ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Ortelio González Martínez

El mar, que nunca pregunta por el petróleo ni los apagones, sigue entregando sus peces al norte de Ciego de Ávila. No en la cantidad requerida, pero no ha dejado de hacerlo. Los protagonistas son los trabajadores de la UEB Pesquera Industrial Bolivia, fieles a una cita que el calendario no olvida: la celebración, este 8 de abril, del Día del Trabajador de la Industria Pesquera.

Lo hacen con la mirada puesta en un horizonte que a veces se les niega por la falta de combustible, por esa corriente eléctrica que se ausenta sin aviso. Pero allá, donde el viento salado borra las excusas, han aprendido a remar contra la marea de las carencias.

Ese mismo horizonte, tan prometedor, y a veces esquivo, es el que señala Freddy Guillén Ravelo, patrón de La Márgara, cuando dice: «A veces nos vamos un poquito más allá». Levanta la mano y señala un punto impreciso en el horizonte. El más allá significa «ir a donde encuentre los peces»

Juan Ramón Ravelo, patrón del Río Cristal, y sus hombres llegaron a enmallar hasta 100 toneladas. Ahora, en marea baja, no llegan ni a la mitad de esa cifra.

Hace tiempo ya, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en encuentro con los gobernadores de provincia, reflexionaba sobre la necesidad de potenciar las reservas propias para producir alimentos y reducir importaciones.

Dagoberto Feris Franco, el timonel de la Unidad Empresarial de Base Pesca Bolivia, la mejor de su tipo en Ciego de Ávila, por sus resultados económico-productivos y por la eficiencia, afirma que cada pez capturado significa un aporte al autoabastecimiento municipal, a la población, a las dietas médicas, incluso, de otros municipios, comenta, en sintonía con el presidente de Cuba.

Algo que también coadyuva contra los grandes volúmenes de captura es que, por su posición geográfica, los pescadores de Bolivia viven en un encierro obligado, creado por la mano del hombre: laboran en la Bahía de Jigüey y parte de la de Los Perros, rodeados por el pedraplén Turiguanó-Cayo Coco al oeste, los cayos Coco y Romano al norte, el pedraplén Jigüey-Cayo Cruz al este, y la tierra firme al sur. «Es como si navegáramos en una palangana con agua», remarca Feris Franco.

Foto: Ortelio González Martínez

POCA DISTANCIA ENTRE EL MAR Y EL PLATO

Una mañana fría, con norte anunciado por el doctor José Rubiera, varias personas desafiaban la llovizna en la pescadería El Machuelo, junto al centro procesador. Allí, la cadena es ágil: el pescado llega rápido y se procesa sin demoras. «Cerramos el ciclo productivo —explica Feris Franco—. Del mar a la industria y al plato, sin el cruceteo insensato y absurdo que tanto hace gastar al país», como definiera el General de Ejército Raúl Castro Ruz, en 2007.

Fieles a esas y otras muchas razones, la UEB, en el primer trimestre cerró con la frente en alto, aunque el pulso no sea el que soñaron. Los planes hablaban de 31 toneladas de captura; la realidad respondió con 17. Un 55 por ciento de lo prometido.

La materia prima para elaborar la masa de croqueta, el picadillo, entre otros conformados, se quedó en 12 mil 791 toneladas, apenas un suspiro del 59 por ciento. Y de lo procesado, apenas 11 mil 118 toneladas de producción terminada, un 42 por ciento del horizonte soñado.

En la pescadería, el pescado fresco siguió llegando al pueblo, en menos cuantía, pero siguió llegando, al igual que pequeños volúmenes para los organismos, las dietas médicas y el consumo social. Por dentro, el comedor obrero sigue firme, prestando servicio, siendo rentable. Un milagro pequeño que sabe a victoria.

Los ingresos totales rozaron apenas la mitad de lo planeado: un millón 127 mil 450 pesos frente a los dos millones 159 mil 600 que esperaban. La utilidad apenas alcanzó los 11 mil 400 pesos. Una cifra pequeña, pero positiva.

Todo esto lo hicieron 71 trabajadores (los del mar y los de la industria). ¿La causa de los incumplimientos? La crisis energética. La electricidad llegó solo al 12 por ciento de lo necesario para producir hielo y mantener la cadena de frío. El combustible, apenas al 28 por ciento, pero, aun así, con lo poco, con lo mínimo, superaron el 50 por ciento de los resultados económicos-productivos. Como quien navega con un remo roto y así llega a puerto.

No es la abundancia de otros tiempos la que hoy define la jornada de estos hombres. Las cifras han menguado, lo saben. El combustible escasea, la corriente falla, y las redes vuelven muchas veces con menos peso del que el pescador quisiera. Pero en la UEB Pesquera Industrial Bolivia, medir el éxito por toneladas sería ignorar lo esencial: cada salida es un acto de resistencia, cada pescado que llega a tierra firme es una victoria contra la marea de las adversidades.

Trabajar sin lo necesario y aún así producir, remar cuando el motor no enciende, seguir creyendo en el horizonte que traerá buena marea, merece ser reconocido. No con grandes titulares ni discursos oficiales, sino con la mirada limpia de quien sabe que, en Bolivia, el verdadero premio no es lo que pescan, sino que todavía salgan a pescar.

En la antesala de su día, estos trabajadores del mar demuestran que, aunque sus barcos sean pequeños, su ejemplo es enorme. Un modo de hacer para exhibir y, sobre todo, para respetar.

LAS MANOS DE LOS MIL OFICIOS

Entre el olor a salmuera y el trajín de la industria pesquera, hay un hombre silencioso que no necesita alharacas para ser el centro de todo. Se llama Mario Daniel González Agüero. No es capitán de barco ni ostenta cargo alguno. Pero si algo se rompe, si algo falla, si algo deja de funcionar, todos lo buscan a él. Es el alma del establecimiento. Por su trabajo. Por su constancia. Por tener los pies bien plantados fuera del agua y hacer de todo.

Llegó a la pesca por obra del destino y del derrumbe de otra industria: la azucarera. Cuando el central azucarero paralizó sus máquinas, él, que era ayudante de pailería, tuvo que buscar nuevos horizontes. Y el mar lo recibió, primero como pescador de aguas adentro —ya no, porque los huesos le pasan factura— y de un tiempo acá como procesador en la sala de conformado, donde hacen croquetas, entre otras producciones. Allí se autotitula, con una mezcla de orgullo y picardía, «el Rey de la Croqueta». Pero el título se queda corto.

Porque él no se limita a su puesto. Él repara, inventa, improvisa, resuelve. «Si se rompe la planta de hielo, me buscan, porque sé algo de mecánica; si se rompe una puerta, la arreglo; si deja de funcionar la máquina de picadillo, la arreglo; si hay que poner una caja de bola, lo hago».

Y no es retórica. Hace un tiempo no había teflón, y entonces le fabricó los rodillos de madera a la máquina de picadillo. En la planta de hielo le ha cambiado un reductor, ha tenido que hacerlo mismo con las cajas de bola de dicho reductor, del raspador, porque el hielo, con la misma facilidad que se derrite, es capaz de acabar con los equipos.

Se ha batido con los motores de corriente. También cocina, «porque a eso también le sé». Y remata: «Todo lo que se mueva aquí yo lo reparo, incluso el ranchón, junto a otros compañeros».

Pero Mario Daniel también fue pescador. Y lo dice con la nostalgia de quien dejó en el mar un pedazo de su juventud. «Ya no podía peinarme de dolores en los huesos. No me rendí, porque seguí haciendo las cosas en tierra, pero el mar no perdona». Él pescó en un solo barco: el Río Cristal. Y cada vez que lo ve atracado en el puerto, siente ese nudo en el pecho que solo entienden los que han tirado redes al amanecer. «Siento nostalgia cuando lo veo», confiesa en voz baja.

Y defiende a su gremio con la pasión de quien sabe lo que sufre un pescador casi que artesanal. «La gente está equivocada —dice—. Piensan que el trabajo en los escameros que salen mar afuera es peor que el de nosotros. Y yo les digo que no es así, porque nosotros tiramos el paño y nos metemos horas con el agua al cuello, a la cintura, en tiempo de calor, de frío, como sea». Luego suelta una frase que resume toda una vida: «Me gusta más la pesca que el central».

Habla de sus compañeros con admiración. Menciona a los buenos de la unidad: Freddy, Jesusín, Pipo. Los tres que siempre están en la punta en la emulación. Los que madrugan más que el sol y regresan con las neveras llenas, a veces porque siempre no es así.

—¿Y en tiempos de tantas escaseces, ¿cómo ve la empresa, Mario Daniel?

—La veo bien, remando en las mismas aguas turbulentas que otras, luchando contra las escaseces. La gente empuja, ayuda, buscan soluciones a los problemas…

Él sabe de carencias más que nadie. Sabe de la electricidad que falta, del combustible que no alcanza, de las piezas que no llegan, de la caja de bola que no existe. Pero también sabe que mientras haya un tornillo que apretar, una máquina que rescatar o una croqueta que preparar, él estará allí. Y no estará solo.

Mario Daniel tiene sus teorías, nacidas de años de oficio y de una sabiduría que no viene de los libros sino del salitre y el sudor. Hay gente que piensa que el pesca’o está ahí, en un cubo de agua.  «No, no. Al pesca’o hay que cogerlo. Está debajo del mar. Él no viene a ti y a veces hasta se esconde».

Y luego añade, casi en un susurro que parece una profecía: «Ahora, con las recientes lluvias, salió un poco y eso nos ayuda. Cuando llueve, el mar se hace menos salado y el peje sale». Esa es una de sus teorías.

Así es Mario Danielo, el Rey de la Croqueta, mecánico de emergencia, carpintero de ocasión, electricista a prueba de fallos, cocinero cuando toca, y antes pescador. Un hombre silencioso que no necesita discursos. Porque su voz está en cada reparación, en cada máquina que vuelve a andar, en cada croqueta que sale de su sala.

En tiempos de marea baja, cuando todo parece que está a punto de romperse, él sigue allí, con los pies en tierra firme y las manos hechas para remar contra la corriente.

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