ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Martín Dihigo encontró gran disfrute en enseñar a los niños, incluido su propio hijo. Foto: Archivo de Félix Julio Alfonso López.

En la película estadounidense La temporada ganadora (John Kent Harrison, 2004) un joven viaja varias décadas atrás y conoce a una leyenda del beisbol a inicios del siglo XX, el holandés volador Honus Wagner, y a su mítico rival Ty Cobb.

Asimismo, desearía una máquina para sentarme en tantos estadios de tantas épocas. Primero, elegiría una ciudad y una fecha cuando Martín Dihigo lanzara, bateara y quizás hasta dirigiera, con los Leopardos de Santa Clara, las Águilas de Veracruz, o en las Ligas Negras.

Falleció en Cruces, Cienfuegos, a cinco días de los 65 años, el 20 de mayo de 1971, pero en otra dimension permanecerá siempre. La eternidad no reside en extender la vida, efímera como un jonrón, sino en las horas capaces de abolir el tiempo, como sentirían los afortunados asistentes a sus juegos. Bien merecía el título de «El Inmortal».

Hijo y heredero de la historia de opresiones y redenciones de Cuba, nació el 25 de mayo de 1906 en el ingenio matancero Jesús María, donde sus abuelos sufieron la esclavitud. Su esposa era llamada «África», una especie de pacto con sus raíces, y su padre peleó en el Ejército Libertador, apunta el estudioso Félix Julio Alfonso López.

Mucho le debemos la conservación del Palmar de Junco, pues en 1933 lideró una recolección de fondos para restaurarlo tras un ciclón; también logró que las instituciones estatales adquirieran la propiedad del terreno y así impedir una eventual demolición con otros fines.

Miembro de la fraternidad abakuá y hermano masón, lector apasionado de las Crónicas de la guerra escritas por José Miró Argenter, «El Maestro» ofreció su dinero y su bondad para ayudar en México, a lo largo de varias semanas, a los futuros expedicionarios del yate Granma.

Tras su regreso, a propósito de la victoria de 1959 –demasiado grande para caber en un estadio–, decidió enseñar a los niños que soñaban emular su forma de perpetuidad, aportó a la fundación de la Liga Azucarera, comentó acerca de su deporte en la radio y en el diario Hoy.        

Tal vez, solo su humildad y su clase humana superaban su tamaño de pelotero. Con los Leopardos de la temporada 1935-1936 venció como mánager, además de comandar el torneo en promedio ofensivo (.358), anotadas, jits, triples e impulsadas. Desde la lomita tuvo el mejor balance, completó 13 desafíos, ganó 11 y propinó cuatro lechadas.

Pocas personas contribuyeron tanto a consolidar las relaciones de amistad entre la Mayor de las Antillas y México, según me contó el investigador Bernardo García Díaz, pues recibieron a Dihigo en el Puerto de Veracruz miles de aficionado, con orquesta incluida.

El beisbolista respondió holgadamente a ese afecto y estampó campañas de otro planeta, sobre todo la de 1938, cuando conquistó la corona de bateo con .387. Como lanzador dominó el renglón de triunfos y reveses (18-2), el porcentaje de limpias (0,90) y los ponches, 184. En la final trabajó los 27 innings de tres encuentros, en los cuales sonrió.   

Durante su paso por las Ligas Negras tres veces resultó líder en cuadrangulares y alcanzó averages por encima de .400. Su nombre aparece en los Salones de la Fama cubano, mexicano y estadounidense, además de iluminar con su inextinguible estrella otras latitudes.

En la actualidad muchos se aspresuran en calificar a Shohei Ohtani el más grande de la historia, y existen argumentos para ello, pero me sumo a la opinión de Buck Leonard, otro imprescindible del diamante: «Él fue el mejor de todos los tiempos, blanco o negro. Ustedes escojan a Ruth, Cobb y DiMaggio, que yo me quedo con Dihigo».

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