Leo las noticias internacionales y trato de entender muchas de ellas, que más bien parecen salidas de la irracionalidad, la improvisación y hasta de la falta de ética de sus protagonistas.
De esta región que Estados Unidos quiere convertir nuevamente en colonia, es sorprendente que un mandatario, Javier Milei, de Argentina, uno de los países más grandes de América Latina, despierte a sus pobladores con la declaración de que «las Malvinas nunca más serán argentinas».
Un día antes, cientos de millones de televidentes veían, en todo el mundo, la victoria del equipo argentino de fútbol que vencía a su similar de Inglaterra.
Quizá la emoción para muchos, las lágrimas por la derrota, de otros, y la nostalgia de los apostadores que habían invertido dinero con la seguridad de que «los ingleses ganarían», no permitió apreciar, en toda su dimensión, el momento en que el equipo ganador alzó una pancarta de apoyo a las reivindicaciones de su país sobre las islas Falklands o Malvinas.
Los gobiernos anteriores de Argentina y la mayoría del pueblo consideran que ese grupo de islas, situadas a 482 kilómetros de su costa Este, constituye parte de su soberanía.
Los meses de abril a junio de 1982 convirtieron a Las Malvinas en un campo de batalla, cuando las fuerzas militares inglesas reprimieron por la fuerza a quienes exigían la soberanía argentina del territorio.
Los 74 días de intervención militar en Las Malvinas dejaron un saldo de 655 militares argentinos y 255 británicos muertos.
Punto y aparte, el personaje siniestro y mentiroso, Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, «fabricó» por estos días una reunión para tratar –a lo yanqui, por supuesto– «sobre el resurgimiento del terrorismo de izquierda».
Prohibido hablar allí del terrorismo de Estado que utiliza la administración estadounidense, lo mismo para bombardear a Irán; asesinar a sus dirigentes máximos; hacer añicos con sus bombas a 160 niños, estudiantes de una escuela primaria o ser partícipe y facilitar las armas para que Israel masacre a miles de palestinos, la mayoría de ellos niños y mujeres, en Gaza.
Del terrorismo de Estado que el imperio yanqui aplica contra Cuba, del bloqueo energético y las demás medidas que Marco Rubio anuncia con odio y crueldad sobre nuestro país, de eso no se habla.
Los crímenes que comenten los agentes policiales en ciudades y pueblos estadounidenses, contra inmigrantes, eso no aparece en la agenda de Rubio.
El perverso plan estadounidense pretende ignorar –y que así lo haga el resto de los países– que el mayor peligro de nuestros días es el de la administración estadounidense y sus halcones empotrados en un mar de ideas fascistas, de imponer un sistema unipolar, encabezado por y desde Washington, y que los movimientos progresistas, la izquierda y otras ideologías, sean barridas de la faz de la tierra.
A esa reunión con Marco Rubio, fueron convocados 60 países, y no dudo que habrá quienes, además de aplaudir a los amos que invitan y pagan, levanten la voz para hacer coro a la idea imperial.
No serán esos, por supuesto, los que en todo el planeta brindan solidaridad a Cuba, los que viajan a Gaza para dar apoyo a los niños palestinos, o los que cada año acuden a la Asamblea General de la ONU para condenar el bloqueo estadounidense contra la Isla, exigir el levantamiento inmediato de las medidas genocidas, y usar el diálogo como verdadera vía para el entendimiento y el respeto a la soberanía e independencia de los pueblos.
Cuba continúa apostando porque América Latina sea una zona de paz, la misma por la que firmamos el histórico documento también rubricado por todos los países de la región y el Caribe. Por la paz también en los propios Estados Unidos, donde cada año mueren miles de sus hijos, lo mismo por tiroteos en escuelas y otros lugares públicos, o asfixiados bajo la bota de un agente policial que le oprime el cuello hasta que deje de respirar.













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