Hubo una vez un país que decidió que la ignorancia no podía seguir siendo la condena de muchos. Y en un año de relámpagos y caña, Fidel encendió la mecha de aquella hazaña que llamamos Campaña de Alfabetización. Con una bandera, un farol y un manual, más de cien mil jóvenes se fueron al monte y al barrio a enseñar el abecedario. Fue la epopeya que nos alfabetizó y nos puso, de paso, en el mapa de la dignidad cultural.
Hoy, a más de sesenta años de aquella victoria, se hace necesaria otra cruzada de conocimiento. Ya no se trata de la imposibilidad de leer un cartel o firmar con el nombre. Ahora se disfraza de pantalla oscura, de menú que no se sabe navegar, de trámite que exige un clic pero hay quien no sabe dónde. El analfabetismo moderno es digital: te deja fuera del banco virtual, te convierte en extranjero en tu propio país conectado, te excluye del derecho más elemental de esta era: el derecho a entender y usar la tecnología.
Cuba no parte de cero. Aquí por suerte tenemos otra genialidad de Fidel, los Joven Club, además de las universidades y una de las infraestructuras educativas más robustas de la región. Pero la brecha no es solo tecnológica: es generacional, económica, territorial. No todos tienen un teléfono inteligente; no todos saben distinguir entre una noticia veraz y una patraña que rueda por WhatsApp. Y en ese desbalance, la exclusión se filtra como agua sucia.
El problema no es solo de acceso. El mundo digital no es un jardín neutro: está lleno de trampas. Mientras muchos cubanos dan sus primeros pasos en ese universo, otros –dentro y fuera de la Isla– han hecho de la red un campo minado. Las estafas virtuales proliferan: ofertas falsas de empleo que terminan en vaciamiento de cuentas, sorteos apócrifos que roban datos personales, «amigos» que escriben desde perfiles suplantados para pedir dinero con una historia inventada. Quien no conoce las reglas básicas de la ciberseguridad se convierte en víctima fácil.
Más grave aún: la manipulación. Las mismas redes que nos acercan a familiares lejanos se han convertido en arietes de la guerra híbrida. Campañas de desinformación disfrazadas de periodismo independiente, cuentas automatizadas que multiplican el odio, algoritmos que premian lo estridente sobre lo razonable. En ese ecosistema, la mentira viaja más rápido que la verdad.
Por eso no es un lujo, sino una urgencia, pensar en una campaña de alfabetización 2.0. Una campaña integral, que no solo enseñe a prender un equipo o descargar una aplicación, sino que forme en ciberseguridad, en pensamiento crítico, en ética digital. Que eduque para detectar un fraude antes de hacer clic, para contrastar una noticia antes de compartirla, para proteger los datos propios y respetar los ajenos.
Sin embargo, no puede ser solo un remedio de urgencia para adultos; tiene que ser también una columna vertebral desde las aulas. Porque hoy los niños y niñas nacen rodeados de pantallas. Muchos llegan a la primaria con un teléfono en la mano, pero sin la menor orientación sobre cómo usarlo con sentido. Ahí está el desafío: adecuar los programas de estudio de Informática desde la enseñanza primaria hasta el preuniversitario. No se trata de dar clases descontextualizadas, sino de construir una educación digital progresiva que enseñe a investigar, a crear, a discernir entre lo verdadero y lo falso, a proteger la intimidad propia y a respetar la ajena. Escuela, familia y entorno social deben asumir ese rol con prioridad, para que no formemos generaciones que sepan hacer de todo con un celular, menos pensar críticamente frente a su pantalla. Y eso, en los tiempos que corren, es casi tan grave como no saber leer.
La Revolución entendió hace seis décadas que sin cultura no hay libertad posible. Hoy, ese concepto debe ampliarse también al entorno digital. Si fuimos capaces de declarar a Cuba territorio libre de analfabetismo en 1961, tenemos también la inteligencia colectiva –y la voluntad política– para que ningún cubano quede atrás en este nuevo universo de bits. Porque alfabetizar digitalmente es también defender la soberanía tecnológica, y esa es una trinchera inaplazable.
Alfabetizar no era solo enseñar a leer la palabra. Era enseñar a leer el mundo. Ahora el mundo cabe en una pantalla, y también la trampa, la manipulación y la exclusión. Y hay que enseñar también a leerla con ojos críticos, con manos seguras y con el corazón puesto en la defensa de lo nuestro. Esa es la campaña pendiente y una victoria por conquistar.













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