ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fotograma de la película. Foto: Tomada de Mubi

Un bandazo certero en sus modos de obrar y pensar define la conversión meliorativa del protagonista de Abril despedazado, largometraje del septuagenario realizador brasilero Walter Salles.

Dicho personaje, el central de la película, se encuentra a sí mismo, justo en el momento cuando renuncia a eso que casi todos quisieron que fuera.

El propio Salles, Sergio Machado y Karim Aïnouz trasuntan a la pantalla –en guion preciso y precioso– la novela homónima publicada en 1978 por el poeta y novelista albanés Ismail Kadaré, recontextualizando la historia madre del europeo en la tan cinematográfica y tan literaria zona del nordeste de Brasil de inicios del siglo XX.

El relato se ambienta en una época de pobreza y desolación; un tiempo de sangre, ignorancia, rito y violencia.

Hay dos familias en pugna. Pelean por la tierra, mas lo único que consiguen es teñirla de sangre, con las muertes violentas de los miembros alternos de cada lado que cobra esa ciénaga trágica en la cual los hunde la cerrazón y la soberbia.

En tal contexto de muerto por muerto crece Toño, la hueste de turno de la familia menos favorecida, a quien le toca, por razón imperativa y cronológica, vengar el crimen de su hermano mayor. La tradición le impone cumplir el encargo del padre, pese a que el personaje albergue indicios de dudas y le asalten los inevitables porqués.

A determinada altura del metraje, entrarán en esta historia de reminiscencias helénicas y sino trágico sucesos y componentes emotivos definitorios, que inducirán al muchacho a interrumpir el –hasta ese momento inextricable– ciclo de muerte.

Se produce ahora la rebelión contra los designios de la figura paterna. Figura esta que, en la dimensión simbólica del filme, deviene una representación alegórica del estado impositor, del ancestral, arbitrario e ineluctable sistema de reglas de las tiranías.

En el hijo –la voz y el cuerpo figurado del ente en oposición– se focaliza el rechazo a lo arcaico, lo contranatural, el yugo, dentro del relato del filme de Salles estrenado en 2001, cuyo cuarto de siglo evocamos este lunes en Apuntes de Cine.

Además de potente artefacto narrativo, la película del realizador sudamericano (Estación central de Brasil, Diarios de motocicleta, En la carretera, Agua negra, Aún estoy aquí) es una exquisita sinfonía formal donde entona cada tiro de la cámara de Walter Carvalho, cada silencio del sonido, cada nota de la música de Antonio Pinto, rasgando acordes de arte en la urdimbre de placidez espiritual que –vaya paradoja– trenzan las trizas de este abril en pedazos.

Sin embargo, al margen de su excelencia, por razones que escapan al discernimiento de este comentarista, el largometraje de Salles no suele formar parte de listas, selecciones o referencias; y no lo mencionan mucho que digamos, o poco en realidad, a la hora de hablar de lo mejor del cine latinoamericano del siglo en curso.

Otra injusticia más que me sigue compulsando, como siempre, a ir por libre en esto de las estimaciones, a olvidarme de las valoraciones previas, de los encandilamientos, espejismos colectivos, premios de coyuntura y todo eso cuanto sirve para engordar periódicos, pero que a la larga no define la trascendencia artística de cara a la historia.

Tráiler de Abril despedazado:

           

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