Que nadie acuda al cine pensando que Un trabajo en serio (Tomas Lilti, 2023) será otra de esas películas ambientadas en centros educacionales de las que han sentado cátedra en la pantalla europea del siglo gracias a sus abordajes de megatemas pletóricos de hondas resonancias filosóficas, éticas, políticas u ontológicas.
Al ver el filme –en cartel durante el 26 Festival de Cine Francés en Cuba–, no apreciaremos la parábola sobre los nuevos fascismos posibles urdida por la alemana La ola (Dennis Gansel, 2008), o los debates dialécticos de la gala La clase (Laurent Cantet, 2008), como tampoco el análisis de la noción de justicia dentro de las aulas en la injusta era de las redes sociales propuesto por la germana Sala de profesores (Ilker Catak, 2023).
De igual manera, no reviviremos planteamientos parecidos a la analogía entre el estudiante desaprobado y la nación en suspenso de la húngara El caso Abel Trem (Gábor Reiz, 2023), ni nos asombraremos con las acusaciones de índole sexual al niño de seis años de la noruega La tutoría (Halfdan Ullman Tondel, 2024).
Al apreciar Un trabajo en serio, trabaremos contacto con una película sin grandes picos dramáticos (solo habrá dos, y Lilti los despachará rápido, pues no es lo que le interesa); reposaremos la vista sobre un filme sin urgencia alguna por epatar; sino con el deseo de describir, en letras chiquitas –mas no por ello menos sinceras y admirativas–, el día a día profesoral en un instituto.
Lilti filma este microcosmos desde la inmersividad y el escaso distanciamiento, en el explícito deseo de transmitir el afecto que posee tanto por la profesión de marras como por esta variopinta fauna de docentes quienes, a su vez, son un reflejo a escala de la maravillosa diversidad humana, si bien en una versión muy noble.
Su película es cordial, afectiva, sana y, desde mi punto de vista, lo que más la lastra es el exceso de confianza del realizador en la inquebrantable integridad humana de su coralina galería de docentes. No hay uno, siquiera uno, con algún rasgo negativo, acaso un pequeño vicio, que mienta o desee a la profesora ajena.
Incluso en situaciones de quebrantamiento que dan lugar a una aislada acción reprochable (como la bofetada al alumno por parte de la profesora defendida por Louise Bourgoin), Lilti les tiende a sus virtuosos docentes una alfombra de comprensión justificativa (ella actúa así porque su hijo es un insolente desagradecido que la saca de las casillas). Claro, eso no le da derecho a la cachetada.
En este apacible claustro, todos se comprenden, se ayudan entre sí, se prestan sus casas, camas, playstations. Y habrá hasta algunos quienes, tras décadas de magisterio, seguirán haciéndose preguntas de principiantes, como las que se formula el personaje asumido por Francois Cluzet, que algunos espectadores llegaremos a creérnoslas, pues también nos las hacemos en nuestros oficios.
Le hubiese convenido bastante al largometraje –no importa su carácter coral– mayor desarrollo de los personajes; además de haber acentuado la relación afectiva entre los dos de, al parecer, más jerarquía dramática: los compuestos (de forma deliciosa y tan liviana como no puede darse tan bien sino en la pantalla francesa) por Vincent Lacoste y Adèle Exarchopoulos.
Lo mismo ambos actores, que el gran Franzoit Cluzet, que la referida Bourgoin u otros, constituyen el arma principal de la película. Ninguno levanta a lo que podría definirse como un personaje rico en texturas o capas morales, aunque, incluso así, tales intérpretes son capaces de apoderarse de esas figuras sin muchos mimbres que les entrega el guion, y engrandecerlas desde sus respectivas habilidades: la cadencia afable de Lacoste, los ojos sonrientes de la Exarchopoulos, la manera de contar un chiste de Cluzet, el modo como la Bourgoin se queda en blanco en el aula tras el incidente…











COMENTAR
Responder comentario