ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Juvenal Balán

Saltó del seno de la madre al de la patria en la segunda hora (2;00 am), y un grito -primero del neonato- rasgó la madrugada de aquel viernes de Birán. Años después, se supo: muy pocas veces el acto de nacer tuvo más resonancia.

Conjeturan obreros, poetas, militares, si aquel 13 de agosto nació un niño o si la chispa de una extraña llamarada. Cartománticos, científicos, políticos, lo evocan respetuosos; desconcertados le odian agoreros –dicen que es él su maldición gitana–; los pueblos, el mundo de olvidados le agradece. Y se engrandece Cuba porque la isla es él.

Que no fue el llanto de un recién nacido lo escuchado mucho antes de que amaneciera en el agosto de hace casi un siglo, suponen literatos. Sospechan que fue la enunciación de un tiempo nuevo, raro, inesperado, augurio en clave de forjar la libertad y ampliarla, aunque en el camino de buscarla hubiera espinas.  

¿Tan precoz como en el acto de nacer pudo expresarse la entereza en aquel grito?, ¿asomaría tan prematura la inconformidad en él?, ¿lo necesariamente indócil abrevió su signo en ese parto?, ¿pudo el gemido de un alumbramiento anticipar el temple, lo virtuoso, lo humano en la raíz postrera de la rebeldía?

Corren las preguntas, aún después de los 97 agostos. Tengo un cumpleaños de Fidel, vamos a ver… antes del Moncada, en Cayo Confites, en conspiración para romper el yugo dictador en el país dominicano.

Tengo que, Fidel pasó en prisión un par de cumpleaños; dos en el exilio, y otros dos, fusil al hombro, rebelde en la manigua. Y fueron muchos más, rodeado unas veces por niños de una escuela o de la Colmenita, otras, acompañando a constructores, deportistas; siempre con el pueblo, principio y fin de su sudo y su pasión.

Fue el grito de aquella madrugada que aún parece mística, natural reacción del niño al mundo nuevo que le choca. Serían los otros, embestidas contra los molinos de la inequidad; arremetidas por los sueños de la humanidad.

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