
La música popular de Brasil no sería la misma sin una tarde de 1958 en que un bahiano de 27 años entró a un estudio y grabó Chega de Saudade. Esa canción, casi un susurro con guitarra, fue el Big Bang de la bossa nova, pero João Gilberto nunca se comportó como una estrella y eligió desaparecer dentro de su propio mito.
Nacido en Juazeiro, Bahía, el 10 de junio de 1931, João Gilberto Prado Pereira de Oliveira abandonó su casa a los 18 años con la tesis de que la música podía tener un problema técnico y espiritual.
No le interesaba el éxito radial ni la aprobación de la industria. Le interesaba encontrar el ritmo exacto, la sílaba justa, el silencio que separa una nota de otra.
Antes de grabar su primer disco, pasó años encerrado en el baño de la casa de su hermana, ensayando sin parar una forma de tocar la guitarra que desafiaba las leyes de la samba tradicional: una batida sincopada, obsesiva, que condensaba el ritmo entero de una escuela de samba en los dedos de una sola mano.
Esa búsqueda, que muchos confundieron con locura, era en verdad un método. João no improvisaba en el sentido habitual del jazz: él destilaba cada compás hasta eliminar todo lo que sobraba.
El encuentro con Tom Jobim y Vinicius de Moraes le dio las canciones, pero la revolución sonora fue exclusivamente suya. En 1959 lanzó Chega de Saudade, el álbum que partió la historia de la música brasileña en dos.
João Gilberto cantaba para la canción, por muy redundante que se lea la frase. Era una especie de arquitecto del sonido; medía cada respiración como quien calcula la carga exacta de un puente.
Su radicalismo no se quedó en la música. Exigía que los aires acondicionados se apagaran en los estudios de grabación, interrumpía conciertos si alguien tosía en la tercera fila, desaparecía durante años sin dar entrevistas.
La prensa lo llamaba ermitaño, huraño, inaccesible. Pero quienes trabajaron con él describen a un hombre que simplemente no toleraba la interferencia entre su idea sonora y la realidad. Tal vez, por muy egocéntrico que parezca, el mundo nunca estuvo a la altura de su oído.
Sus discos posteriores, João Gilberto de 1973, Amoroso de 1977, el encuentro con Stan Getz que globalizó la bossa nova, no hacen más que confirmar la coherencia de su proyecto.
Durante más de cinco décadas, João Gilberto grabó como si el tiempo no existiera: cada álbum es una variación microscópica del mismo paisaje perfecto que imaginó a finales de los años 50.
Tuvo tres matrimonios (con la cantante Astrud Gilberto, con Miúcha y con Claudia Faissol) y cuatro hijos, entre ellos Bebel Gilberto, que heredó el apellido y el instinto musical.
Pero incluso en la intimidad, preservaba su distancia. No era un hombre fácil, y, honestamente, tampoco parecía querer serlo. Era el raro ermitaño de la industria y se percibía conforme en esa posición.
Murió en Río de Janeiro el 6 de julio de 2019, a los 88 años, tras una larga temporada sin grabar.
En sus últimos tiempos vivió de alquiler, rodeado de pocos objetos y muchas deudas, como si el Brasil que él había reinventado le hubiera dado la espalda.
Pero los discos quedan. Y en ellos, su voz sigue haciendo lo que siempre hizo: pedir silencio para que la belleza musical ocupe su lugar exacto, sin una nota de más.











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