Breakfast at Tiffany's (1961), del cineasta Blake Edwards, posee una de las bandas sonoras más hermosas del sétimo arte. Compuesta por Henry Mancini, fue Audrey Hepburn quien, con una de las cartas más conmovedoras que un actor ha dedicado a un compositor, la definió como el combustible que hacía volar la película. No exageraba.
La historia sigue a Holly Golightly (Audrey Hepburn), una joven enigmática y excéntrica que vive en Nueva York, obsesionada con la lujosa joyería Tiffany's, a la que considera su refugio emocional. Entre fiestas desenfrenadas, pretendientes adinerados y una vida marcada por la aparente frivolidad, Holly entabla una peculiar amistad con Paul Varjak (George Peppard), un escritor en horas bajas que se muda al mismo edificio.
A medida que se conocen, ambos descubren que sus máscaras de independencia y cinismo esconden heridas profundas: ella huye de su pasado rural y de un matrimonio olvidado; él, de su condición de «hombre mantenido». Ambos terminan protagonizando una historia de amor, soledad y aprendizaje mutuo, ambientada en las calles de Manhattan.
Uno de los logros de Breakfast at Tiffany's –convertida en película de culto, referenciada en tantísimas ocasiones– fue, como ya referimos, su banda sonora original. Compuesta, arreglada y dirigida por Henry Mancini, ganó el Oscar a Mejor Banda Sonora Original y a Mejor Canción Original, sin contar otros cinco premios Grammy.

La película no se siente cargada musicalmente, cada pieza cumple con su función: los instantes de mayor carga emocional –inicio y final, con algunas escenas intermedias–; otros de suspenso y drama –cuando Paul Varjak es «perseguido» por el antiguo esposo de Holly, y la ocasión en que su amante le hace una visita sorpresa–; y en los momentos de festejos, en los que la música es tan acertada que parece sumergir al espectador en ese ambiente desenfrenado y eufórico en la casa de Holly.
El álbum original, publicado en vinilo, contó con 12 pistas. Sin embargo, en 2013 se lanzó una edición expandida que incluyó la partitura completa con un total de 38 pistas, entre versiones inéditas y variaciones que acompañaron escenas de la película.
Se dice que Moon River es una de las piezas musicales más famosas y hermosas del cine, y hay quienes no dudan en situarla entre las mejores de la historia. Es una canción sencilla, de una letra hermosa, que parece haber sido escrita para la propia Audrey Hepburn, y en eso coincidió Mancini. A pesar de las miles de versiones que luego surgieron, nadie lo hizo como ella.
Desde el inicio de la película, el leitmotiv se presenta como preludio a una banda sonora que, sobre la base de esa canción, se reinventa en disímiles piezas. La mayoría contiene los acordes principales de Moon River, inteligentemente arreglados, lo que hace imposible que olvidemos la pista. En esa primera escena, Holly contempla Tiffany's desde su ventana, y luego la cámara se aleja y la vemos caminando por las calles de Nueva York.
La canción reaparece cuando Paul visita a Holly, a través de un tocadiscos, y la primera recreación con letra surge en su primera conversación. Es muy significativo que aparezca con su letra correspondiente cuando Paul utiliza su máquina de escribir –no lo hacía por meses, pero Holly lo inspiró–; ella la canta, con su guitarra, sentada en la ventana, y Paul se asoma a escucharla. Esa fragilidad que la protagonista transmite no habría podido ser representada de otra forma.
Otra de las composiciones medulares de la banda sonora es la pista homónima Breakfast at Tiffany's, que aparece cuando los protagonistas deciden «desayunar» (no precisamente para degustar alimentos, sino para hacer otras actividades) en la joyería. Es una de las mejores partes de la película, cuando ambos deciden hacer cosas que nunca hubiesen imaginado antes. La pieza es fresca, elegante, y las trompetas y el coro de fondo le dan un toque genial.
En el final del filme, Moon River irrumpe en su totalidad: el coro canta mientras Paul y Holly se besan bajo la lluvia. Un cliché, sí, pero igual de emocionante.
Si tan importante fue el buen uso de la música, también son destacables los momentos en los que el silencio resultó oportuno e impactante. La escena en que Holly permanece en la cama de su habitación, destrozada tras enterarse de la muerte de su hermano Fred, es un ejemplo perfecto. La toma cenital y ese silencio la muestran casi como una muñeca rota en medio del caos: vulnerable, aislada y derrumbada.

En cualquier producción, el sonido es pilar de la narrativa audiovisual y trabaja en el espectador de forma silenciosa, guiando su atención y emociones. Sirva de ejemplo la carta que Audrey Hepburn le escribió a Mancini, reproducida en la contraportada del vinilo original:
Querido Henry, acabo de ver nuestra película, esta vez con tu composición. Una película sin música es un poco como un avión sin combustible. Por muy bien que se haga el trabajo, seguimos estando en tierra y en un mundo de realidad.
Tu música nos ha elevado a todos y nos ha hecho volar. Todo lo que no podemos decir con palabras ni mostrar con acciones, tú lo has expresado para nosotros. Lo has hecho con tanta imaginación, diversión y belleza. ¡Eres el gato más moderno y el compositor más sensible!
Gracias, querido Hank.
Mucho amor,
Audrey.
Se cumplirán 65 años, el venidero 5 de octubre, desde que Holly Golightly y su Moon River cautivaron al mundo. Para celebrarlo, la película ha sido reestrenada en varios países, demostrando que su magia perdura. Y Breakfast at Tiffany's siempre lo hará, gracias, entre otras cosas, a Mancini y a su banda sonora inolvidable.











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