2003
Hay quienes hacen en determinado momento un aporte valioso a la sociedad, en uno u otro campo, y por diversas razones no vuelven a destacarse en el resto de su vida, lo que no resta méritos a la contribución realizada.
Otros, en cambio, son capaces de marchar a la vanguardia durante largos años, hasta que viejos o enfermos el cansancio los vence, sin que por ello dejen de merecer el respeto y la consideración de todos.
Finalmente, están los que jamás se rinden ante los achaques derivados del paso del tiempo, esos que combaten obstinadamente hasta el final a fuerza de voluntad, optimismo y hasta una buena dosis de humor. Son los que acompañan, un relevo tras otro, a quienes ocupan la primera trinchera, hasta convertirse en bandera y símbolo de generaciones.
A ese grupo excepcional de los reconocidos y admirados por su pueblo, y hasta en lejanos confines del planeta, pertenece Melba Hernández Rodríguez del Rey, una mujer que como afirma el título de este libro, ha sido y es de todos los tiempos, y también de cualquier parte donde el deber la ha llamado a enfrentar la injusticia.
Melba, junto a Haydée y Celia, están en la cima del nutrido destacamento de combatientes, colaboradoras y simpatizantes de la lucha revolucionaria, que tan importante papel desempeñaron en el último medio siglo de historia cubana. «La miel de su cariño», como dijera Martí, resultó vital para levantarnos después de cada revés con energía multiplicada.
Los cubanos, por idiosincrasia y convicción, vemos la adulonería como uno de los más denigrantes defectos humanos. Por esa razón tratamos de ser exactos y hasta pecamos de parcos al calificar a otras personas, aunque se trate de un ser querido.
Ello no impide a quienes hablan de Melba en estas páginas prodigarle los mejores adjetivos. Lo hacen en el esfuerzo por traducir a palabras el arte del que se vale esta mujer para llevar con honor y dignidad sus muchas glorias; conservar y desarrollar con los años su refinado gusto artístico y rigor intelectual; ser exigente como pocas a la hora del cumplimiento del deber; derrochar valor en la lucha y, a la vez, amor, humildad, sencillez y humor criollo en la vida cotidiana, al extremo de ganarse de inmediato el cariño y la confianza de todos, como si se tratara de la más querida hermana, madre o abuela, en dependencia de la edad de quien tiene el privilegio de conocerla personalmente.
Felicito el esfuerzo de las autoras por permitir a nuestro pueblo, en especial a los más jóvenes, acercarse a la obra y el pensamiento de Melba Hernández, quien constituye un valioso ejemplo de la actitud que debe asumir el revolucionario consecuente, sobre todo, en momentos de peligros y dificultades como los que hoy vive la patria.
No considero por otra parte que el tema esté agotado. Se puede continuar profundizando en la vida de esta infatigable luchadora por Cuba y otros pueblos, en especial, por la gloriosa nación vietnamita, que desde los tiempos de la lucha antiyanqui la adoptó como a una de sus hijas insignes.
Cuento, entre los premios que me ha otorgado la vida, el haber disfrutado durante tantos años del cariño entrañable de Melba, ese ser extraordinario para quien seré eternamente «Raulito» —aunque ya tenga nietos que se afeitan el bigote—, como si en nuestra relación personal el reloj se hubiera detenido en aquella difícil etapa que siguió al asalto al cuartel Moncada, cuando por tener unos años más y gracias a la empatía que surgió entre nosotros, decidió considerarme definitivamente su hermano pequeño.
«Cuba tiene alma», escribió Melba a Jesús Montané, ya entonces su esposo, cuando este último guardaba prisión tras el desembarco del Granma. No era una idea abstracta o simplemente una frase bonita, sino algo palpable en la actitud valiente y digna de los cubanos de aquellos años y que sigue presente, aún con mayor fuerza, en los que hoy enfrentan sin la menor vacilación el enorme desafío de defender el socialismo frente a las costas de la superpotencia imperialista.
Esa alma cubana vivirá por siempre, porque nunca faltarán a este pueblo hombres y mujeres que como Melba, hacen del deber, el patriotismo, la fidelidad, la solidaridad y el amor infinito al ser humano, el sentido y el objetivo supremo de sus vidas.
(Raúl Castro Ruz, Páginas escogidas, Tomo 7, pp 452-454)











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