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Tiburón es un clásico eterno si se le compara con la avalancha que sobrevino después. Foto: TvCine

Hace 45 años, a partir del mes de junio, la película Tiburón empezó a desbordar los cines y a vaciar las playas.

No se había visto nada igual desde que Searle Dawley realizara en 1910, el  primer filme concebido a plena conciencia para infundir miedo. Producían los estudios Edison y estaba basado en el mito de Frankenstein, una historia de espeluznos aprovechada por los hombres para que sus damas acompañantes se les abrazaran irremediablemente.

Es cierto que las emociones fuertes no habían faltado desde entonces, representadas por  un ejército de fantasmas, monstruos de la Universal viviendo en lagunas negras, árboles moviéndose en el bosque, brujas, lechuzas habladoras, vampiros, hombres lobos, zombis,  caimanes gigantes y arañas carnívoras, pero lo de Tiburón resultó una apoteosis inesperada allá en las postrimerías del llamado «cine de catástrofe», que poco antes había realizado filmes como Aeropuerto (1970) y Terremoto (1974).

Tiburón fue el primer éxito mundial de Steven Spielberg a partir del concepto de que el miedo colectivo –denominador de nuestra era– debía tratarse más allá de las identidades nacionales.

Después de todo, en cualquier mar existían tiburones y el terror hacia ellos había sido alimentado desde la infancia en las culturas más diversas. De ahí que la novela del periodista Peter Benchley, uno de los guionistas del filme, fuera despojada de «tonos oscuros», como el romance extramarital que sostiene la esposa del policía encargado de cuidar la playa. El máximo protagonista debía ser el tiburón y con él, las tensiones que se originan entre los personajes en su afán de capturarlo.

Y estaba la música de John Williams, rechazada por Spielberg en un primer momento por considerarla intrascendente, pero sin la cual (los latidos del corazón del selacio al aproximarse a sus víctimas) la película hubiera perdido efectividad.

Todavía hay bañistas que utilizan de manera juguetona aquel estremecedor «tuntuntuntun» de la banda sonora para infundir temor a sus acompañantes, además de que bañarse de noche en una playa dejó de ser atracción para no pocos, después de ver perecer, en las fauces del monstruo, a la curvilínea  carnada utilizada por el director en los comienzos del filme.

La película enriqueció a sus productores y causó la ira de los negociantes vinculados a la recreación marítima, que veían, sin creérselo, como de la noche a la mañana las playas se convertían en desiertos.

En el aspecto cinematográfico también hubo conmoción. Tiburón demostró que, contrario a lo establecido, en el verano podía realizarse un gran éxito taquillero. Muchos quisieron entonces engrosar «un tiburón» a su cuenta, en detrimento del buen cine de autor que, entre riesgos estéticos, trataba de abrirse camino en el denominado «nuevo Hollywood».

Tiburón, sin embargo, terminó siendo demasiado tentador en el mundo de las inversiones. Fue el primero en disparar en grande las posibilidades de la mercadería vinculada al cine, terreno explotado poco después al máximo por un filme como La guerra de las galaxias (Lucas) y los dinosaurios resucitados por el propio Spielberg: camisetas, escualos de todos los tipos, pistolas de agua, libros, dientes de tiburón, postes, cremas protectoras para ataques sorpresivos, cuchillos anti-selacios, lo inimaginable.

Muchos se enriquecieron a las dos manos, en tanto los tiburones sufrían las consecuencias tras el pánico y aversión originados por el filme, pues la caza se incrementó en lo que pareció ser un lema demencial: ¡todos contra ellos!

La National Geographic ha sido categórica al respecto: se estima que más de cien millones de tiburones son cazados anualmente. Por cada tiburón que ataca a un ser humano se matan dos millones. Hay una probabilidad, entre casi cuatro millones, de que te mate un tiburón y no suele haber más de cinco víctimas al año.

Masacre oceánica para una especie en peligro de extinción que  –junto al exitazo fílmico– vale recordar en estos 45 años de Tiburón.

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