observador. Pero los vicios y extravagancias de la Belle Époque, a los que se entregó sin reservas, contribuyeron tanto a su fama como a su deterioro.

En las largas noches que pasó en este y otros locales, Lautrec retrató la vida cotidiana de las prostitutas: mientras se cambiaban, al terminar un servicio, cuando esperaban una inspección médica. También dejó constancia de los bailarines, los músicos, los dueños de los cabarets y los espectadores anónimos.

Su condición física tampoco fue un freno para sus excesos. Desmedido en la comida, el alcohol y el sexo, contrajo una afección venérea de una de sus modelos. Esa vida desenfrenada lo llevó a la muerte a los 36 años, el 9 de septiembre de 1901.

Figuran en su obra una vasta producción de carteles publicitarios, hoy expuestos en los museos más importantes del mundo. Revolucionaron la historia del arte y lo convirtieron en precursor del cartel publicitario moderno, el primer artista en elevar ese género a la categoría de obra de arte.

Toulouse-Lautrec pintando al aire libre en el jardín de Père Forest, Montmartre, hacia 1889. El artista realizó allí varios estudios de figuras contra el follaje. Foto: Getty Images

Una interesante analogía surge al comparar la vida de Toulouse con la de su coetáneo Marcel Proust, también cronista de la belle époque, pero desde la literatura, y autor de esa monumental obra titulada En busca del tiempo perdido.

Ambos, aristócratas de cuna y de frágil salud, retrataron dos mitades de la Francia de su época, compleja y diversa. Toulouse capturó los placeres prohibidos; Proust, los salones de la alta sociedad y sus reflexiones sobre el tiempo, el recuerdo y las relaciones humanas.Y si bien sus mundos estaban conectados, de manera indirecta, se asegura que nunca llegaron a conocerse.

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Me encanta Barbara Eden dijo:

1

12 de septiembre de 2026

02:42:58


La mayoría de la gente ahora probablemente conoce a Toulouse-Lautrec de la película Moulin Rouge. En 1952 lo encarnó José Ferrer, y en 2001 lo encarnó John Leguizamo.