ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Radio Cadena Habana

Nunca había escuchado sobre Luis Marquetti, o no recuerdo que así haya sido. Y eso es bueno, porque, de saberlo todo, moriría una de las principales herramientas con que contamos los periodistas, la curiosidad.

La curiosidad es como esas hormigas que te caminan el cuerpo y que, si no las espantas, se tornan molestas. Así pues, manos a la obra, decidí averiguar quién era. Resultados: compositor que nació en Cuba el 24 de agosto de 1901 y falleció el 30 de julio de 1991, era negro y vivió en la sociedad de los 40 y los 50. Mala combinación.

Sin embargo, grata fue mi sorpresa al encontrar un artículo del periódico cubano El Artemiseño sobre el compositor y sobre un tocayo suyo, Luis César Núñez, investigador, autor de un libro sobre el legado de Marquetti.

Luis Marquetti gigante del bolero, es un volumen que se publicó en Alquízar por el sello Unicornio y luego voló a Estados Unidos por una editorial de allí. Es más que una biografía: es el pago simbólico de una deuda que la cultura cubana tenía con uno de sus boleristas mayores.

Pero para hablar de Marquetti, hay que hablar de una «deuda» muy particular. Corría la década de los cuarenta y el joven compositor ya tenía un arsenal de canciones que derrochaban sentimiento. Sin embargo, para el gran público cubano, su nombre era un susurro que no lograba colarse en los estudios de la CMQ, la cadena radial más importante de la isla caribeña.

¿La razón? El color de su piel. A la Cuba de la época no le importaba que aquel muchacho escribiera Deuda con maestría; para ciertos productores, su música era tan invisible como él.

La anécdota, que ya es leyenda, involucra al puertorriqueño Bobby Capó. En mayo de 1952, Capó, figura estelar de la canción, se encontraba grabando en Nueva York. Al incluir Deuda en su repertorio, chocó de frente con el muro del racismo. El representante de la red cubana le advirtió del «problema»: no se podía promulgar la obra de un compositor negro, y Capó se plantó.

Se negó a excluir el bolero. Ante la presión, la canción coló de manera extraoficial, y luego, gracias a más protestas, logró entrar por la puerta grande. Fue una victoria para Capó, para Marquetti, para la comunidad negra y para la música cubana. El talento se impuso al racismo.

Esa victoria tardía no apagó la prolífica pluma de Marquetti. Los datos hablan de un torrente creativo imparable. Desde Alma de azúcar en 1941 hasta Cada segundo te alejas más o Alquízar, fechadas en 1992, su catálogo es un mapa de varias décadas.

Ahí están los clásicos inmortales como Plazos traicioneros o Amor qué malo eres, piezas que definieron una era y se incrustaron en la memoria colectiva. Basta ver la lista de quienes lo interpretaron: Daniel Santos, Celia Cruz, Leo Marini, Vicentico Valdés, la Sonora Matancera... más de cien artistas grabaron más de treinta de sus obras entre 1946 y 1957. Hay una triste verdad detrás de todo, si la radio de su país le cerró las puertas, el resto del continente se las abrió de par en par.

Marquetti no solo escribía boleros. En su repertorio desfilan el son (Son de maíz), el sabor de la calle (Boletera) y el amor por la tierra (Cuba en mí). Fue un autor que entendió el pulso de su época, contemporáneo de monstruos como Isolina Carrillo u Osvaldo Farrés, y a la altura de todos ellos.

Quizás el desenlace más hermoso de esta historia es la recompensa póstuma. Años después de su partida, el 30 de julio de 1991, en el mundo volvió a girar hacia su música.

En plena fiebre global por el son cubano, el proyecto Buena Vista Social Club, con la voz aterciopelada de Ibrahim Ferrer, refrescó una versión de Arsenio Rodríguez de una de sus piezas. De repente, el muchacho al que le negaban el micrófono en La Habana sonaba en los escenarios más prestigiosos del mundo, demostrando que su obra no entendía de barreras idiomáticas ni raciales.

Aquel investigador de Alquízar, el otro Luis, soñaba con un museo para conservar la memoria de Marquetti. Y aunque los reconocimientos físicos a veces tardan, la verdadera inmortalidad de este compositor no está en las vitrinas, sino en la vigencia de sus boleros.

Al final, la deuda que Bobby Capó se negó a esconder, hoy la cobra la música cubana con creces. Luis Marquetti escribió sobre amores y desengaños, pero también escribió otro capítulo sobre la resistencia silenciosa del arte.

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