ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ante el persistente déficit de combustible, la entidad tiene la misión de crear más hornos y extenderlos, en lo posible, al resto del país. Foto: Rafael Martínez Arias

Bayamo, Granma.–El taller de maquinado huele a aceite usado y a metal caliente. En medio del ruido intermitente de un torno que se resiste a morir, hay un hombre de manos callosas y mirada serena que ha visto pasar cuatro décadas entre virutas de hierro. Se llama Pablo Martí Zamora. Tiene 68 años y lleva 40 trabajando en esta  instalación, cual memoria viva de la Planta 26 de Julio.

«Yo aquí hago de todo: preparo los jauser de los carros, las llantas, los  trabajos más pesados y difíciles», cuenta, mientras ajusta una pieza en el torno soviético de gran potencia. Es un hombre que peina canas y de tono pausado, pero cuando habla, todos lo escuchan porque lo identifican con la experiencia.

Aprendió el oficio de tornería, máquina y herramienta en la década de los 80, en Alemania. Fueron siete años de formación en el extranjero, en los que absorbió conocimientos, que luego volcó en la Empresa y que lo han hecho uno de esos operarios imprescindibles, al que la directiva busca cuando el torno se niega a arrancar, y cuando una pieza no se consigue en ningún lado y hay que fabricarla desde cero.

«La dirección de la empresa me fue a buscar porque esta máquina casi nunca se arranca desde que me jubilé», dice con una sonrisa pícara, señalando el torno que ahora maneja con la confianza de quien conoce cada engranaje, cada punto débil, cada truco para hacerlo funcionar.

Tras recuperarse de una operación, Pedro se reincorporó al trabajo: «Volví  porque la vida está muy dura y esto es lo que uno aprendió y lo que sé hacer».

En la Planta 26 de Julio, en la que escasean las materias primas y el combustible, y la fundición de hierro duerme un sueño profundo, hombres como Pablo sostienen la producción con sus manos, ellos son quienes fabrican la pieza que no se puede comprar y quienes mantienen viva la industria, cuando la teoría dice que ya debería estar muerta.

OBJETO SOCIAL EN PAUSA
La Empresa de Servicios Técnicos Especializados de Granma, perteneciente al grupo Gelma, es la encargada de brindar servicios de reparación, mantenimiento y montaje de equipamiento agrícola al sector agropecuario. Para el presente año enfrenta un plan de producción fijado en 27,9 millones de pesos. Pese a las crecientes dificultades, enero y febrero transcurrieron con sobrecumplimiento de los indicadores. Sin embargo, marzo devino un mes de depresión de materias primas, una situación que refleja el complejo contexto del país y que ha golpeado, con particular intensidad, al sector industrial agropecuario.

La principal limitación –explica Raúl Rubán Rodríguez, su director– es la carencia absoluta de combustible, a la que se suma el déficit crítico de oxígeno y acetileno, vitales para los procesos de corte y soldadura. En marzo, cuando llegamos hasta allí, apenas habían recibido una unidad de cada uno, destinadas exclusivamente a las inversiones priorizadas del programa arrocero. El oxígeno se ha desviado en su totalidad para el sector de la Salud por su uso medicinal, una prioridad ineludible que limita severamente la capacidad operativa de los talleres.

La estructura productiva de la empresa se organiza en torno a disímiles servicios distribuidos en varias líneas: pailería, fundición, maquinado, brigadas de montaje y servicios técnicos especializados. En el taller T-23 funciona, además, una línea de reparación de tractores e implementos agrícolas, y una brigada de enrollado de motores que permanece inactiva desde el año pasado por falta de materias primas esenciales.

LA ALQUIMIA DE LO DESECHABLE
A pesar de las limitaciones, la empresa mantiene activos varios proyectos estratégicos. En el marco del programa Cuba-Vietnam, una brigada de montaje trabaja en el diseño de las tecnologías que se van a arrendar a los técnicos y a especialistas de la nación indochina, como parte del convenio de producción de arroz entre ambos países.

Actualmente, la entidad labora en el montaje de una tolva de recepción del secadero de la comunidad José Martí, de Yara, y en la construcción de los hornos de cascarilla de Bartolomé Masó y Jucarito, para su posterior montaje de cara a la próxima cosecha.

Como parte de la recuperación de los daños causados por el huracán Melissa, en Cauto La Yaya, Jiguaní, accionan en la estación de bombeo La Vuelta, en tanto la brigada de montaje está imbuida en la estación de bombeo de frutales, instalando 1,8 kilómetros de tubería maestra, que desde el río y mediante ramales, beneficiará a productores de la comunidad Las Mangas, en Bayamo.

En un país en el cual la seguridad alimentaria es un asunto de Estado, el rol de esta entidad trasciende las cifras: es la retaguardia de una agricultura, que aprende a moverse con lo mínimo. Frente a la imposibilidad de operar todo el mes bajo su objeto social tradicional, la dirección y los trabajadores se han lanzado a una suerte de alquimia industrial: si no hay materia prima convencional, se busca lo desechable y se transforma.
«Del material desechable hemos impulsado un grupo importante de producciones que llevan un impacto directo a la población», detalla Rubán Rodríguez.

Las hornillas de carbón, fabricadas con las «balas» de gas licuado dadas de baja por Cupet, se han convertido en uno de los productos estrella. Han fabricado más de 44 hornos grandes «criollos» y ahora sueñan con adquirir mil balas pequeñas en Santiago de Cuba, para multiplicar la producción.
Pero, probablemente, el mayor logro de esta reinvención ha sido la producción de secaderos de arroz a partir de materiales desechables.

La empresa desarrolla, actualmente, hornos que funcionan con un combustible alternativo: la propia cáscara del grano. El montaje del primer prototipo tuvo lugar en la comunidad de Cayamas, en Río Cauto, a la Empresa Agroindustrial de Granos Fernando Echenique, y ya lleva 15 meses trabajando, ahorrándole más de cinco millones de pesos en combustible al país en función del secado de arroz.

Este horno de biomasa, diseñado y montado por los trabajadores de la Empresa de Talleres Agropecuarios Granma, fue construido con materiales reciclados, optimizando los recursos locales.

La tecnología elimina la dependencia del petróleo en un proceso que antes consumía 21 litros de diésel por tonelada de arroz seco, y permite procesar 140 toneladas diarias, asegurando la producción ante la crisis energética, a lo cual se suma el impacto ambiental, al funcionar a partir del propio desecho de la cáscara de arroz.

«Este es nuestro ‘Frankenstein’», explica jocosamente Carlos García Betancourt, ingeniero metalúrgico y director de Ingeniería y Desarrollo, para definir la sumatoria de piezas en desuso que intervinieron en la conformación, mientras señala al fondo un horno en construcción.

«Desarmamos y agrupamos equipamientos que estaban en los complejos agroindustriales azucareros, y de ahí rediseñamos y ensamblamos. El resultado es un sistema que ha permitido a los productores secar arroz, de forma continua, todo el año», afirma García Betancourt.

Otras producciones propias de la entidad incluyen hornillas con cenicero, bisagras, llantas para vagón y piezas de fundición para cosechadoras. El director subraya que la empresa ha tenido que reinventarse para sostener la producción, sustituyendo, por ejemplo, el corte con soplete por discos de corte con pulidora ante la escasez de gases.

UNA JOYA INDUSTRIAL EN RIESGO
El recorrido por la planta es también un viaje a la historia industrial de la provincia. Frente al área paralizada de fundición, la memoria emerge. Aquí se construyeron molinos a viento, piezas para cosechadoras, y la tecnología que hoy seca el arroz en Echenique.

Con un plan anual que ronda los 27,9 millones de pesos, esta empresa ha decidido no rendirse y convertir el taller en un mercado de alternativas, en lo que mucho podría aportar toda aquella materia prima que desde lo local y desde lo nacional pudiera suministrársele.

La  Empresa de Talleres Agropecuarios Granma sigue en pie, no porque las condiciones sean las ideales, sino porque sus 116 trabajadores –torneros, soldadores, e ingenieros como Carlos García Betancourt– han entendido que, en tiempos de crisis, la industria se salva con ingenio, con la disciplina de abrir la puerta cada mañana y con la certeza de que, mientras haya un torno girando, hay futuro.

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