ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Se conocen desde 2018, pero comenzaron a trabajar juntos en esta propuesta en 2023. Foto: cortesía de los entrevistados

Lo primero que puede esperar el público es que hagamos el ridículo, dijo sin tapujos el instrumentista cubano Christopher Simpson al preguntarle qué podían esperar los asistentes, días antes de su presentación con el laudista Eduardo Corcho, en el Centro de Promoción Latinoamericano y en el Centro Cultural La Luna Naranja, en la central ciudad de Santa Clara, como parte de la edición 41 del Festival Internacional Jazz Plaza.

La música es la pasión de sus vidas, y como tal la tratan con rigor, disciplina, alegría y desenfado. Sus más recientes presentaciones fueron bautizadas como Desconcierto; el juego de palabras le viene como anillo al dedo a sus propias personalidades, que integran en escena a sus personajes.

En La Luna Naranja tocaron vestidos, en un día invernal, con camisas de verano estampadas, acompañados del violinista belga Stefaan De Rycke. La promoción del evento en redes incluía un video donde Corcho abandonaba a Christopher en la carretera, cuando emprendían el viaje hacia esa provincia. Mientras el primero presumía del descanso en la habitación, el segundo buscaba alternativas ingeniosas para llegar a su destino: «Pony, caballo, bicicleta, cocotaxi o aeroplano», musicalizó.

«El Desconcierto que hacemos es algo divertido y tiene mucho de performance, momentáneo y espontáneo. También con nuestro carácter y nuestra conexión con la gente», se sincera Corcho, quien ha experimentado con diversos géneros musicales, desde que el laúd entró a su vida.

Se conocen desde 2018, pero comenzaron a trabajar juntos en esta propuesta en 2023. Aunque se desenvuelven en otros instrumentos, decidieron apostar por lo innovador, lo inesperado: laúd y violín, no más, no menos.

«Decimos que es una propuesta gourmet, como en los restaurantes. Gourmet al acceso de todos los públicos. Pequeña, con elegancia, clase y sabrosura», bromea, a su vez, Christopher. «Queremos llevar esa música de conciertos que puede tener un estereotipo quizá elitista, y hacerla asequible para quienes consuman cualquier género».

«No somos un dúo», aclaran. Son dos individuos que se juntaron para crear una apasionante locura musical.

Locura. Ese sustantivo los define bien. Una locura controlada, como las explosiones en un laboratorio. Con ellos no funciona una entrevista rígida. Es necesario fluir, dejarse llevar por sus divagaciones anecdóticas, y leer entre las líneas.

Conversar con Simpson y Corcho es comprobar que, en los siguientes tres minutos, dirán algún comentario divertido que te sacará unas risas, si estás en sintonía con su particular sentido del humor. Como define el propio Christopher, puede que, en una conversación seria, suelten un «chícharo».

«Si yo fuera una nota musical, sería un Si sostenido», afirma Simpson. (El Si sostenido no existe armónicamente)

Eduardo Corcho parece el más reservado, pero no hay que dejarse engañar. Está tan cuerdo como Simpson, y es precisamente esa cualidad la que fortalece esa química, ese desdoble apreciable en sus espectáculos, y fuera de ellos. «En el mundo musical es muy difícil que una persona te siga la rima sin bajarse de nivel».

–¿Quiénes son Christopher Simpson y Eduardo Corcho?

–Soy yo –sonríe pícaramente el primero–. Si vamos a hablar de Christopher Simpson en tercera persona, tenemos que hablar de un personaje, porque creo que casi todos los artistas tienen uno. No en un sentido peyorativo, sino desde la actitud. Cuando uno sube al escenario e interactúa con las personas, asume una postura de líder de opinión, aclara con un tono más reflexivo.

«Christopher como personaje no dista mucho de quien soy. Es todo lo que soy, desatado, detrás del amparo de un artista libre, que con ciertas cosas no está sujeto a regulaciones».

Eduardo Corcho es más breve en su respuesta: «Soy quien busca que el laúd sea conocido por niños como yo; es el mejor legado que puedo tener. Deseo que en el futuro las escuelas cubanas y del mundo aprecien este instrumento. Hasta que no lo toqué y me metí completamente en ese mundo, no aprecié la belleza del punto cubano y de toda la tradición que tenemos. Es mi vía para tocar la música que deseo».

Sobre la cancionística cubana, explica que las personas asimilan de una manera diferente esas canciones cuando las escuchan «a través de jóvenes con instrumentos raros».

–¿Qué puede esperar el público de ustedes?

–Utilizamos la desfachatez como una herramienta narrativa dentro de nuestra dramaturgia en escena, y eso saca a las personas de su zona de confort de vez en cuando. A veces llegan esperando algo más formal, y los desconcertamos, explica Christopher, aunque no debe decirlo para evidenciar que ese es su objetivo desde el inicio.

«No pretendemos alardear de nuestras habilidades, sino pasar un rato agradable con las personas. La dinámica los hace sentir más cómplices en ocasiones, libres de hacer intervenciones, y es algo que nos ha funcionado muchísimo», añade el violinista.

Sobre el repertorio, está conformado por obras de la cancionística cubana y latinoamericana, algo que defienden a capa y espada. Es la base de su trabajo, que versionan luego con música anglosajona y composiciones originales. Muchas veces, su camino se abre paso hacia el antishow.

«No hay un repertorio estructurado, sino aleatorio. Tenemos un background grande de música y, a veces, algunas piezas ni siquiera las ensayamos antes. Sabemos cómo suena una canción y hacemos un arreglo en tiempo real. Es una forma de hacer jazz, de improvisar la canción», confirma Christopher. Quienes siguen sus presentaciones lo sospechan desde hace tiempo.

«Damos espacio a las conversaciones entre instrumentos, al diálogo musical que pueda surgir dentro de la propia canción», añade, y recuerda el parecido de este estilo de presentaciones con las del reconocido pianista cubano Nachito Herrera, y con la agrupación La Barbarie Semiótica, con quienes ha tocado anteriormente.

Sus shows dan fe de sus palabras. Rompen la cuarta pared, se interrumpen, conversan con el público, ríen, tocan desplazándose cómicamente por el escenario, y transforman el concepto de las presentaciones instrumentales.

«A veces nos encontramos con personas a las que eso no les gusta, pero, ¿sabes qué?, no nos importa», sentencia Simpson, con el aire despreocupado de quien ve la vida flexible y caricaturesca.

A un paraje desierto con solo tres artistas para escuchar, Simpson se llevaría al grupo Havana D´Primera, a la banda británica Queen y al compositor Bach, a quienes califica «de los más duros» de la música. Corcho tiene tatuado un laúd y la mujer de su vida debe tener claro que ese instrumento es su soporte y su más grande amor.

Para Christopher hacer algo con una calidad que considere inferior es un gran NO, y lo mismo sucede con las trabas. «La creatividad no puede ser frenada. Es una expresión genuina de mi ser». Algo similar acontece con su compañero de trabajo, y casi hermano, quien se propone contradecir la frase «No puedes tocar eso con un laúd». 

Tras dos horas de conversación, supe que Eduardo Corcho es el autor intelectual de tantísimas ocurrencias en este no-dúo; que Christopher Simpson no siente un atisbo de vergüenza al tocar las puertas necesarias para abrirse paso en la industria musical, y que juntos su dinámica es ordenadamente caótica, increíblemente divertida y, efectivamente, un completo antishow.

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