La poesía de Caridad Atencio, en tanto norma, ha sobrepasado poco esa constante tan personal suya de construir sólidamente el signo, atravesarlo y coexistir en él como forma de validación de esa zona de lo lírico donde importa menos la voz con distinción genérica, que la conquista de lo alegórico o figurativo en aras de la altura del texto del poeta.
El libro de la autora, Desplazamiento al margen, Premio Dador de poesía, 2013, publicado en este 2018 por la Editorial Extramuros, supone una (otra) posición ante el discurso poético, más allá de lo inequívocamente femenino que se filtra desde la misma portada con ilustración de cubierta de la sugestiva obra de Cirenaica Moreira, Barquito de papel, mi amigo fiel. Una actitud que se expresa desde el poder avasallador de las imágenes y las emociones, en función de una poesía contendiente que se abre a complejos espacios de la comunicación con un peso y una concisión inusuales.
El ámbito de lo íntimo, contradictorio y peleador que encarna Caridad Atencio: hija, madre, esposa, individuo en contexto e identidad, nos llega en este libro en torrentes imperativos, casi violentos, con una voz arriesgada, ansiosa de purgas e inmersa en un jugoso desasosiego, que a la autora no le interesa disimular.
No le inquieta presentarse vulnerable. O tan vulnerable: «Es cruel cuando no ve de mí el sacrificio», dice en un poema. O en otro: «…cómo me enveneno con mi aire». También escribirá: «Caracol arriba, caracol abajo, dentro de una piscina/ de deseos ajenos».
Las palabras sangre, dolor, herida o pena, conviven con el no, el siento, con lo seco de una sensibilidad que se anuncia en versos de cierta aridez, pero que no la contienen árida de forma alguna. Todo el tiempo el discurso elocuente aunque no palabrero, se sitúa al borde de lo hostil y privado. Un discurso que no cae al mero vacío de las derrotas contadas, por expresa convicción síquica e intelectual. También por aquello que se exigía una pintora como la norteamericana Georgia OKeefee desde lo más lúcido de su espíritu creador: «Hay que impedir que las cosas que no puedes evitar te destruyan. Estoy segura de que lo importante en la vida es la Obra. Ahorra fuerzas y energías para crear, no las desperdicies en problemas y situaciones que no puedes evitar».
Imagino a la autora del poemario discípula esmerada de esa filosofía de la resistencia y el hacer ante lo inevitable. Eso sí, recomendaría al lector leer Desplazamiento al margen, pero no creerse a pie juntilla la sentencia de la norteamericana, o por lo menos no de un modo fácil. Bebió la artista mucho trago amargo, y creyó y descreyó. Quiso, perdonó, y siguió creando concentrada en lo esencial, su pintura, el resto de su larguísima existencia. Antes, allá por 1926, había realizado una serie de maravillosas flores sexuadas que significaron una renovación en la mirada al arte en su época, además de producir notable escándalo. En numerosas ocasiones se inició en el sórdido ciclo del pez que se muerde la cola por las mismas razones que antes avizoró, y por las que continúo errando y pintando, pintando y errando, como toda una mortal femenina de la mejor especie.
Ahora la poeta Caridad Atencio se pregunta en un verso de su libro: «¿sabré sobrevivir? Y en otro: ¿Va a darme algo la desesperación? Para luego rematar con frases que refuerzan otras igual de resolutivas, en una plática que apenas tiene descanso, aunque los poemas se estructuren en cinco bloques de textos sin títulos.
Cito: «… Querían que/ trajera algo, no que dejara. No hace que te/estremezcas, es solo compensar/. Compensar/Como /una gran batalla de un gran fin.
«Enemiga de su propio paso», se declara la autora en el prólogo-poema con que abre el libro al lector, cuyo título, Desplazamiento al margen, tiene su subtítulo: La luz de nieve que del cielo baja. Entonces se suceden 59 poemas, cada uno tan cerrado y axiomático como el anterior. No son poemas sencillos. Su sinceridad habla de una Caridad Atencio sin sustos o vergüenza de lo que ha expuesto, del exceso de queja o de la sobredramatización.
Ese tópico de lo emocional visto de manera aviesa por tantos creadores, no amilana a la autora de Desplazamiento al margen. Su gravedad no se ampara en el sarcasmo, o la ironía que sortea. Su gravedad pesa de forma real.
Dan fe, Caridad Atencio y la figura literaria, es decir, la metáfora que la ampara.
El suceso social, civil, interno de ser Ella y no Él, poeta en situación, sobre todo lo demás, adquiere aquí un cuerpo «textual» exacto porque la autora de Desplazamiento al margen domina con igual calado ese sentimiento del que ha escrito hasta sepultarnos.











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