ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

«Lo que sucede es que escribo y canto para conmover. La música y las canciones están hechas para eso, así como el arte en general». Así de precisa es la declaración de Joan Manuel Serrat, que confirma la razón de nuestra desazón ante quienes desdeñan semejante forma de abordar el contexto de la canción en nuestros días.

  A menudo somos testigos de una marea de intérpretes foráneos tan intrascendentes que carecen de un sello que los identifique individualmente. También podemos encontrarnos un concierto donde la clave del espectáculo radica en el encanto de la visualización desplegada por parte de una avanzada tecnología, como para encubrir las limitaciones profesionales del cantante.

Para valorar el gesto de lo que significa enfrentar un micrófono a puro pulmón, recordemos a alguien de la dimensión de Janis Joplin, quien, a medio siglo de su desaparición física, continúa asombrando a las nuevas generaciones. Por el hecho de que bebiera directamente en el legado de mitos del blues, como Bessie Smith y Big Mama Thornton, lejos de encasillarse en el género, adquiere una libertad expresiva que trasciende nuestro equilibrio emocional.

El clásico Summertime, de George Gershwin, puede ser una de las piezas que cuente con más versiones en la música contemporánea, pero al escuchar la grabación de Janis, acompañada por su grupo Big Brother and The Holding Company, caemos en el terreno de lo insólito. Es como si la sinceridad del canto nos permitiera descubrir el alma desgarrada de la intérprete, desde los oídos del corazón, pero a la vez desbordante de una agreste belleza.

Estamos ante la dramática personalización de lo cantado, al asumir las letras como sus propias vivencias. En el blues Ball and Chain, de la Thornton, es tal la entrega de Janis en su emotiva propuesta, que nos traslada una sensación de angustia, pero por la vida misma de la cantante. A personalidades del rango de Serrat, en temas como Romance de Curro el Palmo; la Joplin, en Summertime, o la versión de Elena Burke en Palabras, de Marta Valdés, demuestran que, cuando se paran frente a un micrófono, no les ha hecho falta, ningún recurso tecnológico adicional, porque la honestidad de su sentir, en ese momento supremo, complementa el alto nivel profesional que los distingue.

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