ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Archivo de Granma

Hace pocos días escuché una conversación. Dos personas, sin conocerse, empezaron a hablar del presente, de las dificultades, de aquello que falta. Y de pronto, uno de ellos soltó: «Antes de 59, con el capitalismo, al menos las cosas funcionaban». Una mujer, lo miró fijamente y le respondió con claridad meridiana: «Pero los negros no podían caminar por la misma acera que los blancos». Yo me quedé pensando en lo fácil que es que nos vendan un pasado que no vivimos, y en lo peligroso que es olvidar que ese pasado también tenía su propia infamia.

EL MECANISMO: SELECCIONAR LO QUE QUIEREN QUE RECUERDES

En la guerra de narrativas no hay cañones, se invierte millones en la ideología. El campo de batalla hoy no es solo militar o económico. Es la memoria. Es la manera en que nos cuentan lo que fuimos para decidir lo que debemos ser.

Y en esa trinchera, la nostalgia republicana se ha convertido en el arma de seducción más efectiva del imperio. No pretenden que conozcas la historia completa. Pretenden que la olvides. Y luego, en ese vacío, inyectarte su versión: la república burguesa idílica, el pasado soñado, el paraíso perdido que la Revolución –dicen– nos arrebató.

¿Cómo funciona? Muy simple: toman un hecho real (la existencia de una república burguesa antes de 1959), borran sus contradicciones, embellecen sus fachadas, y te la devuelven como un espejismo al que puedes añorar sin haberlo vivido. No es historia, es propaganda con filtro sepia.

Basta abrir Instagram, x o Facebook para toparse con decenas de publicaciones que exaltan las construcciones de la época, los carteles de neón, los automóviles último modelo desfilando por el Malecón. Te muestran una Habana de revista y te la presentan como si aquello fuera el paraíso.

Lo que no te dicen es que ese «brillo» no era de gratis, ni mucho menos para todos. Cuba era entonces el tubo de ensayo favorito de Estados Unidos: mafias, latifundios, prostitución regulada y una burguesía que servía de comparsa al imperio. Esa luz de neón alumbraba la desigualdad, no la prosperidad colectiva.

El objetivo no es que odies el presente. Eso sería demasiado evidente. El objetivo es más sutil: que empieces a cuestionar la necesidad misma de la Revolución. Que te preguntes: «¿Y si aquello no era tan malo?», Ese «y si» es la grieta por donde entra la desmemoria que acaba en desmovilización.

El juego es a que creas que aquella república nacida el 20 de mayo de 1902 resolvió los problemas de Cuba, eliminar la situación revolucionaria de los años 30 o de los 50, que te creas el cuento de que aquello era tan perfecto que no hacía falta una Revolución. 

EL PELIGRO: LA MEMORIA AMPUTADA QUE SIEMBRA DESORIENTACIÓN

Cuando logran que un cubano –dentro o fuera de la Isla– crea que la república anterior era un modelo para rescatar, han ganado una batalla decisiva. Porque entonces deja de existir el consenso de una nación que buscaba justicia, y pasa a ser el error que interrumpió el supuesto paraíso.

Y si la Revolución es el error, entonces el bloqueo es una sanción comprensible, las medidas coercitivas un castigo merecido, y la rendición una opción razonable. Ese es el cheque en blanco que nos ofrecen. Se trata de vaciar de sentido el proyecto de justicia social construido en más de seis décadas de resistencia.

 La memoria selectiva no solo miente sobre el pasado: te amputa la capacidad de entender el presente. Porque si te acostumbras a ver aquella República solo por sus avenidas luminosas y sus carros relucientes, terminas creyendo que la desigualdad era un accidente menor, que la exclusión racial era un detalle sin importancia, que la soberanía maniatada por la Enmienda Platt era un precio aceptable a cambio del orden y del consumo.

Y ese justamente es el verdadero veneno. Cuando la memoria se vuelve selectiva, la conciencia histórica se atrofia. Dejas de preguntarte por qué fue necesario derramar tanta sangre. Empiezas a pensar que todo fue un exceso, una interrupción violenta de un idilio burgués. Y entonces, sin darte cuenta, te vuelves vulnerable al discurso del odio, a la propaganda que justifica el bloqueo como «castigo merecido», a la idea de que el intervencionismo extranjero es una «ayuda humanitaria».

La memoria amputada también fractura generaciones. El joven que solo recibe la postal idílica de los años 50 crece sin referentes de lucha, sin saber que aquella república también era la del campesino sin tierra, la del obrero sin derechos, la del negro sin acera. Y ese terminará hablando sobre «libertad perdida» sin tener la más mínima idea de lo que habla.

Porque la memoria selectiva no solo engaña: desarma. Te quita las herramientas para defender lo conquistado. Te hace dudar de tus propios héroes. Te empuja a mirar el presente con el lente de un pasado inventado, y entonces cualquier dificultad actual la achacas no a la agresión externa, sino a la Revolución misma. Y ese es el jaque mate de la guerra cognitiva: que termines culpando a tu escudo de las heridas que te hacen por la espada.

Detrás de cada cuenta que publica «La Habana de ayer» sin contexto, hay una operación calculada. Detrás de cada artículo que idealiza la república burguesa sin mencionar sus lacras estructurales, hay mucho financiamiento. Detrás de cada persona que repite «antes estábamos mejor» sin haber nacido entonces, hay una victoria de la guerra cognitiva.

No dejemos que nos infecten. Que la añoranza inducida no nos quite la lucidez. Que el recuerdo selectivo no nos borre la verdad. Porque Cuba no se construyó sobre ningún paraíso perdido. Se construyó sobre la decisión de un pueblo de dejar de ser colonia para ser un país con dignidad. Y esa decisión, justo de la que hoy quieren hacernos dudar, sigue siendo la razón que nos mantiene en pie. Leamos bien el pasado y entendamos el presente, esa es la única manera de construir el futuro. 

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