El 9 de agosto de 1945, la ciudad japonesa de Nagasaki se convirtió en el segundo escenario de un ataque nuclear en una guerra. Tres días después de la destrucción de Hiroshima, Estados Unidos lanzó sobre Nagasaki la bomba de plutonio conocida como «Fat Man».
La explosión se produjo a las 11:02 de la mañana, aproximadamente a 3 kilómetros del objetivo previsto, y en cuestión de segundos, una parte de la ciudad quedó devastada.
Las autoridades de Japón estimaron que alrededor de 73 884 personas murieron y más de 74 000 resultaron heridas como consecuencia del bombardeo y sus efectos, y justo ahí es cuando comenzó una de las repercusiones más duraderas de la era nuclear.
Hoy, en pleno 2026, existen miles de armas nucleares en manos de nueve Estados. Eso significa que Nagasaki no pertenece exclusivamente al pasado. El recuerdo de aquella explosión forma parte de un debate contemporáneo.
Según el último balance del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), en enero del presente año existían aproximadamente 12 187 armas nucleares en el mundo. Unas 9 745 estaban en arsenales militares potencialmente utilizables y alrededor de 4 012 estaban desplegadas con fuerzas operativas. Entre 2 100 y 2 200 se mantenían en un estado de alta alerta operacional.
Es decir, no estamos hablando de una reliquia de la Guerra Fría. El arma nuclear sigue ocupando un lugar central en las estrategias militares de las principales potencias.
Cada año, el alcalde de la ciudad de Nagasaki y los supervivientes recuerdan a sus víctimas y reclaman que las armas nucleares no vuelvan a utilizarse. Ese mensaje adquiere especial relevancia en momentos de tensión entre potencias nucleares.
Y es que existe una contradicción en la actualidad que reclama la prohibición absoluta de las armas nucleares.
Cuanto más se normaliza su uso como instrumentos militares, más importante se vuelve recordar su consecuencia humana.
La humanidad, en 1945, descubrió algo que sigue siendo difícil de olvidar: una guerra nuclear no empieza con millones de muertos. Puede empezar con una sola bomba. Y Nagasaki fue la última ciudad del mundo en conocer esa realidad de primera mano.
Cada 9 de agosto el mundo recuerda lo ocurrido allí por sus nefastas consecuencias para la vida humana . Sin embargo, la verdadera pregunta es: ¿por qué seguimos invirtiendo en armas nucleares si conocemos sus efectos?
Pero, al mismo tiempo, los nueve Estados con arsenal nuclear siguen modernizando sus capacidades.
Algunos de los mecanismos que ayudaban a mantener esa estabilidad están deteriorándose. Durante años, Estados Unidos y Rusia dispusieron de límites verificables sobre determinadas armas estratégicas y de mecanismos de transparencia.
Según el Departamento de Estado del gobierno de Estados Unidos, el tratado Nuevo STAR, que establecía un control de armas nucleares entre EE.UU. y Rusia, expiró el 5 de febrero de 2026. Algo que el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, calificó al momento de “grave” y señaló que, por primera vez en más de medio siglo, no existían límites jurídicamente vinculantes sobre los arsenales estratégicos de las dos principales potencias nucleares.
Eso no significa que al día siguiente aparecieran miles de bombas nuevas. El problema es más sutil: menos reglas, menos transparencia y más incertidumbre.
Hoy existen conflictos que han aumentado la tensión internacional.
En la actualidad, el escenario internacional vuelve a estar marcado por la competencia militar y la disuasión nuclear, que tiene doble rasero. Aunque se han evitado enfrentamientos directos entre grandes potencias por el miedo a una destrucción mutua, su sola existencia mantiene vivo el riesgo de una escalada.
Cuando hoy se habla de armas nucleares en discursos políticos, a menudo se olvida que detrás de cada decisión estratégica hay millones de vidas civiles.
Recordar lo ocurrido en Nagasaki no significa vivir anclados en el pasado. Significa reconocer que la tecnología militar ha avanzado mucho más rápido que la capacidad política para resolver conflictos. Mientras existan miles de armas nucleares listas para ser utilizadas, aquella ciudad seguirá siendo una advertencia más que un capítulo cerrado de la historia.













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