
Es llamativo que José Martí, aunque priorizó el estudio y reflexión sobre relevantes acontecimientos y personalidades históricas del período de la Guerra de los Diez Años, ofrece pocas noticias sobre la ejecutoria de Antonio Maceo y el significado de la Protesta de Baraguá. Sin embargo, las dos escuetas referencias sobre el acto poseen un alcance histórico e historiográfico.
Al transitar por la zona de Baraguá en los inicios de la guerra de independencia, en su Diario de Campaña, evocó lo acontecido el 15 de marzo de 1878, a partir del testimonio de combatientes que fueron testigos presenciales: «Zefi dice que por ahí trajo el a Martínez Campos, cuando vino a su primera conferencia con Maceo: El hombre salió colorado como un tomate, y tan furioso que tiró el sombrero en el suelo, y me fue a esperar a media legua. “Andábamos cerca de Baraguá”»[1]. La referencia no rebasa lo anecdótico. No era el propósito de Martí emitir juicios sobre acontecimientos históricos distantes o cercanos en el tiempo, ni siquiera de lo ocurrido en aquellos días. Este elemento, característico del documento martiano, explica su parco tratamiento al trascendental acontecimiento. No debe perderse de vista que las anotaciones corresponden a los días posteriores a la entrevista en La Mejorana, donde se expresaron divergencias conceptuales entre los dos dirigentes.
De manera que la única valoración explícita de José Martí sobre la Protesta de Baraguá fue:
«No empiece por extrañar la letra ajena, porque mi compañero de trabajo es su amigo de Ud., Gonzalo de Quesada, Secretario hoy de nuestras labores y esperanza a ver si volvemos con la ayuda del país a rematar lo que Ud. comenzó con su valor incomparable...// Ardo en deseos de verlo. (...) Precisamente tengo ante los ojos La Protesta de Baraguá, que es de lo más glorioso de nuestra historia. Ud. sabrá algún día para que vive este amigo de Ud.»[2].
La cita corresponde a una carta enviada por Martí a Maceo, fechada el 25 de mayo de 1893, en días de intenso trabajo revolucionario. Desde el año anterior, Martí había logrado materializar uno de sus grandes metas políticas: la creación del Partido Revolucionario Cubano; y estaba convencido de que para llevar adelante la «guerra necesaria» era imprescindible contar con su ejercito revolucionario, por eso se introdujo en la «ordenación del elemento militar».
Bien sabía el Delegado la importancia de la participación en la contienda de un hombre como Maceo, cuya ausencia en el campo de batalla durante la Guerra Chiquita fue muy perjudicial, y que solo tres años atrás había ratificado el respeto, autoridad y consideración con que contaba en la Isla, a pesar de haber fracasado en el empeño conspirativo comúnmente conocido como La Paz de Manganeso; por eso se propuso el encuentro con el líder, y antes –de paso después de su encuentro con Gómez en 1892– visitó en Jamaica a la madre y esposa del líder de la Protesta de Baraguá.
En 1893, Martí consideró llegada «la hora suprema de la revolución»[3] . En dicha coyuntura era inaplazable la convocatoria a Maceo. En el inicio de la carta comentada, Martí se disculpó por escribir con letra ajena, lo cual hace suponer que entre los dos había existido –más de lo que se conoce– intercambio epistolar, lo cual permitía que Maceo conociera la caligrafía martiana. El Delegado había previsto su encuentro con Maceo en Costa Rica para el mes de abril, pero circunstancias adversas imposibilitaron su viaje: el levantamiento parcial y no autorizado promovido por los hermanos Sartorio en Purnio, Velazco y otras zonas de la región holguínera reclamaron la mayor atención e hicieron posponer el encuentro.
Fue en ese contexto que Martí escribió a Maceo reiterándole el deseo (necesidad) de verlo y es justamente cuando hace alusión laudatoria a la Protesta de Baraguá.
Según los compiladores del epistolario martiano Enrique Moreno Pla y Luis García Pascual la referencia es alusiva al escrito La Protesta de Baraguá [4] de Fernando Figueredo, participante en la histórica entrevista del 15 de marzo de 1878, algo muy posible si se tiene en cuenta el estrecho vínculo entre Martí y Figueredo, también es válido presumir que Martí no solo conoció el escrito sino que intercambió con el autor acerca de los pormenores, esencial para la comprensión cabal de su significado. Se puede pensar que Martí hizo referencia al original del escrito de Figueredo, que uno días después entre el 3 de junio y el 6 de octubre de 1893, divulgó el periódico Patria en la sección Episodios de la Revolución Cubana. [5]
Martí no fue profesionalmente un historiador ni un crítico historiográfico, pero no puede negarse la validez de sus valoraciones al respecto. [6] Esto se corrobora en su doble enjuiciamiento sobre la Protesta de Baraguá: la valoración de la significación histórica del hecho y la crítica historiográfica al tratamiento que le dio el combatiente–historiador Fernando Figueredo. Ambas cuestiones están estrechamente relacionadas, pues Martí pudo conocer y estudiar los hechos de la Guerra Grande porque así se lo propuso en función de acometer requerimientos históricos insoslayables, y gracias a ese pudo también conocer buena parte de lo que se escribía sobre esta gesta libertaria.

Desde los años de la Guerra Grande Martí se propuso estudiar la confrontación y extraer experiencias para acciones futuras. Así queda confirmado en una carta que dirigió en 1877 «al General», que ha sido publicada como enviada a Máximo Gómez, aunque, como advierte Luis Toledo, y ratifican los compiladores Moreno y García Pascual, bien pudo estar dirigida a Antonio Maceo u otro alto oficial, e incluso haberla concebido para varios oficiales del conflicto armado. Precisa su concepción de la Historia y sus propósitos: «Escribo un libro y necesito saber que cargos principales pueden hacerse a Céspedes, que razones pueden darse en su defensa –que puesto que escribo es para defender–. Las glorias no se deben enterrar sino sacar a la luz (...)» [7]. Es muy lógico suponer que esta primera carta dirigida presuntamente a Gómez fuera escrita antes de que ocurriera la Protesta de Baraguá, pues de lo contrario el Maestro probablemente se hubiera referido al hecho.
De modo que si bien Martí no expresó inmediatamente sus ideas acerca del Pacto del Zanjón y la actitud de Maceo en Baraguá, por haber seguido con detenimiento los acontecimientos de Cuba, estaba en condiciones de comprender que el término de la contienda con un pacto –que no contemplaba las cuestiones esenciales del problema cubano– no podía ni debía ser el fin de tan sostenido esfuerzo, aunque no lo hubiera expresado con palabras elocuentes, sino con una manifiesta decisión de trabajar por el reinicio de la acción revolucionaria, lo cual quedó demostrado con su ejecutoria y su protagonismo en la gestación e inicio del movimiento conocido como «Guerra Chiquita». En Cuba y en Nueva York desarrolló una labor encomiable, ratificó criterios formados y pudo corroborar la acertada postura de Maceo en Baraguá.
Tanto por su residencia en la Isla, como por su manifiesto interés de estudiar los hechos a fin de extraer lecciones para la acción futura, José Martí pudo enjuiciar la significación de la acción de Maceo en Baraguá, y, aunque no realizara menciones concretas al hecho, en sus reflexiones está contenida intrínsecamente esta valoración.
En su primer discurso ante los emigrados de Nueva York, la conocida Lectura de Steck Hall, del 24 de enero de 1880, dejó precisados sus conceptos entorno al fracaso de la Guerra de los diez años, «por que la tregua de febrero (estuvo motivada) por causas más individuales que generales (...) que a engaños y a celos se debieron, más que a cansancio y flojedad de los cubanos» [8].
Los acontecimientos le fueron ratificando que el término de la guerra, sobre bases claudicantes y sin ventaja alguna para el pueblo cubano, marcó un hecho negativo, y por tanto le permitió calibrar la magnitud de la postura maceísta en Baraguá.
Teniendo en cuenta estos antecedentes no resulta sorprendente que Martí –del que no se tienen referencias anteriores sobre Maceo– en la primera carta que le enviara al líder de Baraguá, expresara su aprecio en términos elogiosos hacia el General: «No conozco, General Maceo, soldado más bravo ni cubano más tenaz que Ud., no comprendía yo que se tratase de hacer, como ahora trato y tratan tantos otros, obra alguna seria en las cosas de Cuba en que no figurase Ud. de la especial y prominente manera a que le den derechos sus merecimientos (...)» [9].
Para comprender el juicio martiano sobre el testimonio de Figueredo en relación con la Protesta de Baraguá, es preciso tener en cuenta que desde 1882 el Maestro había expuesto su criterio sobre la historia: «Historiar es juzgar y es fuerza para historiar estar por encima de los hombres, y no soldadear de un lado de la batalla (...) El que milita ardientemente en un bando político o en un bando filosófico, escribirá su libro de historia con la tinta de su bando» [10].
Como en toda su obra, también su concepción de la Historia tenía un profundo sentido político revolucionario, y así lo demuestran sus criterios históricos e historiográficos.
Martí sostuvo el principio enarbolado en la carta enviada a Gómez, en 1877, y al juzgar el pasado histórico cubano, aún cuando busque y reconozca los defectos y limitaciones de actos y personalidades, prefiere dejar a la Historia el juicio definitivo, lo que expresa en su conocido artículo Céspedes y Agramonte, luego de exponer virtudes y yerros de los próceres concluyó: «Vendrá la historia con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor aun quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya (...)» [11]. Atendiendo a esto, no resulta sorprendente su fuerte crítica al libro de Ramón Roa, A pie y descalzo, cuya publicación consideró inoportuna, mientras al publicar Manuel de la Cruz sus Episodios de la Revolución Cubana, con relatos patrióticos, menos objetivos que los de Roa, con el sentido optimista y alentador necesario, Martí felicitó al autor: «Es historia lo que Ud ha escrito y con pocas cortes, así para que valiese y perdurase, para que inspirase y fortaleciese, se debía escribir la historia» [12].
Por lo tanto, el juicio favorable de Martí acerca del testimonio de Figueredo se correspondía con sus criterios en torno al papel de la Historia, por eso también ponderó las conferencias de Figueredo, que se publicarían en 1902 en el libro La Revolución de Yara. Figueredo contaba con magnificas condiciones para redactar las conferencias pronunciadas en la emigración entre 1882–1885, pues había iniciado la contienda junto a Céspedes y estuvo en ella hasta la Protesta de Maceo en Baraguá. Según Martí le escribió al autor: «Me prometo publicarla en dos tomos y hacer una edición dedicada a la revolución que propagamos; quiero formar el alma del nuevo ejercito al calor de las enseñanzas del viejo. Uniré los dos libros para una correa y me esforzaré porque cada soldado lleve consigo esta obra con la misma fe que el creyente guarda la Biblia (...)» [13].
En definitiva, en la valoración martiana sobre la Protesta de Baraguá, se conjugaron su aprecio hacia uno de los hechos cimeros de la Historia de Cuba y uno de sus principales protagonistas, y el tratamiento historiográfico dado por uno de sus testigos.
Referencias bibliográficas:
[1] José Martí: Diario de Campaña de Cabo Haitiano a Dos Ríos, en Obras Completas (O.C.). Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1991, t. 19, pp. 229 – 230.
[2] José Martí: Carta a Antonio Maceo, 25 de mayo de 1893, O.C. t. 3, pp. 328 - 329.
[3] Cfr.: José Martí: Hora suprema, Patria, 14 de marzo de 1893, O.C., t. 2, pp. 249 – 250.
[4] Cfr: José Martí. Epistolario. Compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique Moreno Pla. Ed., Ciencias Sociales. La Habana, 1993, t. 3 p.361
[5] Así lo confirma la investigadora Damaris. Torres Elers en La Protesta de Baraguá en la historiografía cubana. Algunos apuntes necesarios (material inédito)
[6] Así lo confirman Julio Le Riverend: Martí en la historia, Martí historiador, en Anuario del Centro de Estudios Martianos (CEM), n. 8, 1985, Luis Toledo Sande: Pensamiento y combate en la concepción martiana de la historia, en Ideología y práctica en José Martí, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1983, O. Miranda: Cultura y Política en el Pensamiento Revolucionario Mariano, Editorial Academia, La Habana, 2002, L. Álvarez, M Varela y C. Palacio: Martí biógrafo. Facetas del discurso histórico martiano. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2007, M. López D: Martí: Crítica a historiadores y sus obras. Ed Historia La Habana, 2008
[7] José Martí: Carta a Máximo Gómez, 1977, O.C. t, 20, pp. 81-84
[8] José Martí: Lectura de Steck Hall, 24 de enero de 1880, O.C. t. 4, p. 197
[9] José Martí: Carta a Antonio Maceo, 20 de Julio de 1882, O.C t. 1, p. 172
[10] José Martí: Los Ancianos, O.C, t 14, pp. 399–400
[11] José Martí: Céspedes y Agramonte, 10 de octubre de 1888, O.C. , t. 4, p. 358
[12] José Martí: Carta a Manuel de la Cruz, 3 de junio de 1890, O.C., t 5, p. 179.
[13] José Martí: Carta a Fernando Figueredo, 25 de mayo de 1894, O.C., t 28, p. 434


















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