Se cumplieron, este 11 de marzo, 25 años del fallecimiento de Rafaela Chacón Nardi; y hace apenas días, el 24 del pasado mes, la destacada poeta y educadora cubana habría cumplido sus cien años.
Aunque su radio de acción en la pedagogía cubana era ya ostensible en mis años de estudiante de Primaria, nunca la conocí; sin embargo, nos fueron tan cercanos a los niños de entonces sus versos, contemplados en los planes escolares, que no hubiera podido, en modo alguno, resultarnos distante.
Muchos recordarán, por la declamación propia o por la de sus compañeros, aquel poema que resultaba ineludible cada vez que alguna efeméride nos remitía a la Campaña de Alfabetización o a sus jóvenes mártires, y tanto en actos o matutinos retumbaban los versos de su Homenaje a Conrado y a Manuel, con aquel estribillo que decía Conrado, el joven negro / Manuel, el niño blanco, y en los que la visión de Rafaela describía a ambos maestros como de parejo valor y dura suerte (…) eternos como el fuego, / vivos, / invulnerables al odio y a la muerte.
Tenía Rafaela vocación de humanista. La poesía se le presentó a los siete años de edad, y desde entonces escribía versos. Educar y no dejar para sí las maravillas del entendimiento fue su otra pasión, por eso estudió magisterio y se licenció en Pedagogía, a la que le dio cauce asumiendo responsabilidades en el sector educacional del proceso revolucionario, ofreciendo seminarios, cursos televisados, e investigaciones.
Con el auspicio de la Unesco, realizó los Clubes de Promoción de Lectura, para favorecer a adolescentes ciegos y débiles visuales. Al abrigo de la institución, emprendió, durante diez años, un estudio sobre la expresión plástica de los niños cubanos.
Aunque cultivó el verso libre, Rafaela fue una excelente sonetista. Autora de títulos líricos tales como Viaje al sueño (elogiado por Gabriela Mistral), Del silencio y las voces y Coral del aire, en no pocas antologías figura su nombre firmando estas composiciones poéticas.
En la Antología del soneto hispanoamericano, selección y prólogo de Mirta Yáñez, de la Editorial Arte y Literatura, aparece Pequeño amor; Yo te conozco, amor, con selección y prólogo de Alberto Rocasolano y sello de la editorial José Martí recoge Amor que nace con palabra pura…; Muero de tu pequeña y viva muerte y Soneto por su voz, poema este que figura también en Poesía para ti, de la colección poesía de Pueblo y Educación, a la que pertenece también el título Cantar al amor, que también acoge sus poemas.
Pero hay uno titulado A mis huesos, en el que, además de aludir a un lamentable accidente que la dejó con cierta discapacidad para caminar, retrata su voluntad de mujer incansable: (…) Solícita la muerte, vigilante, / anduvo tras de mi hasta mi caída. / Me acompañó –solícita y amante– / En los amargos días y en la calma / del Hospital... Mas regresé a la vida / con terquedad de sol o agreste palma.
De mujer incansable, decimos, y valiente y resuelta, con un arrojo capaz de burlar obstáculos para seguir siendo, no desde el cómodo sillón o la sombra hogareña, sino desde la presencia social y en ella.
«Le importaba hacer, estar en movimiento», asegura un escritor que la conoció bien de cerca, y que fue su amigo, quien la pintó como «una finísima mulata criolla, no una hembra sensual; sino mulata lírica; ni fatal como Cecilia Valdés, ni como las estereotipadas por la danza y el ardor sexual. Finísima, de voz educada y movimientos nerviosos, pero a la vez elegantes, Rafaela era una dama, la perfecta dama criolla, orgullosa de su mestizaje».
De seres de esta estirpe está llena la historia de la cultura cubana. De mujeres sencillas, honorables y sensibles, sin dejar de ser rectas en el decir y el hacer. Pero es el momento de recordar a esa Rafaela nuestra, con «corazón de cielo» y letras de «palabra pura». Su vida y su entrega mucho lo merecen.











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