ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Cartel de Todo a la vez en todas partes. Foto: Archivo

La primera vez que vi al público salir en silencio de una sala, tras una película de tres horas hablada en coreano y subtitulada, entendí que algo estaba cambiando, no era la reserva incómoda de quien no ha entendido nada, sino la mudez reverencial de quien ha sido tocado por una obra que le exigía todo.

Esta opinión puede sonar un poco a contracorriente en medio de la marea de banalidad que sufrimos; las artes han sufrido el deterioro de la comercialización sin frenos y la robotización, por lo tanto, el cine no escapa del desastre, pero algo sucede.

Hasta hace poco había que ser un espectador curioso, de esos que frecuentan las cinematecas, para dejarse atrapar por una película iraní o tailandesa. Parásitos dinamitó ese prejuicio, en 2019, algo que se repitió con Drive my car, con Anatomía de una caída y con esa rareza inclasificable llamada Todo a la vez en todas partes.

Sin embargo, el primer terremoto no vino de una pantalla de cine. David Lynch, cuando le ofrecieron 18 horas para Twin Peaks: The Return, no hizo una serie; esculpió una película de autor, hipnótica y radicalmente libre, que dejó en evidencia las costuras del formato tradicional.

Eso mismo urdió Paolo Sorrentino con The Young Pope, en la que cada plano encierra la ambición pictórica de un fresco renacentista, o David Fincher con Mindhunter, una lección de contención y atmósfera que ningún thriller de sala ha igualado en la última década.

La serialidad se ha convertido en el lienzo en el cual los grandes narradores contemporáneos despliegan su arsenal estético, sin las prisas del metraje estándar, con ritmos pausados, silencios que respiran, personajes que evolucionan a fuego lento.

Hoy, nombres como Ryusuke Hamaguchi, Justine Triet, Celine Song o Alice Rohrwacher no son rarezas para iniciados, sus películas se estrenan en salas comerciales, con la naturalidad de cualquier gran producción.

La gramática visual se ha diversificado, ya no hay un único centro emisor de canon cinematográfico, conviven el realismo íntimo y pausado de Hamaguchi, la precisión quirúrgica de Triet para diseccionar las relaciones de pareja, el lirismo contenido de Vidas pasadas, y el aliento mágico y terroso del cine de Rohrwacher.

Cuando Christopher Nolan estrenó Oppenheimer, un drama de tres horas sobre física cuántica y dilemas morales, una obra exigente, construida con la precisión de un mecanismo de relojería, de una gran contundencia sensorial, la taquilla mundial rozó los mil millones de dólares.

Por otro lado, Denis Villeneuve ha hecho del Blockbuster una experiencia casi sinfónica: Dune: Parte Dos no se ve, se habita; el sonido retumba en las butacas, la escala de la imagen exige la pantalla grande, la contemplación se impone al vértigo.

Lo interesante es que el público responde, acude a la sala no solo por la historia, sino por la comunión, por el estremecimiento compartido, por la certeza de que hay imágenes que solo pueden existir en la oscuridad colectiva.

Todo a la vez en todas partes, una fantasía multiverso tan delirante como emotiva, arrasó en los Oscar y en la taquilla; Anatomía de una caída, un drama judicial en francés sobre la ambigüedad de la verdad, mantuvo en vilo a millones de espectadores en todo el mundo. Son películas que no piden permiso, que confían en la inteligencia emocional de quien las mira.

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