ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Monumento a Calderón de la Barca en Madrid. Foto: Tomada de Internet

Era apenas una niña con conciencia cuando escuché por primera vez el nombre Calderón de la Barca, pero en el televisor no había un caldero muy grande sobre una barca, solo el retrato de un señor con un largo collar y una mirada de aburrimiento. El hombre con nombre de olla que no tenía una barca se llamaba Pedro, supe minutos después, y era un poeta. Uno muy importante, español y del Siglo de Oro (no, no era un siglo con mucho oro).

Cuando el imperio español se desangraba en guerras interminables, la figura de Pedro Calderón de la Barca se alzó como un enigma fascinante: dramaturgo genial, soldado valeroso y, finalmente, sacerdote atormentado por las grandes preguntas del ser humano.

Nacido en el Madrid de 1600, Calderón iba a convertirse en el gran arquitecto de la escena española, el hombre que elevó el teatro a una cumbre filosófica que aún hoy nos interpela con su verso «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».

La cuna de Calderón no fue humilde, pero tampoco exenta de sombras. Según detalla la Enciclopedia Británica, su padre, Diego Calderón, era secretario del Consejo de Hacienda, un hombre de posición desahogada, pero de carácter duro, cuya temprana muerte en 1615 marcaría a fuego el destino de sus hijos.

La ausencia de esa figura paterna, tan conflictiva como determinante, y la necesidad de abrirse camino en un mundo de férreas jerarquías, parecen resonar en la galería de personajes calderonianos que luchan contra la autoridad tiránica, desde el rebelde Segismundo hasta el digno alcalde Pedro Crespo.

El joven Pedro se formó con los jesuitas en el Colegio Imperial de Madrid y luego en las universidades de Alcalá y Salamanca, donde estudió artes, leyes y probablemente teología, aunque sin llegar a ordenarse entonces. Pero la juventud de Calderón no fue la de un estudiante aplicado y silencioso.

El portal National Geographic Historia recoge las palabras del crítico Emilio Cotarelo, quien nos advierte de que «nos cuesta trabajo imaginarlo joven, calavera y duelista», protagonista de lances callejeros que parecían sacados de sus propias comedias de capa y espada.

En uno de aquellos tumultos, persiguiendo al actor que había herido a su hermano, llegó a irrumpir violentamente en el convento de las Trinitarias, donde profesaba como monja la propia hija de Lope de Vega. La anécdota nos revela a un Calderón impulsivo y mundano, muy alejado de la imagen grave y eclesiástica con la que ha pasado a la posteridad.

Ese carácter fogoso encontró cauce en la milicia. Calderón sirvió como soldado en la campaña de Fuenterrabía (1638) y en la guerra de Cataluña (1640), donde fue herido durante el sitio de Lérida y obtuvo la licencia absoluta en 1642. El dramaturgo fue, por tanto, testigo directo de la decadencia militar de la monarquía hispánica, una experiencia que filtraría en sus dramas de honor y poder con una lucidez desprovista de toda épica triunfalista. Como bien resume el artículo académico de José Javier Esparza en la revista Época, Calderón encarnó un heroísmo triple: «el físico, el espiritual y el intelectual».

Pero donde su espada no llegaba, llegaba su pluma. Desde muy pronto se ganó el favor del rey Felipe IV, gran mecenas de las artes, que en 1636 le nombró caballero de la Orden de Santiago y le convirtió en el dramaturgo oficial de la corte. Sin embargo, Calderón nunca fue un artista exclusivo de palacio.

El Centro Virtual Cervantes señala que también fue aclamado en los bulliciosos corrales de comedias, esos patios de vecindad donde el pueblo llano se apiñaba para ver sus historias de honor, enredo y libertad. Esa dualidad, ser a la vez el poeta cortesano y el dramaturgo que conmovía al pueblo en los corrales, revela una capacidad única para hablar a toda una sociedad, desde el rey hasta el más humilde.

A la muerte de Lope de Vega en 1635, el destino del teatro español pasó, de forma natural, a sus manos. Calderón no solo heredó la fórmula teatral del Fénix de los Ingenios, sino que la depuró, la hizo más reflexiva y la cargó de una densidad filosófica que el propio Centro Virtual define como «la culminación barroca del modelo teatral creado por Lope».

La vida es sueño (1635) no es solo su obra cumbre; es una de las cumbres del teatro universal. Es un drama que combina en una sola pieza el drama religioso, el poema filosófico, la lección moral barroca y la protesta revolucionaria contra el absolutismo. Cuando Segismundo despierta en su prisión y pregunta, aturdido, si todo cuanto ha vivido ha sido real o un sueño, Calderón está formulando la pregunta esencial del Barroco: ¿qué es la verdad en un mundo de apariencias?

Esa cosmovisión pesimista y desengañada se refleja también en sus dramas de honor, como El médico de su honra, en el que el código social se convierte en una maquinaria de muerte, y en El alcalde de Zalamea, donde un humilde labrador, investido de autoridad, ajusticia al noble que ha ultrajado a su hija, defendiendo que «al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios».

Pero si algo distingue a Calderón de cualquier otro dramaturgo de su siglo es el auto sacramental. No fue su inventor, pues Lope y Tirso ya lo habían cultivado, pero sí quien llevó este género breve y alegórico a su máxima perfección.

El auto sacramental, explica la especialista Victoria Monera, era una obra de teatro con tema religioso, representada durante la festividad del Corpus Christi, que Calderón definió como: Sermones puestos en verso, en idea representables cuestiones de la Sacra Teología.  En piezas como El gran teatro del mundo, Calderón convierte la existencia humana en una representación en la que cada cual desempeña el papel que Dios le ha asignado, y lo único que importa es obrar bien, porque al final del acto todos serán juzgados por igual.

Durante los años de su madurez, el dramaturgo se consagró casi en exclusiva a estos autos, creando un corpus de una riqueza simbólica y teológica que no tiene parangón en las literaturas europeas.

En 1651, a los 51 años, Pedro Calderón de la Barca tomó una decisión que asombró a sus contemporáneos: se ordenó sacerdote y anunció que no volvería a escribir para los teatros públicos. Las razones exactas de este giro radical siguen siendo un misterio, aunque algunos biógrafos apuntan a la muerte de sus hermanos, el nacimiento de un hijo ilegítimo y una profunda crisis espiritual. Lo cierto es que, aunque cumplió su promesa respecto a los corrales de comedias, el rey Felipe IV le siguió encargando obras para la corte, y él, fiel a su monarca, no pudo negarse.

Los últimos 30 años de su vida transcurrieron en una celda austera, dedicado a la escritura de autos sacramentales y a la capellanía de honor que le concedió el rey. Aquel joven pendenciero y espadachín se había convertido en un anciano venerable, respetado por todos y convertido en símbolo viviente del Siglo de Oro.

Cuando murió en Madrid el 25 de mayo de 1681, sus restos, enterrados, desenterrados y trasladados hasta seis veces, se perdieron para siempre en el incendio de una iglesia durante la Guerra Civil, como si ni siquiera en la muerte hubiera encontrado la calma aquel hombre que tanto meditó sobre la fugacidad de todas las cosas.

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