ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La firmeza de su semblante se correspondió con la mayor elección de su vida. Foto: Archivo de Granma

Cuando Gerardo Machado «se fue a bolina», en 1933, según cantó Noel Nicola, el pueblo logró una gran victoria, pero resultaría insostenible sin una fuerza objetiva para mantenerlo en pie de lucha.

Tras un periodo de inestabilidad política, durante el cual los presidentes cambiaban como prendas de vestuario, se instauró el Gobierno de los Cien Días. Allí, un hombre plasmó uno de los más admirables ejemplos de valentía y honestidad, pues intentó imponer la voluntad popular por encima del tutelaje neocolonial.

Antonio Guiteras Holmes asumió el cargo de secretario de Gobernación, en una administración marcada por los más diversos matices, presidida por el futuro auténtico Ramón Grau San Martín y con la presencia de un poco conocido Fulgencio Batista, en quien el revolucionario vislumbró la terrible amenaza que desataría sobre la Isla poco menos de dos décadas más tarde.   

Pese a las dificultades, aquel joven tomó osadas medidas como el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas y del jornal mínimo, la reducción de la tarifa eléctrica y del precio de artículos de primera necesidad, la proclamación de la autonomía universitaria y la convocatoria para una Asamblea Constituyente.

Ese accionar resultó el corolario de una vida entregada por completo a la causa de la libertad de su país. En 1932 ya había fundado la Unión Revolucionaria y, dos años más tarde, TNT, antecesora de su organización más conocida, Joven Cuba.

Sin medias tintas, proclamó los objetivos de desatar una insurrección armada mediante la acción guerrillera en los campos, complementada con la clandestinidad en las ciudades, y culminada en una huelga general.

Entonces no pudo cumplir la faena, retomada hasta el triunfo por el Movimiento 26 de Julio después. Pero, en esa suma de constantes aprendizajes llamada historia, el aporte de Tony Guiteras fue varios pasos adelante hacia el amanecer de la gloria.

Él estaba consciente del peligro para su propia vida que representaba su elección; y, por eso, las conspiraciones entre la Embajada estadounidense y los altos mandos del Ejército cubano derrocaron el Gobierno que representaba y apuntaron su nombre en la lista de quienes necesitaban eliminar.

Lo persiguieron hasta El Morrillo, en Matanzas, donde lo esperaron las balas, acompañado de otro gran luchador continental, el venezolano Carlos Aponte Hernández. Ni la muerte pudo borrar aquella firmeza en la mirada de quien decidió darlo todo por el pueblo, aunque debiera pelear solo contra todas las fieras.

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