ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Raúl Ferrer, visto por Adán. Foto: Adán

Que nunca diga un maestro que las dificultades y escaseces impiden su trabajo. Que la carencia no sea jamás justificación para no hacer de cada clase la fiesta acrecentadora del espíritu que ella es. Quien así lo considere, debería repasar la historia y, dentro de ella, la del excepcional pedagogo Raúl Ferrer, nacido el 4 de mayo de 1915, hace ya 110 años.

Las profesiones tienen sus modelos, seres ejemplares que inspiran a quienes deben continuar la obra. Movidos por una fuerza arremolinada, se levantan, crean, hacen palidecer los estorbos, y fundan en los otros, o en su entorno, lo que para el contrariado pudo parecer absurdo. De esa estirpe fue Ferrer, el autor de Romance de la niña mala, en cuyos versos deja ver su alma bondadosa y justiciera, y entre líneas defiende el proceder de la pequeña «rebelde de alma», traviesa y mal vista, quién sabe por qué razones / por nosotros ignoradas.

Aunque ampliamente sabido, no está de más recordarlo. No debe un maestro cubano desaprovechar las tantas sentencias martianas para educar a sus alumnos en el amor al prójimo y a la patria; ni debe conformarse con un método inamovible para transmitir saberes. Debe, eso sí, estar atento al pesar de cada niño, y procurar aliviarlo; y debe también hacer que la música, el arte y la poesía hagan con ellos de las suyas, como las armas que son, en pos de la dicha.

Raúl Ferrer quiso ser médico, pero Machado había cerrado la Universidad y no pudo alcanzar su sueño. Fue entonces pedagogo. Graduado primero de maestro de Educación Física, y más tarde de Maestro Cívico Rural, llegaría en 1937 a la escuelita del central Narcisa, en la entonces provincia de Las Villas, donde dejaría profundas huellas.

Había mucho que hacer: lo primero, enseñar a todos los niños. Pero no todos tienen zapatos, y así no vendrían al aula. El maestro, autor del himno de la escuela, enseñará descalzo, y así nadie tendría vergüenza. Los zapatos se quedarían afuera, en la ceiba a la que le había dado un nombre, el del Padre de la Patria.

En el aula, un busto de Martí ocuparía el centro, y las claves del pensamiento del héroe serían motivos de adivinanzas, juegos y poemas. Entre todos harían un huerto, porque también «el niño ha de trabajar», y «la pluma debía manejarse por la tarde en las escuelas; pero por la mañana, la azada»; y porque «educar es preparar al hombre para la vida».

Era humilde la escuelita; pero cuánta riqueza, de la que no se ve sino en la conducta, sembraba en sus niños el maestro… Raúl había sido dirigente sindical, y fue apresado más de una vez por sus actividades conspirativas en contra de la realidad cubana.

La luz de la Revolución transformaría el escenario, y sería uno de los hacedores de la nueva era. Asumió importantes frentes en el Ministerio de Educación, y fue vicecoordinador nacional de la Campaña de Alfabetización. Después, nuevas responsabilidades demandarían de su talento; entre ellas, la de encabezar la Comisión Nacional de Promoción de la Lectura. Enrique Núñez Rodríguez, amigo de Raúl, sentenció una verdad tan grande como su existencia: «De su escuelita del central Narcisa salió hacia el aula inmensa de la patria». Que no falte en las aulas de hoy su admirable trascendencia.

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