«Aún practico el judo, me formó como deportista y persona, me enseñó la disciplina, el respeto y levantarme cuando caiga. Cada día cumplo más de una sesión, mínimo dos: por la mañana, bien temprano, me gusta correr, nadar y realizar otro tipo de ejercicio físico; en la tarde entreno y de noche combato con muchachos jóvenes que me ayudan a moverme rápido y mantener los reflejos».
Cercano a los 70 años, Luis Torres Cobas sostiene esa impresionante rutina. Los tatamis cuentan casi toda su vida, pues durante más de cinco décadas ha plasmado en ellos sus huellas.
«Me inicié en 1969, a los 12 años, en mi natal Guantánamo. Mi hermano mayor lo practicaba y siempre lo acompañaba, pero al principio mis padres me lo prohibían por ser muy pequeño. Me sentaba en un banco a mirar, alrededor de dos horas, y así empecé a conocer.
«Los entrenadores Rafael Carrión, Lázaro Villarejo y Raúl Fernández resultaron muy importantes y siguen presentes en mí. Asistía a las clases de todos, por la mañana, la tarde y la noche. Hoy poseo muchísimos más profesores, en cada jornada se aprende».
Logró gran destaque en los Juegos Juveniles de 1975, celebrados en Santiago de Cuba, por las victorias en su división y en la competencia abierta, sin distinciones de peso.
Entre mayores disputó cinco veces el título nacional en 70, 71 y 78 kilogramos, más la libre, frente a grandes rivales como Santiago Pérez, Guillermo D'Nelson, Ricardo Lama y Juan Ferrer Lahera, subcampeón olímpico en Moscú-1980.
«Llegué a integrar la selección en torneos como el José Ramón Rodríguez, de alto nivel, debido a la presencia de los japoneses, franceses, alemanes, rusos, en una época muy técnica».
Actualmente reside en España, también brinda clases teóricas y prácticas de lucha sambo. En representación de ese país participó en su primer mundial máster de 2014 y concluyó segundo. Sumó dos cetros en los años siguientes y en el último de ellos subió de los 90 a los 100 kilos. Añadió bronce en 2018, con sede en Cancún, México.
«En 2019 recuperé la corona en Marrakech, Marruecos, gracias a un ippon en la final contra un canadiense. Volví en Cracovia, Polonia, en 2022, y vencí otra vez. Durante la posterior cita del orbe, en Abu Dhabi, me equivoqué en una acción y me contratacaron.
«Ya en 2024 decidí competir por Cuba, siempre soñaba darle mi medalla de oro. Lo conseguí en Las Vegas, Estados Unidos, lloré por la emoción más inmensa de un deportista. En 2025 repetí el triunfo en París, por la Isla, al derrotar por ippon a un británico favorito.
«En mi judogui aparecen ambas banderas, una a la derecha y la otra a la izquierda de mi pecho: la española, la madre patria, y mi cubana. Pero en la capital francesa el reglamento impedía mostrar las dos, entonces escogí la más bella».
Su constancia y sus resultados le valieron el otorgamiento del Premio Anual de la Confederación Panamericana de ese arte marcial, en la categoría de veteranos. «Significa mucho porque un reconocimiento nunca se gana solo, detrás hay un colectivo que me ayudó a obtenerlo, tanto en lo físico como en lo sicológico.
«También está el sacrificio de la familia, los amigos, el pueblo admirador, la Subcomisión de Historia del Judo, la Peña de Guanajay, el Club de Guantánamo, mis compañeros de allá, mis alumnos».
Jamás le ha dedicado un minuto a imaginar su despedida de los colchones. «Depende de mi salud, de dios, únicamente él me puede detener. Mientras me permita, pienso morirme en el tatami, esa es mi forma de vida».












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