Aunque la poesía dominicana experimenta, a lo largo del siglo XX –sobre todo en su segunda mitad– un firme deseo de renovación, lo cierto es que la poesía de Pedro Mir, nacido en San Pedro de Macorís (1913-2000), encarna ese ideario y, yendo más allá de fronteras territoriales, entronca con la tradición forjada por nuestros primeros románticos, es decir, cuando, mediante una vocación patriótica inexpugnable, buscaban el camino de la libertad que era el de la independencia. No por azar integró las filas de la llamada Generación de los Independientes del 40.
Patria y país son para este poeta las dos caras de una misma moneda, asentadas en una única Isla, cuyo territorio legendario comparte dos culturas, dos lenguas, dos historias, pero un único corazón. Aquella tierra visceral del Caribe fue bautizada como La Española en la última década del siglo XV. A pesar de la interesada controversia establecida a lo largo de los siglos, lo cierto es que ambas partes atravesaron una experiencia histórica común altamente evaluada por Juan Bosch en su imprescindible volumen De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial.
Fue precisamente su gran compatriota Juan Bosch quien abriera las puertas de la vida literaria nacional a Pedro Mir, hijo de un ingeniero cubano y de una puertorriqueña, establecidos en la Isla para trabajar en el azúcar. No por azar el primer poemario de Mir, uno de los más significativos de su producción, aparece en edición cubana en 1949. Se trata de Hay un país en el mundo, cuyos versos forman parte del imaginario popular dominicano así como de las Antillas Mayores hispanas.
Los poemas de Pedro Mir adelantaron esa conciencia de pertenecer a una civilización extendida a través de varios archipiélagos que integran el Caribe. Habiendo echado una mirada de admiración hacia la magna obra del poeta Walt Whitman (Guatemala, 1952), Pedro Mir, por derecho propio, buscaba, como algo suyo, el más legítimo marco de integración a la cultura latinoamericana. A su modo, tal como previó su amigo –el gran artista dominicano Fernando Ureña Rib–, fue un poeta que inclinó sus ideales hacia una estética del siglo XXI en la que aparece, en primer plano, la necesidad de arte y de la construcción de una utopía pues, como predijo, para nuestros pueblos «vendrá un rumor iluminado».











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