
El catálogo de la editorial Letras Cubanas cuenta con una joya titulada El bosque de los símbolos. Patria y poesía en Cuba (Tomo I, Siglo XIX), que vio la luz en 2010. Su autor, el poeta y ensayista Roberto Manzano, quien ha concebido en tres tomos el proyecto (esperados ansiosamente los tomos pendientes de la ambiciosa factura) se propuso reunir y comentar lo más trascendente de la lírica nacional, de modo que se extienda ante los ojos del lector todo un mural con los itinerarios poéticos de la Isla.
En el texto introductorio, Manzano hace referencia a dos figuras insoslayables al abordar la materia: los Manueles, «de digna recordación e imprescindible lectura» y alude a Zequeira y a Rubalcava. Con ellos, dice, «entra el instinto del gran artista, el artífice que llamaban los griegos, donde el ars y la techné, el duende lorquiano, y la técnica acabada, se funden sólidamente en piezas estupendas».
Al primero de ellos, Manuel de Zequeira y Arango (La Habana, 28 de agosto de 1764–19 de abril de 1846), recordamos hoy cuando se cumplen 180 años de su deceso.
El bosque… recoge, como obra ilustrativa de Zequeira (condiscípulo de Félix Varela en el Seminario de San Carlos, y considerado, aunque no desde el punto de vista cronológico, el primer poeta de la Isla), El triunfo de la lira, una obra en la que, explica Manzano, «se despliega una defensa extraordinaria de la poesía, de las mejores que se hayan escrito en Cuba y de la utilidad social que ella representa».
En esos versos, agrupados en octavas, el sujeto lírico defiende vehementemente, ante el Obispo Espada, un tema que sigue ganando adeptos en nuestros días. En una de sus 55 estrofas, se lee: El sublime placer y la alegría / Las gracias, el amor, y primavera, / Del carro tirarán de la armonía / mientras el aire anime nuestra esfera. / Intentar proscribir la poesía / Porque a la estupidez no es placentera / es privar a la patria de su ornato / y es oprobio de un pueblo literato.
Muy antologado resulta también el poema A la piña, entendido por Lezama, junto a La ronda verificada de la noche, como una de las mejores poesías cubanas hasta 1960. Contemplado también por Virgilio López Lemus en su libro Elogios y preludios a poemas cubanos, nos dice, que A la piña es un poema de identidad. «Cuando Manuel de Zequeira y Arango lo escribió, Cuba era solo una patria colonial, pero el poema revela una mirada diferente dentro de la hispanidad. La fruta elegida alza su corona lejana del trono español, y entre los dioses del Olimpo griego, el copero divino se lanza a ‘nuestros campos’ para aprehender a la piña y llevar ese fruto ‘nuestro’ hacia el festín sagrado». Los versos que siguen dan cierre al poema: Y así la aurora con divino aliento / Brotando perlas que en su seno cuaja, / Conserve tu explendor, para que seas / l pompa de mi patria.
De Manuel de Zequeira se sabe también que fue militar y alcanzó el grado de coronel de infantería; que sirvió de cadete en Soria y que, entre otras empresas oficiales, formó parte de la expedición despachada en apoyo del cuartel de Cahobas, en Santo Domingo.
Tendría unos 60 años cuando, ya radicado en Matanzas, se advirtieron algunas señales de su pérdida de juicio. Entre sus delirios, figuraba el de creerse invisible si se colocaba en la cabeza un sombrero con poderes sobrenaturales y se consideraba depositario de las joyas de la corona y parte de la realeza.
De esa quimérica locura nunca pudo restablecerse este poeta neoclásico que supo poner destellos en la palabra patria, la que más tarde adquiriría mayores dimensiones. Recordarlo en este día es un acto de justicia lírica al que debemos asistir los amantes de la buena poesía.











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