ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Como una fuente incesante, su versatilidad desborda esa cubanía profundaque la caracteriza. Foto: Yander Zamora

Cayo Hueso es uno de los barrios más pintorescos de La Habana. Allí nacieron, a mediados del siglo XX, Omara Portuondo y Eusebio Leal, el gran historiador de la ciudad, el más admirado por los eruditos, el más querido por la gente de pueblo.

De pronto, atravesando el Parque Trillo, vemos a Omara con su hermanita Haydée, llevando ambas la clave más sonora de un son. En otra foto, vemos a  las hijas de Esperanza y Bartolo, seres queridos y respetados por toda la barriada.  Pero vemos también al delgaducho joven, el hijo de Silvia Spengler, quien haría época en los estudios históricos de la Isla. Al atravesar los dos el Parque Trillo  –cada cual en su faena–  se forjó una amistad que venció al tiempo y al espacio de Omara y Eusebio.

La historia profesional de las niñas, como la de muchas otras, comenzó de forma espontánea, cuando, en la práctica de aquellas rumbas, al aire libre, o en los patios caseros, en los portales siempre tímidos de la calle Aramburu, encontraban su mejor expresión, su más legítima identidad.

Lo dijo Santiago Alfonso, fundamental bailarín y coreógrafo, nacido también en aquel barrio: la práctica de la rumba les permitió a Lina Ramírez, a Vilma Valle, entre otras, acceder al mundo del espectáculo después. Una rumbera no podía ser alguien de la aristocracia, o de la clase media siquiera. Eran las negras y las mulatas habaneras las que llenaban las expectativas de los directores y de los coreógrafos de aquellos tiempos.

La voz y la danza de Omara estaban marcadas por la gracia del duende, como definiera el poeta granadino, Federico García Lorca. Por esa razón, su expresión, tan original, en varias agrupaciones nacionales que antecedieron al famoso Cuarteto D’ Aida (Elena Burke, Moraima Secada, Haydée Portuondo y ella) auguraba el ingenioso talento que se forjó a lo largo de varias décadas.

«Su propia voz es ya una manera única de interpretar; Omara no es la Ella Fitzgerald cubana porque no le hizo falta. Omara es Omara», le oí decir al pianista Robertico Fonseca hace unos días antes.

Como una fuente incesante, su versatilidad desborda esa cubanía profunda que la caracteriza.

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