La afirmación del secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, de que Cuba representa una amenaza para la Seguridad Nacional de su país, no pasa de ser una cortina de humo, una maniobra propagandística grosera destinada a justificar lo injustificable: el renovado ímpetu intervencionista de la actual administración contra una nación pequeña, bloqueada y hostigada durante casi siete décadas.
¿En qué consiste esa supuesta «amenaza»? Según Hegseth y su correligionario Mario Díaz-Balart –figura recurrente del odio anticubano financiado desde el sur de Florida–, en que barcos rusos, incluido un submarino nuclear, han atracado en puertos cubanos. Permítanme señalar lo elemental: la presencia de buques de una nación amiga en puertos soberanos no es una amenaza contra nadie. Es una práctica normal de relaciones internacionales. Rusia atraca en La Habana. Estados Unidos atraca en Rota, en Yokosuka, en Baréin. ¿Acaso España, Japón o Baréin son por ello «amenazas» para el resto del mundo? Por supuesto que no. La hipocresía es mayúscula.
Cuba no tiene bases militares extranjeras en su territorio, excepto la que el propio ee. uu. mantiene ilegalmente en Guantánamo. No tiene flotas desplegadas en el Golfo de México. No amenaza a ningún estado vecino con invasión, bloqueo ni derrocamiento. Todo lo contrario: quien ha sufrido invasiones (Playa Girón), intentos de asesinato de sus líderes (más de 600 atentados documentados contra Fidel Castro), un bloqueo económico genocida aún vigente, y ahora amenazas explícitas de «tomar el control» de la Isla, es precisamente Cuba. La amenaza real viene del norte, no del sur.
La denominación selectiva de Washington de que Cuba constituye una amenaza resulta aún más grotesca cuando se recuerda que Estados Unidos mantiene más de 800 bases militares alrededor del planeta, que su flota naval patrulla todos los océanos, que sus submarinos nucleares se despliegan rutinariamente frente a costas de decenas de países, y que ha intervenido militarmente en más de treinta naciones desde el fin de la Guerra Fría. Pero si Cuba permite una visita simbólica de un buque ruso –derecho soberano de cualquier país–, eso se convierte en «crisis de seguridad nacional». Doble rasero en estado puro.
El verdadero trasfondo de esta farsa es político y electoral, no estratégico. El actual inquilino del Despacho Oval necesita un enemigo externo para cohesionar a su base radicalizada en Florida. Díaz-Balart necesita justificar décadas de fracaso de su política de castigo. Y Hegseth, simplemente, obedece órdenes. La jugada es vieja y huele a retórica infundada: inventar una amenaza exterior para justificar agresiones que de otro modo serían ilegítimas. Ya lo hicieron con las «armas de destrucción masiva» en Irak. Ahora reciclan el guion con los «barcos espía rusos» en Cuba.
Lo más patético del asunto es que ni siquiera intentan disimularlo. El mismo presidente de ee. uu. ya amenazó con tomar Cuba «casi de inmediato» una vez termine la guerra contra Irán. Es decir, reconocen abiertamente que no hay peligro real, solo una agenda de conquista. Y mientras tanto, el bloqueo petrolero asfixia a la población cubana, las sanciones se multiplican, y La Habana sigue sin representar peligro alguno para la seguridad de los estadounidenses –jamás lo ha sido– más allá de la paranoia fabricada por un puñado de políticos y exiliados radicalizados.
Cuba no es una amenaza para Estados Unidos. Nunca lo fue y nunca lo será. Es, en cambio, una víctima constante de la hostilidad sistemática del imperio más poderoso de la historia. Lo que Washington llama «amenaza» no es más que la voluntad de Cuba de ejercer su soberanía, de relacionarse con quien libremente decide, de no arrodillarse ni venderse. Y eso, para los que conciben el mundo como una finca propia, resulta intolerable.













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