El consumo de drogas es uno de los flagelos más peligrosos que enfrenta la humanidad contemporánea. No solo destruye la salud física y mental de las personas, sino que desintegra familias, fomenta la violencia, empobrece comunidades y alimenta redes criminales transnacionales.
En el contexto cubano, donde el Estado prioriza la prevención y la salud pública, el peligro no es menor: las drogas llegan a la Isla empujadas por dinámicas externas e internas, y su propagación representa una amenaza real para el futuro de las nuevas generaciones.
Sin embargo, Cuba ha desarrollado una estrategia particular para enfrentar este mal, alejada de los enfoques meramente punitivos o alarmistas. La experiencia acumulada en provincias como Ciego de Ávila demuestra que cambiar la manera de abordar el mundo de las adicciones es una estrategia clave para obtener buenos resultados. ¿En qué consiste ese cambio? En pasar del discurso técnico al diálogo horizontal con la comunidad.
Cuando se habla de prevención de drogas en Cuba, suele pensarse en operativos, en campañas masivas o en folletos con estadísticas. Sin embargo, para el reconocido psicólogo avileño Dany Rodríguez Ceballos, la verdadera batalla se gana donde duele, donde ocurre: en la comunidad, frente a frente, con la gente. La efectividad de la intervención radica en nutrirse de lo que dice la comunidad, partir de sus propias experiencias, miedos y saberes colectivos.
Se trata de lograr que dentro de la propia comunidad germine una cultura de rechazo activo, que surjan alternativas y se construyan soluciones de abajo hacia arriba.
Esto se ha demostrado en las intervenciones realizadas en los diez municipios avileños y en los lugares más apartados de la provincia. Los escenarios han sido muy distintos: en unos casos se trataba de reuniones vecinales donde todos se conocen y comparten lazos familiares; en otros, el público estaba compuesto por líderes locales y personalidades importantes; también han participado deportistas, quienes tienen una manera muy específica de valorar el fenómeno a partir de las normas antidopaje y del daño físico que las sustancias causan al rendimiento atlético.
Uno de los momentos más reveladores ha sido cuando el público está conformado por niños. Desde sus puntos de vista –a veces más certeros que el de muchos adultos–, ellos han dicho lo malo, lo peligroso, lo terrible de ese flagelo, y además han propuesto qué hacer para evitarlo. Ahí está la esencia de la intervención comunitaria: convertirla en el arma básica para enfrentar las drogas.
Lo idóneo sería que todos los días, en algún espacio, hubiese diálogo sobre el tema. Ese diálogo puede surgir desde los saberes colectivos, desde experiencias individuales e incluso, desde una historia de vida contada sin filtros.
Imaginemos un centro de trabajo que, al concluir la jornada laboral dedique quince minutos y las personas se ponen a hablar de lo que han visto y de lo que saben sobre drogas: ese es un espacio de generar pensamiento crítico, de desmontar mitos, de alertar tempranamente. No se necesita un gran despliegue técnico; se necesita voluntad y conciencia.
Ninguna estrategia comunitaria tendrá éxito, reconoce el sicólogo, si la familia no asume su papel primordial en la prevención y protección de todos sus miembros. El Código de las Familias en Cuba regula de manera amplia el contenido de la responsabilidad parental, y allí queda claro que los padres deben velar por el bienestar de sus hijos, supervisar con quiénes se reúnen, inculcarles buenos valores y garantizar que mantengan una conducta adecuada.
El propio sicólogo reconoce que combatir las drogas no significa estigmatizar a quienes caen en la adicción. Significa tender puentes para la recuperación, pero también levantar muros firmes contra el consumo.
En Cuba, el enfoque comunitario y familiar ha demostrado ser efectivo porque parte de la realidad: no hay recetas mágicas, sino construcción colectiva, día a día. Cada conversación en una esquina, cada taller en un CDR, cada alerta temprana de un padre o una madre, cada testimonio de un exconsumidor que logró rehabilitarse, son pequeñas victorias en una guerra que no admite tregua.
El peligro de las drogas es real, inminente y devastador, pero mientras existan comunidades que dialogan, familias que se protegen y niños que crecen sabiendo decir «no», Cuba tendrá una oportunidad real de contener ese flagelo. La prevención no es un evento de un día; es un tejido que se hila cada mañana, en cada hogar, en cada plaza y en cada centro de trabajo.














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