Es difícil escribir de Héctor Zumbado (La Habana 19 de marzo de 1932-6 de junio de 2016) en tono serio. Si se le ha leído, una termina por imaginarse su mirada socarrona ante las líneas que se le dedican. Él, quizá mientras comiera una croqueta o disfrutara un traguito, se asombraría invariablemente de esa imagen tan circunspecta e importante de sí mismo.
No obstante, también porque se le ha leído, se sabe que su mirada cuestionadora y divertida sobre la realidad, si servía al choteo lo hacía desde una incuestionable nobleza (que no bobería); y, por tanto, terminaría por perdonar el homenaje (que no guataquería).
Zumbado, después de una agitada vida laboral en su juventud, desembocó en los años 50 del siglo pasado en el mundo de la publicidad. De ahí, en la década siguiente, pasó al periodismo en varios medios de comunicación, y fue también asesor y profesor. En el año 2000, la primera edición del Premio Nacional del Humor lo distinguió.
Sus columnas, en especial Riflexiones de Juventud Rebelde, le valieron un público fiel, que llega hasta hoy, acrecentado por quienes no lo leyeron durante sus años en activo, pero sí han conocido de sus textos, a veces por referencias indirectas –La croqueta o La curdonáutica son casi leyendas urbanas– y persiguen sus libros.
En 2012 se publicó Un zoom a Zumbado (Breve, pero sabrosa selección de la obra de Héctor Zumbado), a cargo de Antonio Berazaín. En el prólogo, el Bera dice: «Releyendo a la distancia de los años la obra de Zumbado, uno no puede menos que sentirse impresionado por la perspicacia y la sagacidad con que penetra hasta en los más profundos resquicios del entorno social»; su quehacer es «un penetrante análisis de la sociedad cubana a través del humor, y una crítica certera a sus imperfecciones».
Paquita Armas Fonseca lo describió como un hombre hambriento de conocimientos. Para Laidi Fernández de Juan fue profeta de su tierra: «Considerado un maestro imprescindible del humorismo literario, Zumbado queda para siempre como el iniciador de un nuevo periodo dentro del costumbrismo cubano. Sus textos, admirables, combinan con especial sutileza el lenguaje más refinado con lo más popular del habla coloquial.
«Heredero de una gran tradición (…) marca una nueva etapa: la sátira dentro del proceso de cambios sociales que vivió Cuba a partir de 1959, con particular énfasis a partir de los años setenta. Los logros y los desaciertos, las hazañas y los errores, todo está a flor de piel en su obra. Fue osado, culto y encantador a la vez».
La realidad ha cambiado, pero él sigue extraordinariamente vigente, porque ciertos tipos y situaciones se niegan a desaparecer (solo se han transformado) y porque la esencia del humor cubano continúa imperturbable (sus modos y guiños y la capacidad de reírse de toda dificultad).
A su ingenio debemos personajes y conceptos como Chapucio, el guaguabol, la churricultura, el antipan, el sinflictivo, el narrafismo…, y muchas risas: «Los enamorados no hablan: ronronean. No caminan: flotan. Se desplazan etéreamente, ingrávidamente, como una Soyuz, y herméticamente acoplados como la Soyuz con la Saliut. Son bobonautas urbanos (…) Se desplazan hilvanados, envueltos en una melcocha rosa, en una especie de boniatillo mágico-poético, haciéndose boquitas y sonrisitas, enroscados como tiernos pulpos» (Peatones embobecidos).
Como todo buen ejercicio humorístico, el de Zumbado nos hace también pensar, sobre todo porque nos demuestra los entresijos del absurdo. Dignos de recordarse son Lo crítico de la crítica de los críticos; Kitsh, kitsh, bang, bang y, por su belleza narrativa, El tipo que creía en el sol, un cuento asombroso:
«Y el tipo que creía en el Sol –del encabronamiento que cogió– rompió la lata de un piñazo y se quedó pensando en el Quijote.
«y entonces
«súbitamente
«de aquella latica chiquitica
«lenta
«lentamente
«empezó a
«amanecer».
Allí, detrás de todo lo que ¡le zumba! anda el legado de Zumbado, llamándonos a derrotar con una carcajada las chapucerías y hasta a los seguidores de John Wayne, que se creen capaces de todas las bravuconadas de sus películas.










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