
El cantautor y compositor argentino Rodolfo Enrique Cabral (Facundo Cabral, 1937-2011), asesinado hace 15 años en Guatemala, fue calificado como un caso singularísimo en la nueva canción latinoamericana, «un verdadero outsider». Aquel hombre que dispersó la paz en versos musicales partió de una forma injusta, víctima de sicarios que atentaron contra su vida.
Fue mudo hasta los nueve años, analfabeto hasta los 14, enviudó trágicamente a los 40 y conoció a su padre a los 46. Así se describió a sí mismo, justo cuando cumplía siete décadas de vida. Como si no le faltasen infortunios, en sus últimos meses una dolencia de la vista lo dejó prácticamente ciego. Pero nada lo separó de su vocación musical, expresada a través de una obra en la que convivieron «el amor y el humor, la crudeza y la ternura», y una vocación libertaria implícita en cada melodía.
Hacia 1959 ya tocaba la guitarra y entonaba canciones folclóricas. La pista No soy de aquí, ni soy de allá fue la que le dio fama mundial hacia 1970. A partir de entonces, su vida adquiere un rumbo más espiritual y se consolida como un cantante de protesta, en sintonía con el movimiento que florecía en el continente.
Obligado a marchar de Argentina en 1976, se radicó en México y desde allí continuó su carrera. La Unesco lo declaró, en 1996, Mensajero mundial de la paz; además, fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 2008.
Figuras como Jesucristo, Lao-Tsé, Chuang Tzu, Osho, Krishnamurti, Buda Gautama, Schopenhauer, Juan, el Bautista; San Francisco de Asís, Gandhi y la Madre Teresa de Calcuta rigieron la vida de este hombre, que también predicó la humildad, la desaparición del ego y la búsqueda de la felicidad.
Otros de sus referentes fueron Jorge Luis Borges y Walt Whitman, en quienes quizá encontró inspiración para la veintena de libros que produjo, de los cuales solo se conservan poco más de diez.
Hay golpes muy duros en la vida, como bien inmortalizó el poeta César Vallejo; y una catástrofe fue la partida del cantautor, ocurrida por una trágica equivocación.
Las investigaciones posteriores determinaron que los sicarios buscaban matar a Henry Fariñas, un empresario del espectáculo nicaragüense que acompañaba a Cabral aquel día y mantenía vínculos con el narcotráfico y el lavado de dinero.
Al menos nadie dudó que partió en paz, y que fue feliz, algo que siempre se exigió y nunca pensó que podía contagiar a los demás. «Haciendo feliz a tanta gente en el mundo. Ahí, la verdad, se me fue la mano», dijo en alguna ocasión.
Facundo nos enseñó que siempre habrá nuevos días. Y que, como escribió en una de sus canciones:
Para empezar de nuevo,
para buscar al ángel,
que me crecen los sueños.
Para cantar,
para reír,
para volver
a ser feliz.











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