Antes de estrenarse la que constituye una de las cintas más conocidas del subgénero, Doctor Dolittle (Richard Fleischer, 1967), ya el cine privilegiaba las historias de comunión afectiva entre seres humanos y animales. Piénsese en ese clásico europeo del drama que es Umberto D (Vittorio de Sica, 1952), y su sensible historia de Umberto Domenico, el jubilado sumido en la pobreza de la Italia posbélica, a quien redime de penas la compañía de su perro Flike.
Durante los años recientes se registra una saturación del tema, generadora de innumerables relatos audiovisuales –de ficción o documental– sobre curiosas relaciones entre personas y delfines, ballenas, canguros, monos, cerdos, caballos, pangolines, pelícanos, halcones, pingüinos o perros: estos últimos, principalmente, a través de esas insufribles películas estadounidenses de mascotas caninas.
Aunque parte de tal cine –permeado por su timbre melodramático, la manipulación emocional y un marcado propósito comercial– resulta en alto grado prescindible, sí existen títulos aislados, dignos de apreciarse. Dos de los más perdurables se sitúan dentro del terreno documental: Mi maestro el pulpo (Pippa Ehrlich y James Reed, 2020) y El cuento de Silyan (Tamara Kotevska, 2025).
Oscar al Mejor Filme Documental, el sudafricano Mi maestro el pulpo enfoca –subyugantemente– la singularísima conexión establecida entre un cineasta y un octópodo que habita en una comarca de algas al sur del continente negro, con el cual el realizador interacciona por considerable lapso de tiempo.
En tanto, el estrenado largometraje macedonio El cuento de Silyan representa una peculiar mixtura de drama humano con cine documental de corte social, signo antropológico y hálito fabular.
Pieza fílmica documental contaminada a posta por la ficción, el trabajo de la macedonia Kotevska sitúa en su centro de atención a Nikola, un viejo campesino de la exrepública yugoslava, cuya agricultura en los tiempos actuales del capitalismo se ve aniquilada por la falta total de atención por parte del Gobierno.
Los familiares del labriego Nikola emigran a Alemania, mientras el anciano permanece en su yerma y entristecida parcela, cerniéndose sobre él la soledad.
Este señor vive en Cesinovo, el municipio de Macedonia del Norte con mayor población de cigüeñas, donde casi hay un nido por cada tejado. Él encontrará una de esas aves salvajes con el ala rota. Para curarlas, los veterinarios locales no disponen de protocolos definidos. No obstante, Nikola busca la forma de restablecerla, descubre su comida favorita (las ranas) y se acostumbra a la presencia del animal, dentro de su casa o en el patio. Al pájaro le ocurrirá algo similar con el humano, al punto de que en el momento cuando Nikola lo incita a marchar, permanecerá en su hogar.
De la aproximación entre ambos surgen pasajes emotivamente poderosos, e instantes de gran belleza, recogidos con mucha precisión por la cámara de la realizadora de este cuento sobre el valor de la amistad, las maneras de burlar la soledad, la resiliencia, el amor a la tierra y la necesidad de que sus cultores no emigren.
Esa matriz se perfila desde la introducción, al citarse la leyenda medieval de ese Silyan maldito por el padre, quien lo convierte en cigüeña por dejar sus campos e irse del país. Luego, al minuto 79, se retomará el hilo de la historia, para contarse cómo el mencionado joven de la fábula hará finalmente las paces con su progenitor, junto a quien labrará esa tierra que alguna vez no quiso cultivar.
Kotevska anuda (mediante un dispositivo poético puntualmente lacerado por las analogías forzadas: desacople que lastra el resultado final de la obra) ambos relatos, el ficticio y el real, a lo que yuxtapone la decisión de Nikola de no vender la tierra, seguir trabajando e invitar a los suyos de vuelta a Macedonia del Norte.
De similar modo a cómo hizo en su documental Honeyland (2019), la cineasta reflexiona aquí sobre la significación de las tradiciones, los tropiezos para continuar las costumbres ancestrales de los habitantes de ese país europeo en la actualidad, y las formas de vida en peligro de extinción allí por obra del capitalismo salvaje.











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