Conversamos en los predios del Instituto Superior de Arte (isa); que es, de cierta forma, el hogar. Allí tiene su aula, por la que ha luchado con uñas y dientes; y dentro de esa aula, un piano, al que no habrá manera, dice, que saquen de allí.
Ahora no estamos dentro, sino fuera. La maravilla arquitectónica de la escuela sirve de respaldo al diálogo, así como el incesante canto de los pájaros. Pareciera también que alguien toca, a lo lejos. Pero no es así. Casi es tiempo de vacaciones, la mayoría de los alumnos se ha marchado. Es que Juan Piñera (La Habana, 1949) habla como si acariciara el piano.
La cadencia de sus respuestas viene acompañada de un saber asentado, el de un maestro. El Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2025, que recibiera hace unos meses, se sostiene no solo en más de 50 años al servicio de formar, sino también sobre un trabajo incesante, profuso (que no disperso), desde que una especie de autoprofecía lo situara en el mundo de la música:
«Cuando tenía cinco o seis años entré por primera vez a un salón de operaciones. El médico, para entretenerme, me preguntó: ‘¿qué tú quieres ser?’ Respondí: ‘pianista’. Nunca lo había pensado, lo dije por decir. Me pusieron la anestesia y a dormir.
«Pero tuve una suerte, una familia de intelectuales y artistas. El más conocido es Virgilio Piñera, aunque no era el único; tengo otro tío, filósofo, que fundó la primera sociedad filosófica de Cuba, Humberto Piñera. Mis padres… mi madre pintora, nunca quiso exponer, pero conocía a Amelia Peláez, a Portocarrero, a Mariano, y a todos ellos los fui encontrando de niño. Poder ir a una representación de Calígula, con Adolfo de Luis, en casa de Pepe Rodríguez Feo… Todo eso fue creando un ambiente artístico.
«Y entra el piano en la casa. Nunca me había sentado en uno, pero sí había escuchado a grandes pianistas, cubanos y no cubanos». Se suponía que era su hermana quien comenzaría a estudiarlo: «Y no le dejé un chance. Dentro de los porrazos que di, fui organizando sonidos, y dice mi padre: ‘creo que es al niño al que hay que poner a estudiar’. Mi madre, que era más justa, replicó: ‘no, por donde entra uno entra el otro’.
«Di clases con gente interesantísima, fundamental. Y de todos ellos aprendí algo que a veces olvidamos: el que forma lo hace para que el posible formado piense, no como el maestro, sino para que sea mejor. Nosotros somos hacedores de almas».
Aunque no le gusta mencionar nombres de sus maestros, por temor a dejar fuera alguno infaltable, destaca a César Pérez Sentenat, «que no sé qué vio en mí», y a Enrique Bellver, que, en la Escuela Nacional de Arte, tras ver sus trabajos de armonía, le preguntó: «¿tú sabes que eres compositor?»
«Nunca se me había ocurrido. Yo quería ser pianista, me desvió del pianismo y me hizo dirigirme hacia la creación; la personal, como artista, como compositor, y la creación de nuevas personalidades dentro de la creación. Porque para mí es muy importante la diversidad. Tú no puedes pensar como yo. Tienes una trayectoria distinta a la mía. ¿Pero qué puntos en común podemos tener discípula y maestro? Es eso lo que hay que marcar bien, construir, hacer sólido.
«También agradezco a otros maestros de piano como Margot Rojas, como Silvio Rodríguez Cárdenas, que me enseñaron a ver el piano como un vehículo para expresarme».
LA INSPIRACIÓN LLEGA TRABAJANDO
El piano, asegura, es un instrumento muy complejo pero muy amplio. Y, entonces, seduce. Escribir para él es una necesidad: «Y para que salga a brotar esa necesidad uno se tiene que sentir bien. Ser libre. Los amarres están en la disciplina que tienes que tener, en la periodicidad con que trabajas.
«No puedes decir ‘no estoy inspirado’. ¡No!, la inspiración llega en el momento en que estás trabajando. O no llega, pero trabajaste y te obligaste a pensar y a resolver el problema. Para mí la creación musical es fascinante. Y tratar, no de enseñarla, de guiarla, es fundamental».
Contra lo que pareciera, confiesa ser muy desorganizado, y que necesita de los retos, de las fechas límite. Se «enreda» en varios proyectos a la vez; y, aunque eso le causa un estrés enorme, no sabría hacerlo de otra forma. Se declara adicto al trabajo: «Mi madre me reclamaba: ‘siempre dices que sí’. Sí, porque a veces uno dice que no y es lo que se da. Se es tan selectivo que se queda sin trabajo, y yo tengo necesidad de trabajar.
«Pero sí sigo una disciplina, todos los días trato de trabajar, aunque sea cinco minutos. Eso lo aprendí de dos grandes intelectuales. Uno lo conocí muy bien, tío Virgilio, y al otro lo vi varias veces, José Lezama Lima. Ambos trabajaban todos los días, ineludiblemente.
«Hay muchas circunstancias en la vida que te obligan a no hacer nada y uno tiene que imponerse. En las condiciones más difíciles puede surgir una obra maestra, o al menos trabajar para lograr una obra más. A mí me gusta lo difícil.
«Hay jóvenes que me dicen, ‘ay, pero yo no sé cómo a su edad puede hacer tantas cosas’. Es un entrenamiento. Lo que tú no haces a los 20… Claro, es la formación de un oficio también. Para mí los obstáculos son estímulos».
Piñera ha colaborado con grandes figuras, como Raquel Revuelta y Alicia Alonso; la música para obras de teatro y danzarias supone una parte fundamental de su obra. Cuando se le pregunta qué tan difícil es esa relación con otros artistas, contesta:
«No creo caos en los equipos. Entonces las personas se dan cuenta de que no ofrezco oscuridad a su proceso creativo. Sino que, quizá, ofrezco ciertas luces, alguna luz».
YO LLEGO A APRENDER
Es también Premio Nacional de la Radio 2018. Ese fue un sueño que también se tejió en la niñez, cuando escuchaba la emisora CMBF de música de concierto, y ansiaba trabajar ahí.
Cuando años después entró a prueba a la radio para asumir un programa, bastaron siete días para que tuviera escrita la programación de un mes. «Y así fui incrementando programas. Empecé a hacer crítica musical también. Hacía lo que hiciera falta: ‘¿hay que encaramarse, organizar una antena allá arriba, en un control remoto? Dime cómo es. Ah, sí, ya, ¡vamos!’ La radio es dinamismo y respetar ciertos códigos».
–Usted no ha sido purista. Se ha interesado, por ejemplo, por la música electroacústica, la electrónica. En la enseñanza, ¿cómo se complementan todos esos mundos?
–Nuestra escuela de música se enfocó durante mucho tiempo en crear un músico para sala de concierto. Y eso no es malo, pero es delimitado, no limitado. Cuba es un país de grandes músicos, y la creatividad está dondequiera.
«Un día me llaman para defender a los dj y productores de música electrónica. Al principio yo estaba alejado de ese proceso y lo fui entendiendo. Eso lo trato de articular con la academia, porque es un nuevo modo de hacer. Los lenguajes ahora están avanzando. Me fascina, por ejemplo, la inteligencia artificial, peligrosa, pero necesaria.
«Para mí es tan válido en la prueba de admisión que tú me vengas con una sinfonía convincente, que con una timba. Ahora se crea la cátedra de música popular. Es un respiro de cierta manera. Pero hacía falta un capítulo muy interesante, la producción musical, para mí es importantísimo que los jóvenes la entiendan; y ya es obligatoria para todo el que entre desde ahora al ISA.
«Es una nueva manera de trabajar, no contra estos tiempos, sino con estos tiempos. Es de lo que no nos percatamos. También nos olvidamos de nuestro pasado. Y al suceder eso no sabemos dónde estamos. El pasado es el piso. Y si no tenemos un piso sólido nos hundimos».
–¿Y la música infantil? Hay proyectos a los que puso música que hicieron época, como La familia Pirulí.
–Ah, eso me encanta. Dejé de hacer música infantil. Es cierto. La he abandonado. ¿Será que estaré envejeciendo? Eso fue riquísimo, poder volver a mi niñez. Hay hasta alguna grabación conmigo como actor.
«Hacer eso te ayuda a transformarte. Lo aprendí de las actrices y los actores con los que he trabajado: ser el personaje que están haciendo, el poder de transformación. A mí me ha permitido meterme en zonas que no son las mías exactamente. Y, de repente, voy aprendiendo.
«Cuando llego a cualquier proyecto es a aprender. No a decir ‘soy’. No, no. Llego a aprender. La humildad es algo muy importante, fundamental. No me detengo a pensar en el trabajo que he hecho, sino en hacer uno nuevo. A mí me gusta trabajar».











COMENTAR
Responder comentario