Mi primera escuela de música se llamaba Adolfo Guzmán y fue fundada poco tiempo después de la muerte del destacado compositor. Allí, entre las visitas constantes de sus hijos y las actividades que se realizaban, escuché, con apenas 9 años, su obra, aunque muy lejos estaba de imaginar o comprender la complejidad de su arte.
Guzmán había fallecido en 1976, el 30 de julio, con solo 56 años y desafortunadamente una amplia zona de nuestra música quedaba huérfana con su temprana partida, pues ya era un autor ampliamente versionado desde décadas anteriores. Muestra de ello es que una de sus más conocidas canciones, Profecía, ya había sido ampliamente difundida, gracias a la excelente interpretación del cuarteto Las D´ Aida, en los años 50.
Una gran parte de su embrión creativo se gesta a partir de su paso por importantes emisoras de radio capitalinas desde la década del 40, donde desarrolla una extraordinaria faceta como autor de música para comerciales y radionovelas. Esto le permitió, de forma directa, conocer los detalles de un género –y de un medio de comunicación– que lo marcarían toda su vida. A la par, Guzmán dirigió musicalmente orquestas que actuaban en populares programas de radio, de emisoras como CMQ, RHC Cadena Azul y Radio Progreso, además de asumir el mismo rol en varios teatros y cabarets habaneros, en los que pudo, convincentemente, combinar estilos y dejar una importante huella profesional en diversas agrupaciones.
Su producción musical fue amplia y ecléctica, al transitar estilos muchas veces inimaginables como boleros, canciones y tangos, además de incursionar en el feeling, lo cual también le hizo ganar la atención de los grandes exponentes del género como Angel Díaz y José Antonio Méndez. Para entender el variopinto universo armónico de Guzmán, hay que adentrarse en algunos de sus temas más conocidos, y de esa forma constatar la gran diversidad de intérpretes que en diferentes etapas se adueñaron, interpretativamente, de sus canciones.
Paralelo a su labor autoral, Guzmán fue un extraordinario pianista acompañante, lo cual era una especie de garantía musical para muchos de esos cantantes.
Entre sus obras mas importantes podemos encontrar Melancolía, Libre de pecado, Profecía, Mi corazón y yo y He perdido la fe, aunque sin duda alguna su tema más conocido es No puedo ser feliz. De este existen incontables versiones aunque siempre debemos volver a la que hizo Ignacio Villa (Bola de Nieve), una de las más telúricas que han prevalecido durante años y si de voces hablamos, es justo mencionar también a Beatriz Márquez, incansable defensora hasta hoy del repertorio de Guzmán.
Sus características como compositor fueron casi únicas, y lo diferenciaron claramente en el panorama compositivo popular de su época, incorporando elementos de la música de concierto que para algunos eran un guiño a recursos expresivos usados en el impresionismo francés.
La utilización y el tratamiento de los acordes, la forma en que armonizaba la melodía, el tipo de modulaciones así como el uso de las cadencias como elementos climáticos fueron algunas aristas singulares en sus obras. Tan especial fue su cercanía e impronta en la canción cubana, así como su constante y ferviente colaboración con la televisión nacional, que apenas dos años después de su muerte, el ICRT crea el Concurso Adolfo Guzmán, uno de los eventos de composición más prestigiosos y populares del país. Por él han pasado diversos artistas y canciones. Se recuerdan muchísimas de ellas, como por ejemplo Tú eres la música que tengo que cantar, de Tony Pinelli, defendida por Pablo Milanés con orquestación de Frank Fernández, quien además tocó el piano junto a la orquesta del ICRT.
Mi antigua escuela capitalina de música ya no existe, pero quién sabe si algún día reabra algún proyecto similar o surja alguna cátedra de estudios de música popular que pueda llevar tan excelso nombre: Adolfo Guzmán.











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