En el enero último, en plena Marcha de las Antorchas, un colega y yo debíamos hacer y enviar algunas entrevistas para nuestros medios. Podría pensarse que no era tan difícil realizar las preguntas, pero dada la multitud –y las prisas– no sabíamos por dónde empezar. Hoy, todavía me ronda la frase que él me dijo: «¡Compadre, un periodista con miedo, esto es el colmo!».
En ese instante no reparé mucho en sus palabras, pero con el paso de los días volvieron a mí. Y con ellas, la pregunta que me han hecho hasta el cansancio profesores, compañeros, amigos y familiares: ¿por qué elegiste el Periodismo?
Sobran respuestas posibles: «mis padres son periodistas»; «me gusta escribir»; «me encantaría ser presentador en la televisión»; «quiero dar voz a quienes no la tienen»… En el aula, cuando me tocaba contestar, yo solo decía: «no lo sé». En el mejor de los casos, si la voz no me fallaba, aludía a que nunca pretendí estudiar la carrera, que había llegado a ella por cosas del destino.
La práctica, sin embargo, me enseñó los encantos de la profesión. También me mostró que es común sentirse agobiado por los miedos, tantos como razones para estudiar la carrera: ¿seré suficiente?, ¿podré escribir ese trabajo?, ¿y si cometo algún error?, ¿tendré algo que decir?
Más allá de los cuestionamientos internos, vienen otras inseguridades que involucran a terceros: ¿debería hacer esta u otra pregunta?; ¿seré demasiado indiscreto?; ¿qué impresión se llevó el entrevistado de mí?; ¿le gustará el texto que escribí?...
Me he preguntado mil veces si este camino ha valido la pena. En ocasiones no sé qué pensar, pero estoy seguro de que la misma duda la tienen quienes, como yo, estudian y trabajan al mismo tiempo –tan solo en la Universidad de la Habana, el 94 % de la matrícula de Periodismo combina ambas responsabilidades–.
A veces la respuesta llega a mí después de un largo día de trabajo, de esos en los que la mente no da para más, y reconozco que vale el sacrificio. Al final de la jornada, pienso en mis padres, en los amigos de verdad, en las páginas de un libro… y en todos los que, como yo, deben jugar con el tiempo para que todo cuadre.
Después de todo, la frase de mi amigo no fue tan descabellada: el miedo es un sentimiento tan válido en esta como en otra profesión. Es una licencia que nos debemos permitir, porque nos motiva a volver sobre nuestros actos, para analizarlos y ser mejores personas.
Lo único imperdonable es que alguien nos corte las alas o nos haga sentir de menos. Para combatir las dudas, solo recomiendo pensar en si se aprendió algo en el día. Si la respuesta es afirmativa, entonces habrá valido la pena. Y ese aprendizaje, aunque nazca del miedo, es una prueba de que las cosas marchan bien.











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