
París, 29 de mayo de 1913.
El Teatro de los Campos Elíseos está lleno. La élite parisina ha venido a ver lo nuevo de los Ballets Rusos de Diaghilev. Entre el público hay modistas, banqueros, duquesas y compositores. Nadie sabe muy bien qué esperar. La velada incluye un prólogo, algunas danzas polovtsianas, y luego el estreno mundial de La consagración de la primavera, con música de un ruso de 30 años llamado Igor Stravinsky.
La orquesta ataca los primeros compases. Un fagot en el registro más agudo, como si algo se retorciera. Luego, los vientos. Después, las cuerdas golpean acordes que no deberían sonar juntos. El ritmo no es un ritmo: cambia, tropieza, se adelanta, se parte. En el escenario, Nijinsky hace saltar a sus bailarines con los pies hacia dentro y los brazos rígidos. Es una coreografía de torsiones, no de piruetas.
Al principio, el público ríe. Luego, silba. Después, grita. Los sectores más conservadores abuchean; los modernistas responden desde las butacas. Se arrojan objetos. La policía tiene que intervenir. Stravinsky, furioso y asustado, abandona la sala en el entreacto. Se esconde detrás del escenario, junto a Diaghilev. El empresario, impasible, le dice: «Es exactamente lo que queríamos».
Esa noche, Stravinsky se convierte en el compositor más odiado y admirado de su tiempo. No volverá a escribir nada igual. Y esa será su marca: nunca repetirse.
Nació en Oranienbaum, en 1882. Su padre era un bajo famoso en el Teatro Mariinski. Su madre, una mujer de buena familia. La casa olía a partituras y a ensayos. A los nueve años, Stravinsky tomó clases de piano. A los 14, tocaba conciertos de Mendelssohn. Pero sus padres querían que fuera abogado.
Entró a la universidad a estudiar derecho penal y filosofía del derecho. Nunca le interesó. Faltó a más de 50 clases. En 1902, conoció al hijo de Rimski-Korsakov y logró una cita con el maestro. Rimski-Korsakov lo escuchó y le dijo: no entre al conservatorio, estudie conmigo en privado. Stravinsky obedeció. Cuando su padre murió ese mismo año, dejó la abogacía por la música.
Rimski-Korsakov fue su segundo padre hasta 1908, cuando el viejo compositor murió. Stravinsky compuso una Canción fúnebre que se interpretó una sola vez. La partitura se perdió durante un siglo. Apareció en 2015 entre los papeles de un conservatorio de San Petersburgo.
En 1909, Diaghilev escuchó dos piezas breves de Stravinsky: Scherzo fantastique y Fuegos artificiales. El empresario buscaba talento joven para sus ballets. Le encargó orquestaciones, y luego, un ballet completo. Stravinsky escribió El pájaro de fuego en menos de un año. Se estrenó en París en junio de 1910. El éxito fue inmediato. Stravinsky, que había llegado como un desconocido, se despertó famoso.
Tenía 28 años. Vestía bien, hablaba con seguridad, no parecía impresionado por nadie. Diaghilev, que manipulaba a sus artistas como piezas de ajedrez, supo de inmediato que este era distinto. No se dejaba llevar.
Con Petrushka, en 1911, Stravinsky demostró que no era un hombre de una sola obra. La historia del muñeco que cobra vida y sufre por amor le permitió afinar su estilo: melodías populares rusas, acordes superpuestos, ritmos que chocan. Pero el verdadero golpe vino con La consagración...
Lo que pasó aquel 29 de mayo de 1913 no fue solo un escándalo. Fue un terremoto. Stravinsky había llevado la orquesta a un lugar donde el ritmo ya no era un orden sino una fuerza bruta. Los compases cambian constantemente. No hay un pulso estable.
El musicólogo Donald Jay Grout escribió décadas después: «Tuvo el efecto de una explosión que dispersó los elementos del lenguaje musical de tal modo que nunca más pudieron volver a juntarse como antes».
Stravinsky no era un bohemio. Al contrario: era meticuloso, ordenado, a ratos frío. Firmaba contratos ventajosos. Negociaba sus derechos de autor. Cuando la revolución rusa de 1917 le cortó las regalías, encontró un filántropo suizo, Werner Reinhart, que le pagó para que siguiera componiendo. En agradecimiento, le dedicó La historia del soldado y le regaló el manuscrito. También le escribió tres piezas para clarinete solo porque Reinhart tocaba el clarinete como aficionado.
No era rencoroso, pero tampoco sentimental. Cuando el público y la crítica tardaron en aceptar su música, simplemente siguió adelante.
La vida de Stravinsky fue una sucesión de huidas. Dejó Rusia en 1914, justo antes de la guerra. Vivió en Suiza, luego en Francia. En 1920 se instaló en París. Coco Chanel le ofreció su mansión y se rumoreó de un romance breve, intenso, que terminó en mayo de 1921.
En París, Stravinsky llevó una doble vida. Estaba casado con su prima Yekaterina Nosenko, con quien tuvo cuatro hijos. Pero desde 1921 mantuvo una relación con Vera Sudeikin, una mujer casada, morena, de ojos profundos. Yekaterina lo supo. Según quienes los conocían, lo toleró «con una mezcla de magnanimidad, amargura y compasión». Stravinsky nunca se divorció.
En 1934 obtuvo la ciudadanía francesa. Publicó sus memorias en francés, Crónicas de mi vida, donde escribió una frase que se repetiría durante décadas: «La música, por su propia naturaleza, es esencialmente incapaz de expresar nada». Lo decía un hombre que había hecho de la música una máquina de emociones brutales.
La Segunda Guerra Mundial lo encontró en Francia. Su hija Ludmila murió de tuberculosis en 1938. Su esposa, en 1939. Su madre, ese mismo año. Stravinsky pasó cinco meses hospitalizado. Cuando salió, aceptó una cátedra en Harvard. En septiembre de 1939 llegó a Nueva York. Tenía 57 años.
Estados Unidos lo recibió con la mezcla de curiosidad y escepticismo que reserva a los europeos famosos. Se instaló en Cambridge, Massachusetts. Vera llegó en enero de 1940. Se casaron en marzo. Luego se mudaron a Beverly Hills, y después a Hollywood. Stravinsky sentía que el clima cálido de California haría bien a sus pulmones.
En Hollywood se rodeó de escritores británicos exiliados: Aldous Huxley, W. H. Auden, Christopher Isherwood. En 1944 dirigió su propio arreglo del himno nacional estadounidense en Boston. Introdujo un acorde que no estaba en el original. La policía lo amenazó con una multa de cien dólares.
La ley prohibía usar el himno «como música de baile, marcha de salida o parte de un popurrí». Stravinsky no violó ninguna de esas disposiciones, pero el escándalo creció. Con los años, se convirtió en una leyenda urbana: «Stravinsky fue arrestado por tocar mal el himno», aunque lo del arresto no fuera cierto. Él mismo alimentó el mito. Nunca corrigió la versión exagerada.
En 1945 obtuvo la ciudadanía estadounidense. Su padrino fue el actor Edward G. Robinson, famoso por sus papeles de gángster. En 1948, un joven director de orquesta llamado Robert Craft se presentó en su casa de Hollywood. Stravinsky lo contrató como asistente personal. Craft tenía 25 años, era inteligente, obsesivo, y conocía a fondo la música de la Segunda Escuela de Viena: Schoenberg, Berg, Webern. Stravinsky, que hasta entonces había mirado con distancia el serialismo, se dejó seducir.
Craft se convirtió en su sombra. Lo acompañaba a todas partes, le traducía, le escribía los artículos, le preparaba los ensayos. Para muchos, Craft fue el verdadero autor de los libros que Stravinsky firmó en sus últimos años. El compositor nunca lo reconoció del todo, pero tampoco lo negó. Cuando alguien le preguntaba por qué de repente componía música serial, respondía: «Porque Robert me lo sugirió». No era ironía.
En 1951 estrenó La carrera del libertino, su última obra neoclásica. Una ópera en inglés, con libreto de Auden y Kallman, basada en los grabados de Hogarth. La crítica la recibió con respeto, pero el público seguía pidiendo La consagración... Stravinsky no se molestó. Ya había cambiado de rumbo.
En 1954 compuso In Memoriam Dylan Thomas, su primera pieza totalmente serial. El poeta galés había muerto el año anterior, borracho, en Nueva York. Stravinsky había planeado una ópera con él. El proyecto quedó truncado. La elegía dura apenas cuatro minutos. Es seca, angular, sin concesiones, señalan los críticos.
En 1962, a los 80 años, Stravinsky regresó a Rusia. Aunque sus obras habían estado prohibidas, Jrushchov invitó al viejo compositor a dirigir seis conciertos en Moscú y Leningrado.
Stravinsky aceptó. En la Unión Soviética lo trataron como a un héroe. Se reunió con Shostakovich, con Khachaturian, con el propio Jrushchov. Paseó por San Petersburgo, que entonces se llamaba Leningrado. Vio la casa donde había nacido, el conservatorio donde había estudiado. No derramó una lágrima. Cuando le preguntaron si extrañaba Rusia, respondió: «Extraño a los que se fueron». No volvió a pisar suelo ruso.
Sus últimos años fueron una larga despedida. La policitemia, una enfermedad de la sangre, lo debilita. Las úlceras estomacales lo obligan a hospitalizaciones frecuentes. En 1967, Craft canceló todos los conciertos que requirieran que Stravinsky viajara en avión. En mayo de ese año dirigió por última vez en Toronto.
En 1969, Stravinsky y Vera se mudaron a Nueva York. Alquilaron un apartamento en Essex House, frente a Central Park. Craft se instaló con ellos. El compositor ya no componía. Pasaba las horas mirando por la ventana o escuchando grabaciones de sus propias obras. A veces pedía que le pusieran La consagración... No hacía comentarios.
El 4 de abril de 1971, el edema pulmonar reapareció. Stravinsky dejó de comer y beber. Dos días después, a las 5:20 de la mañana, murió. La causa oficial fue insuficiencia cardíaca.
Su funeral fue veneciano, como él lo había pedido. El cuerpo fue trasladado en góndola hasta el cementerio de San Michele. Lo enterraron a pocos metros de la tumba de Diaghilev, el hombre que lo había lanzado a la fama 61 años antes. En la ceremonia sonaron sus Requiem Canticles, la última obra importante que había escrito.
La revista Time lo incluyó entre las cien personas más influyentes del siglo XX. Philip Glass, que entonces era un joven compositor minimalista, escribió: «Dirigía con una energía y una viveza que transmitían perfectamente cada una de sus intenciones musicales. Era Stravinsky, un revolucionario musical cuya evolución nunca se detuvo».
No se detuvo, en efecto. Pasó del folclore ruso al neoclasicismo, y del neoclasicismo al serialismo. A los 70 años aprendió una técnica que sus contemporáneos consideraban cerebral y fría. La hizo suya. Cuando le preguntaron por qué seguía cambiando, contestó: «Porque es la única manera de no aburrirse».
Esa es quizá su verdadera herencia: no un estilo, sino una actitud. La convicción de que un compositor puede reinventarse las veces que quiera, sin pedirle permiso a nadie.











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