
«De distantes riveras» hasta su tierra amada, regresó este poeta –del que se dice que no pudo pasar un solo día de su vida sin escribir un poema– en 1899, apenas finalizada la guerra. Al acercarse a suelo cubano, Bonifacio Byrne pudo distinguir al lado de su enseña nacional la norteamericana, que indicaba la indeseada presencia de ese país en el suyo, y la inspiración, agitada por el doloroso cuadro que contemplaba, lo hizo componer ese poema que no puede leerse ni escucharse sin emoción y que todo cubano cabal siente como suyo: Mi bandera.
Nunca el pabellón tricolor ondeó tan dignamente en unos versos. Nunca la palabra del poeta fue más altiva para erigir la soberanía de la Patria.
Traer a Byrne al siglo XXI, a 90 años de su muerte, develarlo ante las nuevas generaciones que lo desconocen y redescubrirlo a las que supieron de él, aunque de manera poco profunda, es un acto de justicia poética e histórica para con este hombre.
«Domingo Mújica Carratalá»
Murió de cara al mar aquel valiente,
bañado por la luz de la alborada,
noble, serena y firme la mirada,
tranquilo el corazón, alta la frente.
Cerca, la muchedumbre indiferente
para ver aquel crimen congregada,
mejor hubiera estado arrodillada,
que es la actitud que cuadra al impotente.
¡Murió de cara al mar, en hora impía!
y no rugió de rabia el océano,
ni en noche eterna convirtióse el día.
Murió con el valor de un espartano,
mientras la libertad le sonreía
señalándole el cielo con la mano.
«Mi testamento»
No quiero, cuando me muera,
la pompa fútil que impera
en la vida cortesana,
sino una cruz de madera,
tan frágil y tan liviana,
que nadie tocarla quiera.
No quiero, cuando me muera,
que la fama vocinglera
me remonte al firmamento:
así mi cruz de madera
ha de respetarla el viento,
en su rápida carrera.
No quiero, cuando me muera,
nada fúnebre en mi estancia:
me basta con que, en hilera,
mis amigos de la infancia,
con una cruz de madera
me acompañen a distancia.
No quiero, cuando me muera,
ni coronas, ni gentío:
flores nada más quisiera
en mi féretro sombrío,
y que mi cruz de madera
no brille más que el rocío.
No quiero, cuando me muera,
suspiros, ayes, ni llanto:
porque el ave pasajera
que visite el camposanto,
sobre mi cruz de madera
me dedicará su canto.
Pero, si alguno quisiera
grato hacerme aquel asilo,
que coloque mi bandera,
con patriótico sigilo,
sobre mi cruz de madera,
¡y así dormiré tranquilo!
«Mi bandera»
Al volver de distante ribera
con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!
¿Dónde está mi bandera cubana,
la bandera más bella que existe?
¡Desde el buque la vi esta mañana,
y no he visto una cosa más triste!...
Con la fe de las almas austeras,
hoy sostengo con honda energía
que no deben flotar dos banderas
donde basta con una: ¡la mía!
En los campos que hoy son un osario
vio a los bravos batiéndose juntos,
y ella ha sido el honroso sudario
de los pobres guerreros difuntos.
Orgullosa lució en la pelea,
sin pueril y romántico alarde:
¡al cubano que en ella no crea
se le debe azotar por cobarde!
En el fondo de obscuras prisiones
no escuchó ni la queja más leve,
y sus huellas en otras regiones
son letreros de luz en la nieve...
¿No la veis? Mi bandera es aquella
que no ha sido jamás mercenaria,
y en la cual resplandece una estrella
con más luz, cuanto más solitaria.
Del destierro en el alma la traje
entre tantos recuerdos dispersos
y he sabido rendirle homenaje
al hacerla flotar en mis versos.
Aunque lánguida y triste tremola,
mi ambición es que el sol con su lumbre
la ilumine a ella sola –¡a ella sola!–
en el llano, en el mar y en la cumbre.
Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día...
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!











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